Un país llamado mundo

01/10/2010 - 09:45 Hemeroteca

Adolfo Yáñez - Madrid
Lo diverso enriquece y es positivo que cultivemos múltiples lenguas, religiones, grupos, culturas y sensibilidades. Nada hay de repudiable en ello hasta que las sensibilidades, las culturas, los grupos, las religiones y las lenguas sirven para apartar con desprecio a un hombre de otro hombre.
Aunque esto resulte evidente, pocos parecen dispuestos a recordar en público que no se da contradicción alguna en sentirnos miembros de un clan y en aceptar a la vez que ese clan, junto a otros, forma la verdadera y gran patria del hombre que es el mundo. ¿Tememos ser acusado de utópicos e ingenuos hablando de algo así? Al margen de nuestros temores, sin embargo, la realidad (que nada sabe de ingenuidades ni utopías) acaba imponiéndose siempre como única salida a los dolorosos laberintos en los que nos metemos los seres humanos.
¿Cuándo aprenderemos todos que, si existe algo mucho peor que uniformar absurdamente a la raza humana, es dividirla en absurdas razas? ¿Cuándo aprenderemos que el remedio al mestizaje homogenizador y totalitario que hoy nos invade no se encuentra en los totalitarismos de aldea, ni en la sacralización de la tribu, ni en la construcción de murallas, sino en tender puentes de mutua aceptación y mutuo entendimiento entre seres cuyas similitudes son infinitamente mayores que sus diferencias? El andamiaje básico en el que nos sustentamos se encuentra en esa humanidad que nos iguala y que nos distingue de otras criaturas. Aunque fragmentemos lo accidental, la esencia de lo que somos permanecerá siempre bajo idiomas diferentes, diferentes latitudes e historias o folclores diferentes. Mal que les pese a ciertos fanáticos, los seres humanos pertenecemos a un solo pueblo y somos personas no en función de la bandera que elijamos, de los límites nacionales que nos hayamos señalado, del dios que pongamos en nuestros altares o de la piel que cubra nuestro cuerpo. Por encima de fervores patrios y más allá del suelo que pisemos o del ideólogo que nos maneje, compartimos un misterio común en los misteriosos caminos del tiempo y del universo. Y compartimos idénticos intereses en este bello planeta azul que nos acoge. ¿Alguna vez se ha evidenciado la unidad de la tierra más que ahora, cuando los cinco continentes acabamos de juntarnos a celebrar Juegos Olímpicos o cuando una crisis económica convulsiona por igual los dos hemisferios?
Si recordáramos estas ideas y las lleváramos siempre clavadas en los tuétanos, ¿seguiríamos dejándonos arrastrar por belicistas y dinamiteros que ven la vida ajena como simple moneda con la que comprar sus ambiciones? ¿Dejaríamos que nos embaucaran fanatismos que únicamente aprovechan a quienes se sirven de ellos para saciar infames concupiscencias de poder? Opino que nadie ha de renunciar a echar raíces en el rincón que nos eligió el destino como lugar de nacimiento, pero ¿no debiéramos darnos, por elección propia, espacios mucho más amplios para extender la frondosidad de nuestra mente y nuestros afectos? Y es que, lo aceptemos o no, todos absolutamente pertenecemos a un solo y ancho país llamado mundo.