24/11/2018 / 12:23
Luis Monje Ciruelo


Imagenes

Respeto a la nieve

Ni el mal tiempo ni el largo “puente” hicieron desistir de salir al campo y los pinares a los amigos de estos productos espontáneos y gratuitos.


Por segunda vez en este año he viajado hasta Tamajón, como quien dice a la base del la Ocejón, sin ver este singular Pico de 2.060 metros, cuya silueta desde la capital, marca a la ciudad su norte. Y no lo he visto no solo por el mismo motivo que la vez anterior: la niebla, sino también por la llovizna persistente que desde que salimos obligó a funcionar el limpiaparabrisas. En esta ocasión, no ha sido solo la lluvia sino el temor de que el Puerto de La Quesera, de casi 1.900 metros de altitud, que teníamos que superar para llegar a Ayllón, nos ofreciera dificultades por la nieve. No sería la primera vez que tuviéramos que repasar este puerto de montaña para volvernos al ver que había nevado con intensidad en su vertiente segoviana. Así que, por si acaso, como medida de precaución al no llevar cadenas, llegamos a Tamajón por Veguillas y Semillas y regresamos por Muriel y Arbancón pasando cerca de la aldehuela de Fraguas por un paisaje boscoso y accidentado y unos caminos, entre carretera y carretera, salpicados de charcos por los que el coche se bamboleaba al pasarlos deprisa  por temor a quedarnos atascados. Y en el lugar más solitario, entre unas carrascas, la sorpresa de una especie de cabina  de cohete a la luna, de un gris brillante como de acero que luego pensamos que sería la carcasa de algún envío de grandes dimensiones a granjas de los alrededores, quizá de  Monasterio o Fraguas,  tal vez de material de construcción para los que restauran viviendas abandonadas en Fraguas. Como llovía no paramos para examinarlo de cerca, como tampoco nos detuvimos, como tantos coches que vimos aparcados en bosques y caminos de buscadores de hongos y setas. Vimos que ni el mal tiempo ni el largo “puente” hicieron desistir de salir al campo y los pinares a los amigos de estos productos espontáneos y gratuitos para el consumo propio y muchos también con el aliciente de obtener un buen puñado de euros, para lo que se despliega toda la familia: hijos, padres y hasta abuelos si están en condiciones de moverse por los bancales cuando los pinares son de repoblación forestal. Vista la afluencia de seteros, se ve que las trabas puestas por algunos Ayuntamientos exigiendo el pago de un canon para poder recoger hongos y setas, no ha desanimado a quienes de siempre se han dedicado a esta afición setera. Son, por cierto, productos espontáneos de nuestros campos y bosques que se venden a buen precio en los pueblos del entorno: los boletus a 39 euros el kilo, las setas de cardo, a 29, y níscalos a 15.   


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