08/05/2021 / 12:37
Antonio Yagüe


Imagenes

Tabernarios

Suena viejuno, aunque antes en los pueblos era normal ir o venir de la taberna. Abundaba en coplillas. 


En mi niñez rural, con un poco de tirria llamábamos a los veraneantes madrileños gatos o directamente gilipollas, un insulto que ellos repetían con frecuencia. En un pueblo de alrededor, más técnicos y finolis, oí denominarlos “28barra” (inicio de su número de la Seguridad Social). En otros pueblos molineses les apodaban capitalinos, chulos, estiraos, ballenatos, madriles… Algunos los recogía Cela en su rico archivo sobre las maneras que tenían los pueblos para mofarse unos de otros.

Hemos tenido que esperar medio siglo a que un eminente cántabro con cargazo demoscópico haya acuñado un nuevo concepto sociológico: “La tabernidad” (movilizar electoralmente «a un amplio sector que se nuclea en torno al mundo de las tabernas, bares, restaurantes y otros establecimientos similares»). Si se hubiera descubierto un poco antes, nos habríamos ahorrado el abuso de descalificaciones políticas tradicionales. Habría bastado con un rotundo “eres un tabernario”, con sinónimos de no buena condición: ordinario, rastrero, grosero, soez…

Amigo de tabernas históricas, incluidas las herriko vascas, tengo un reparo semántico: la gente ya no va a ellas. Va a bares, cafeterías, cervecerías, mesones y marisquerías. Sencillamente porque en la capital quedan muy pocas, aunque sean tan emblemáticas como Casa Labra, Antonio Sánchez, La Bola o La Dolores.

Suena viejuno, aunque antes en los pueblos era normal ir o venir de la taberna. Abundaba en coplillas (“cuesta arriba me da pena/ cuesta abajo calentura/ y en llegando a taberna…) y jotas (“yo nunca hablo mal del vino/ porque el vino bien me sabe/ hablo mal del tabernero/ que me cobra más que vale”).

He descubierto que la palabra taberna es de origen etrusco (choza), aunque el poeta Propercio la hacía casi sinónima de prostíbulo. En castellano está registrada desde comienzos del  siglo XIII, en los poemas piadosos de Berceo. En Don Quijote, cuatro siglos más tarde, ya tenía el sentido de mesón, posada o almacén de venta de vino y viandas.

  Parece que los “tabernarios” han arrasado en las elecciones de Madrid. Pero los analistas les auguran sudores para aguantar durante los dos próximos años. Dicen que serán de traca. La campaña del 2023 acaba de empezar.


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