Somos importantes
01/10/2010 - 09:45
Josefa Morales - Guadalajara
Algunos creyentes no encuentran consuelo porque creen que su vida no importa a nadie, ni siquiera a Dios. Sobre esto he encontrado un párrafo de una de las cartas de don Ignacio Munilla, el Obispo de Palencia.
Lo encabeza con el título Dios goza y sufre con el hombre:
Con frecuencia, nos hacemos una imagen de Dios fría e insensible hacia la suerte del hombre. Nos cuesta creer que nosotros seamos algo importante para Él. En efecto, si dejamos de lado la revelación bíblica, estamos condenados a referirnos a Dios en términos impersonales cual si se tratase de una energía cósmica- y con una inevitable sensación de lejanía. Si Dios está tan distante y es tan distinto a nosotros, ¿en qué le puede afectar nuestra vida: nuestros aciertos y nuestros pecados; nuestras alegrías y nuestros sufrimientos? En la encíclica Spe Salvi, el Papa nos recuerda una preciosa cita de San Bernardo de Claraval: Impassibilis est Deus, sed non incompassibilis (Dios no puede padecer, pero puede compadecer). En efecto, el Dios infinito y omnipotente en palabras de Benedicto XVI- se hizo hombre para poder com-padecer Él mismo con el hombre, de modo muy real, en carne y sangre, como nos manifiesta el relato de la Pasión de Jesús. Por eso, en cada pena humana ha entrado uno que comparte el sufrir y el padecer; de ahí se difunde en cada sufrimiento la con-solatio, el consuelo del amor participado de Dios (Spe Salvi, n. 39).
Con frecuencia, nos hacemos una imagen de Dios fría e insensible hacia la suerte del hombre. Nos cuesta creer que nosotros seamos algo importante para Él. En efecto, si dejamos de lado la revelación bíblica, estamos condenados a referirnos a Dios en términos impersonales cual si se tratase de una energía cósmica- y con una inevitable sensación de lejanía. Si Dios está tan distante y es tan distinto a nosotros, ¿en qué le puede afectar nuestra vida: nuestros aciertos y nuestros pecados; nuestras alegrías y nuestros sufrimientos? En la encíclica Spe Salvi, el Papa nos recuerda una preciosa cita de San Bernardo de Claraval: Impassibilis est Deus, sed non incompassibilis (Dios no puede padecer, pero puede compadecer). En efecto, el Dios infinito y omnipotente en palabras de Benedicto XVI- se hizo hombre para poder com-padecer Él mismo con el hombre, de modo muy real, en carne y sangre, como nos manifiesta el relato de la Pasión de Jesús. Por eso, en cada pena humana ha entrado uno que comparte el sufrir y el padecer; de ahí se difunde en cada sufrimiento la con-solatio, el consuelo del amor participado de Dios (Spe Salvi, n. 39).