08/12/2010 / 20:32
Fernando Jáuregui


Un discurso, sobre todo, para quinientos millones de personas


Escucho (y leo) el discurso con el que Mario Vargas Llosa agradecía a la Academia sueca la concesión del premio Nobel de Literatura. No me había emocionado con esta ceremonia, que siempre sigo desde la distancia, desde aquel parlamento inolvidable de José Saramago, el último iberoamericano galardonado con el tantas veces discutible premio, en el que nos contó cómo su abuelo, sintiéndose morir en el Alentejo, salió a abrazar por ultima vez los árboles de su huerto. A Saramago, cuyas novelas jamás me hicieron vibrar, hay que agradecerle la fidelidad a sus ideas aparte de su legado literario; a Vargas Llosa, que sí me entusiasmó muchas veces, también le debemos idéntica gratitud, aunque muchos de sus postulados políticos, desgranados con claridad y sin recovecos en este discurso, personalmente no pueda compartirlos -algunos de Saramago, desde luego, tampoco-. Eso, en todo caso, no es lo más importante. Porque lo verdaderamente emocionante de la ceremonia en la Academia sueca fue, para mí, más allá del desgranar de los recuerdos del laureado escritor, escuchar sus palabras en español. La lengua que hablamos quinientos millones de personas: nunca, en mis muchos viajes a América Latina, ha dejado de conmoverme el hecho de que gentes a muchos miles de kilómetros de mi hogar puedan entenderme y entenderse en un mismo y viejo idioma; y de que hombres y mujeres acaso de otras razas, de otras religiones, con muy diversas creencias y culturas, sepan que compartimos Historia -aunque no siempre la misma versión de la misma Historia-, admiraciones y repudios. Y allí estaba yo, ante mi televisor, compartiendo tantas cosas con Mario (apenas lo conozco de un par de ocasiones, pero me permito llamarlo así), acaso debatiendo silenciosamente con él otras con la que no estaba tan de acuerdo: es la grandeza de la democracia. Me parece que ese discurso en un español puro, rico, especiado con el acento limeño alicatado en otras mil vivencias distantes, ha hecho más por la comunidad iberoamericana, en la que creo -y cree- fervientemente, que muchas retóricas políticas. Pienso, sí, en esa reciente 'cumbre' iberoamericana del Mar del Plata de la que se ha hablado más por las ausencias -Zapatero, Chávez, Morales, Castro- que por los avances. Es urgente volver a definir esos encuentros de mandatarios iberoamericanos, hacer que quienes allí concurren se sientan orgullosos de hacerlo con ánimo constructivo de comunidad con mucha mayor identidad cultural y de intereses que otras -la anglosajona- que, sin embargo, han sabido ser más florecientes y cohesionadas. Algunos periódicos españoles, en columnas sin demasiado destaque, subrayan conclusiones del Latinobarómetro según las cuales el apoyo a la democracia crece imparablemente en las poblaciones de América Latina, especialmente tras haber superado en cierta forma una crisis económica que golpea duramente en Europa y durísimamente en España. ¿Cuándo aprenderemos los españoles, pensaba yo escuchando el discurso de Mario al tiempo que consultaba el macrosondeo, que lo que ocurre en el continente del otro lado del Océano es absolutamente vital para nosotros? Y acaso viceversa: resulta que, con el reciente paro de los controladores aéreos en España, fueron decenas de miles de latinoamericanos los principales afectados (tras los españoles y antes que el conjunto de los europeos, según me comentan). Sé que muchos no piensan ni sienten como yo y hasta pensarán que exagero, pero me parece muy cierto que, cuando España estornuda, Latinoamérica se resfría, y lo mismo sucede en el trayecto inverso. Lo cual habla de una interacción profunda, a la que no puede ser ajena el hecho de que al menos yo me emocionase mucho más con el discurso sincero e inteligente de un peruano-español cuya ideología no comparto que con el que, en el mismo escenario, pronunció algunos años antes otro español que no hizo sino decepcionarnos literaria y humanamente tras haber escrito, en su juventud, dos libros deslumbrantes. No sé, querido lector, si debo recomendarle el último volumen de Vargas Llosa, que apenas he comenzado a leer; pero permítame aconsejarle, como español, como iberoamericano, como ciudadano del mundo, la lectura reposada y desapasionada -si puede_ del discurso del último Nobel en Estocolmo ante un auditorio reducido pero incondicional y con un par de lágrimas en los ojos.

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