Se paró el comandante

01/10/2010 - 09:45 Hemeroteca

FEDERICO ABASCAL
Comentando el radicalismo anticastrista de algunos cubanos exiliados en Miami, un diplomático español con autoridad en la materia me aseguró hace unos años que “el hombre de Washington” para el futuro de Cuba vivía en Cuba.
Desconocía obviamente el diplomático la identidad personal de la apuesta norteamericana, pero estaba seguro de que la muerte de Fidel Castro abriría un proceso de reformas políticas hacia la democracia que la Casa Blanca iba a vigilar/apoyar discreta y decididamente, impidiendo que la impaciencia del exilio rompiera el ritmo de una transición que no evolucionaría siempre a la velocidad deseable.
Castro no ha muerto, pero se ha retirado a una especia de Yuste caribeño desde el que va a hacerse columnista de ‘Granma’ para señalar desde el periódico de la revolución el rumbo que debiera seguir la isla, sabiendo sin embargo que, sin poder militar ni político, ese rumbo no va a condicionar a casi nadie. Ha pasado medio siglo desde que en el desayuno de una jornada cinegética se enteró el general Franco Bahamonde de que el dictador cubano Batista había huido, dejando el poder en manos de unos guerrilleros que descendían de Sierra Maestra victoriosos y en olor de multitudes. El encargado de dar la noticia al Generalísimo omnipotente fue su yerno el marqués de Villaverde, padre de la saga de los Bordiú, y el suegro sólo hizo un comentario que asombró a todos los presentes: “Así acaban los dictadores”.

No es el momento de especular sobre si hay quien vive desde sí mismo una vida que no es la suya, pero Franco mantuvo relaciones normales e incluso estrechas con el régimen de Castro, que se iba haciendo progresivamente marxista, como despecho ante el recibimiento de Washington en la visita de cumplido que todo gobierno caribeño debía realizar al poderoso vecino del norte. Los Estados Unidos tomaron un poco a broma a aquellos jóvenes barbudos que no anticipaban ninguna muestra de sumisión, y a una isla necesitada de apoyo económico la pusieron desde el primer momento en cuarentena. Franco, sin embargo, ignoró el anticastrismo de la Casa Blanca y sus embargos marítimos, tal vez por lo entrañable de Cuba para tantos españoles, gallegos todos para los latinoamericanos, o tal vez por ser él mismo gallego, como lo es Fraga, quien más tarde y a veces contrariando al PP dedicó un afecto a Fidel Castro ostensible y notable.
Desde España se ve la autojubilación absoluta de Castro con la esperanza de que se abra un proceso hacia la democracia, y Fraga aconseja que se busque un acuerdo entre Washington, La Habana y el exilio de Miami; Javier Solana espera o desea que la transición sea pacífica y rápida, y el PP, en boca d Gustavo Arístegui, no lanza las campanas al vuelo porque la noticia es sólo medio buena, pues se ha producido una sucesión en la dictadura, y no una transición democrática. Por algo se empieza.