09/07/2022 / 10:59
Javier Sanz


Imagenes

Resaca

El pañuelo rojo en el cuello, el alma de vacaciones y el suero para tirar una semana es un vino de etiqueta que se mea después donde no se atreven los perros por vergüenza.


Unzué ha prendido la mecha y vuela a contrapelo del granizo el cohete que proclama la libertad retenida un bienio, la skyline de Pamplona es una pincelada larga de Zuloaga, y el rebufo de la varilla en un trepar hasta donde puede explota, los pañuelos rojos pasan de la muñeca al cuello porque a punta de navaja lo grabaron en el tótem que es el kilómetro cero de las fiestas de España. El mito y el rito, la contradicción, la tribu que da vivas a un santo en castellano y en euskera para meterse bendecida en la fiesta pagana del toro, hijo del que secuestró Europa. La liberación al fin, retransmitida por cien canales, pero el virus se está esnifando en la toma de aire que sigue a cada chillido tribal; el virus, el violador del consumismo –la libertad, dicen, confunden- acecha como un Alien inmutable. Hemingway le disputa el báculo a San Fermín y mañana el barbas Solano, de más alta especialización que el neurocirujano de la Clínica Universitaria de Navarra, analizará la vida en dos minutos veinte segundos. Solano, el peñafiel de las ganaderías que corren por la Estafeta no necesita el VAR porque sabe dónde caerá cada cual, aunque cada cual no sabe que caerá mañana.

El pañuelo rojo en el cuello, el alma de vacaciones y el suero para tirar una semana es un vino de etiqueta que se mea después donde no se atreven los perros por vergüenza. Pamplona es tan yanki que el Iruña sirve en vasos de plástico y el escritor, como en La Floridita, acodado en la barra, ve pasar ese raro patrimonio de la Humanidad que multiplicó cuando ya Rafael García Serrano en “Plaza del Castillo”, que prologaría nuestro Pepe Esteban en la penúltima edición, había llegado al güito del albaricoque pamplonés, porque el país siempre ha necesitado un yanqui que le cante.

El yanqui que canta ahora a Spain es un Joe “Bazooka” Biden, entre meninas y cochinillos al horno de su amigo José Andrés y visitas a la Casa Blanca de Borbón, La Granja de San Ildefonso, con sus jarrones soplados a dos carrillos. Biden ha cogido por tres días la insignia de puto amo que le entregó Sánchez para señalarle el camino de Santiago pero al revés, el que termina en Rota, frente al moro. Todo por una foto, y por otra con su mujer, dos mil millones del Monopoly, traje rojo y ponme la mano aquí, Macorina, mientras dispara el paparazzi del ¡Hola!, que la foto de la cumbre salta donde la liebre.

Del uno de enero al siete de julio han pasado mil días que no cuadran en el calendario, con un paso del Ecuador para sacar los santos por la geografía, lamentos de perdona a tu pueblo, Señor, y medias de cristal en los mejores balcones. Pero España se redime a la hora del solsticio entre lo pagano y lo paganini, siguiendo un cohete como si fuera el Challenger, y atisbando dos portaviones en la costa sur con la estrella de cuatro puntas a vista de dron. El reloj suizo-pamplonés marcará el inicio de la metáfora de lo que se avecina y niegan las ministras de la cosa, la huida hacia delante, el sálvese quien pueda… pero sin escapatoria de esta angosta estafeta. Apenas amanece y ya hay resaca.


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