Trenes, Puentes y Traviesas


El 21 de abril de 1992 se produjo el primer viaje inaugural de la Alta Velocidad Española. La distancia que separaba Madrid y Sevilla pasó de ser un vagón regional o una excursión a través de Despeñaperros, a ser un sueño de ciencia ficción para la gran mayoría de españolitos que mostraron al mundo la Expo, los Juegos Olímpicos de Barceona y el V Centenario de la Hispanidad.

España estaba de moda y tan eficaz fue ese núcleo vertebrador de nuestra orografía que se expandió esta red ferroviaria a otros puntos de la piel de toro, hasta el punto de que la publicidad de Renfe de 1994 ofrecía devolución del precio pagado por el trayecto si el AVE llegaba 5 minutos tarde a su destino. Repito: tan solo 5 minutos tarde.

El grado de eficiencia y eficacia que demostraba nuestro país hace generación y media era digno de asombro y de imagen para el orgullo patrio. A día de hoy, la situación es muy distinta. Los retrasos fueron la orden del día en el pasado verano con cientos de pasajeros tirados en la cuneta o encerrados en los vagones sin agua, en pleno síntoma de país bananero y tercermundista, pero aún ha sido peor con la llegada del invierno, cuando hemos tenido que poner Adamuz en el mapa en el peor accidente de nuestra alta velocidad en toda su historia.

Independientemente de la versión oficial, la cual será edulcorada por las circunstancias y responsabilidades finales, el problema aparente ha sido la falta de mantenimiento de ese sistema de transportes, que de la honra ha descarrilado al bochorno.

Y es que, el mantenimiento nunca se inaugura y no es motivo de fotografías, cintas o boatos. No hay un titular para el gasto en reparaciones. El día a día es el que cuida el deterioro a largo plazo y las reparaciones son la salud de la madurez. En este periodo de desazón, era común ver la publicidad de ADIF en Atocha o Sants con el no menos sonrojante mensaje “Disculpen las mejoras” como antesala del enfado e indignación con la gestión del Ministerio de Transportes y Movilidad Sostenible (antiguo Fomento).

Se agradece que el Ministro Puente dé la cara (para que se la partan) y oculte detrás a su jefe (más preocupado por el relato que por la realidad), pero eso no quita que una concatenación de errores subsanables con una correcta supervisión de quien tiene la responsabilidad de supervisar nuestra seguridad, haga simplemente lo que debe hacer.

Gracias a este accidente y a los finados se está revisando toda la red para que no haya más desgracias, pero aún así, cada día tenemos una nueva esquela en la confianza ferroviaria: Adamuz, Gelida... ¿Cuántos tramos de vía no están en condiciones hoy de soportar los 310 kilómetros hora de nuestro AVE, el cual volaba bajo antaño? A lo mejor es que ya se han agotado los repuestos de las últimas décadas, al mismo ritmo que no se han tomado las mejores decisiones.

Y ya sea la soldadura de la vía nueva con la vía vieja o la razón que se quiera dar al ideario público, es preciso hacer una reflexión profunda sobre el abandono y decrepitud de la situación e infraestructuras públicas de España. En un país sin presupuestos, con tanta crispación, con competencias cruzadas o dispersas así como donde los nervios están a flor de piel, es necesario parar tan solo esos 5 minutos de retraso para unirse en torno al mínimo común múltiplo.

La seguridad o lo que funcionaba hace pocos veranos no puede cuestionarse y menos camuflarse con intereses, corrupción o problemas de coordinación. Lo que fastidia (y jode) es, que echando la vista atrás, parte de ADIF esté imputado por derivar dinero, obras y contratas no al mantenimiento de las traviesas de metal y madera que unen nuestros pueblos, sino al mantenimiento de las otras “traviesas” que gastan pintalabios, se camuflan como sobrinas, que se enrollan de puta madre o que cobran por horas.

No se puede llamar asesino a un político por ocurrir algo dentro de su competencia, pero sí se puede decir “hijo de puta y putero” (al alimón) a quien se lucró ayer de las lágrimas y vísceras de hoy, aunque no quisiera que ocurriera. Nos estamos acostumbrando a ser mediocres cuando hasta hace poco tiempo éramos admirados. Justicia y vergüenza.