18/10/2019 / 11:55
Jesús de Andrés


Imagenes

Revolucionarios de salón

Si no fuera por el daño que están haciendo a la convivencia, a la economía y a su propia salud mental, serían dignos de risa.


Hace un año, en la celebración del primer aniversario del referéndum pantomima del 1 de octubre -fecha siempre de trágicas resonancias en España-, hubo un intento de asaltar el Parlament catalán que a punto estuvo de conseguirlo. Tras la manifestación de rigor, unos cientos de manifestantes consiguieron el repliegue de los Mossos y llegar a las puertas del parlamento catalán, que hubieran caído con unos cuantos empujones. Los asaltantes las llenaron de pegatinas, gritaron sus consignas contra el gobierno catalán -a quien acusaban de melifluo, de no ser capaz de desobedecer a las instituciones del Estado-, cantaron sus himnos y cuando todo estaba dispuesto para el asalto a los cielos, para ocupar el palacio de Invierno, para tomar la Bastilla… dieron media vuelta y se marcharon. Bien es cierto que los Mossos volvieron, que se hizo de noche y que había que cenar, también que alguno querría ver su serie favorita en alguna televisión nacional y, por supuesto, dormir calentito en su cama, pero fue una acción penosa.

Posiblemente aquella “derrota”, que por muy épica que se quiera presentar no dejó de ser una charlotada, sirvió de lección a la vanguardia del independentismo para que no se repitiera en el futuro. No en el sentido de que la próxima vez no desaprovecharían la ocasión, sino de evitar de nuevo el ridículo intentando lo que luego no se atreven a hacer, como ha ocurrido con la guerra de las pancartas en el balcón de la Generalitat y tantas otras batallas simbólicas. La historia de las acciones del independentismo catalán da para un serial de los Monty Python en varias temporadas. Si no fuera por el daño que están haciendo a la convivencia, a la economía y a su propia salud mental, serían dignos de risa. Torra o Puigdemont hacen con Brian un Trío Calaveras especializado en comedia regional. No es para tomárselo a broma, pero mueven a la risa.

En esta ocasión han hecho los deberes, han pulido los errores de otras ocasiones y se han organizado mejor, con técnicas de guerrilla urbana y tácticas bien diseñadas. El problema es que, cuando se traspasa la línea de la indignación grupal, del sentimentalismo y del cántico emotivo, y la acción se lleva al uso de los cócteles Mólotov, a la quema de contenedores y al enfrentamiento físico, las deserciones crecen. De ahí que los que están en primera línea sean descerebrados de 20 años que lo mismo podrían protestar por la globalización, la ley universitaria o la reforma agraria: cualquier causa es buena para su testosterona adolescente. La mayoría seguirá con los cánticos, los sermones en las iglesias y las sardanas reivindicativas, pero todos ellos saben que tanto ridículo tiene un coste hasta para el más cínico e impúdico de los mortales. Se están jugando mucho.


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