06/07/2019 / 10:48
Antonio Yagüe


Imagenes

Tratantes

Cuentan las crónicas que los 'maranchoneros', con sus blusas negras, sus varas y sus gorras, fueron famosos en toda España.


Una vieja amiga molinesa asegura que pocos eventos más oportunos que la Feria del Tratante, celebrada por todo lo alto en Maranchón. Y tan actual, en medio de tratos y pactos entre partidos y políticos para alcaldías, comunidades o el Gobierno. Aunque el boyante oficio de compraventa de mulas sea algo de siglos pasados. Incluso podrían valerse del secretismo de la migaña o mingaña,  jerga que utilizaban los esquiladores de Fuentelsaz, Milmarcos  y Maranchón para que los contratadores (hoy votantes) no entendieran sus conversaciones privadas.

El motor era el mismo, hacer el mejor trato comprando  barato y vendiendo caro, pero los viejos tratantes de ganado eran más dignos y nobles en su oficio. A algunos políticos les pasa lo que a estos antiguos muleteros, que de puro viejos en su ocupación son capaces de hacer pasar un rucio añoso y torpe por un brioso corcel. Esperan al “trato hecho”, darse la mano e ir a celebrar el alboroque a salones con moqueta blanda y lienzos de Tàpies o tapices de Goya como decorado de fondo. El ciudadano acabará, como el arriero incauto arando mal o el ganado en el matadero, pagando sus sueldazos.

Cuentan las crónicas que los ‘maranchoneros’, con sus blusas negras, sus varas y gorras, fueron famosos en toda España. Llegaban hasta los Pirineos, donde compraban ‘mulatas’  ya domadas y de dos años y medio para distribuirlas entre los clientes y ferias de ambas Castillas, La Mancha, etc. y obtener buenas ganancias. También acudían a todas las cuadras donde podía hacer falta alguna. Cada vecino tenía dos, al menos una o un burro. O  tres si tenía posibles, para labrar ‘a sacamula’, sin parar, usando una de refresco. Hacían ofertas, regateaban, se iban, volvían… Eran admirados por su inteligencia para reconocer las cualidades del ganado, su pericia en el trato y sus abultadas carteras de billetes.

Famosos en el Señorío fueron también los tratantes de Alustante y de Campillo de Aragón. Los ‘campellanos’ se especializaron en comprar lana vieja y pieles de corderos, cabras y conejos, que  revendían a Calatayud. También, vendían o ‘cambeaban’ huevos, queso, manzanas y el apreciado vino de Ibedes o Godojos. Tenían fama de gente noble y muy espabilada, difícil de engañar. Todavía queda alguno, como José Luis Ibáñez, muy querido en la zona.  Una institución.


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