06/12/2010 / 00:00
Rafael Torres


Ricos y salvajes


 
Si los escritores organizaran una huelga salvaje y abandonaran sus escritorios de súbito y sin más explicaciones, no pasaría absolutamente nada. La gente vuela, pero no lee, y aun si leyera, con lo que ya se ha escrito habría para ir tirando dos o tres eternidades. Lo mismo cabría decir de los periodistas, con alguna ligera variación: si dejaran de pronto, salvajemente, de contar lo que pasa, la gente se lo agradecería. El no saber ni enterarse de nada es, para muchos, la piedra angular de la felicidad, particularmente de la de los que no quieren que la gente sepa ni se entere de nada. Por lo demás, si los educadores se entregaran a una huelga salvaje éste mes, los niños apenas la notarían: entre pitos y flautas, esto es, puentes brutales, vacaciones alucinantes, catarros, lluvias, vientos y nieves, no les queda más allá de cinco o seis días de clase. Por esa senda de paupérrimo aprovechamiento del tiempo y de la única edad en que puede aprenderse algo, las criaturas se hincharán a volar en el futuro si los controladores les dejan, pero no abrirán un libro aunque les arranquen la piel a tiras. No hace huelga quien quiere, sino quien puede, y, en general, sólo salen bien las de los ricos, que son los que pueden. Los bancos, por ejemplo, se pusieron de huelga salvaje crediticia y nadie les mandó la Acorazada Brunete, sino montañas de euritos frescos para acrecerles el ánimo decaído. La última huelga de pobres, en cambio, ya vimos cómo salió, de pena, y es que a los pobres sólo nos mueve la reivindicación de menudencias, el empleo, la dignidad del trabajo, el salario suficiente, y no las cosas de gran aparato de los ricos, como la codicia, el morro, el abuso o los privilegios. Ni como escritor ni como periodista le valdría a uno de nada, en fin, ponerse de huelga salvaje. Ninguna muchedumbre airada iba a venir al despacho o a la redacción a increparnos, ni un mal sargento chusquero a amenazarnos con un buen paquete. Todo lo contrario.

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