13/04/2019 / 13:23
José Serrano Belinchón


Imagenes

Se llamaba Basilio

  A Basilio, y a todo un grupo de reclutas analfabetos, y a mí como maestro, nos mandaron a la escuela tres tardes por semana a la hora del paseo.


Escribía esto el pasado día ocho, día universal del pueblo gitano. El hecho de que hace unos meses, a una de las de su raza, fingiendo un tropezón a la entrada de la iglesia de San Ginés cuando yo salía, le llegase a pillar la mano metida en mi bolsillo del pantalón, no ha borrado la feliz idea que siempre he tenido sobre los de su raza, personalizada en Basilio, curioso personaje del que alguna vez y en algún sitio escribí de él.

            A Basilio, y a todo un grupo de reclutas analfabetos, y a mí como maestro, nos mandaron a la escuela tres tardes por semana a la hora del paseo. En la Mili se hacían esas cosas allá por los años sesenta. Basilio Hernández era gitano, de Talavera de la Reina, un tipo muy original y muy divertido, que llegó al Servicio Militar con toda la ilusión del mundo por hacerse corneta. Lo peor que le pudo pasar fue que para ser corneta necesitaba saber leer y escribir, cuando él, dadas sus circunstancias, apenas conocía las vocales.

            Con esa base como punto de partida, nuestro hombre se empeñó en poner a salvo todos los inconvenientes empleando la aplicación y el esfuerzo. Después de la instrucción, se sentaba sobre el petate a la puerta de su tienda y se ponía a repasar la cartilla de primeras letras o a trazar garabatos en el cuaderno, copiando frases que después no sabía leer. El día que descubrió que aquel chorro de hormigas que caminaban en línea por el papel encerraban un mensaje, Basilio gozaba contándoselo a todo el que pasaba por allí; se sentía enormemente feliz, y si me encontraba por cualquiera de las calles del campamento, me solía saludar en la distancia batiendo su gorra. “¡Maeztro, qué grandez zemoz!”. Yo le respondía: ¡Mucho. Sobre todo tú!, y se ponía a dar saltos. Basilio aprendió a leer y a escribir en los tres meses que duró el campamento.

      Pasaron aquellos primeros meses y, una vez que juramos bandera, me llevaron al destino definitivo: las oficinas de la Jefatura de Artillería, dentro del Ministerio del Ejército, y Basilio se quedó en el cuartel. Meses después, un buen día me pasé por allí. Era el día de Santa Bárbara, nuestra patrona, y allí me lo encontré en su puesto con traje de gala, junto al Cuerpo de Guardia. ¡Maeztro, que grandez zemoz!, me volvió a repetir y nos dimos un abrazo. No he vuelto a saber de él; pero estoy seguro de que la vida no le habrá puesto trabas insuperables para abrirse camino.


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