Urnas de luto
01/10/2010 - 09:45
EL COMENTARIO
No son las primeras. En nuestro más negro recuerdo ha quedado imborrable la presión en el alma con la que millones de votantes españoles acudíamos a la anterior cita con las urnas generales, tan sólo tres días después de la masacre que regó de casi 200 cadáveres la vía de cercanías Madrid-Guadalajara. Un sobrecogimiento que, aunque muy distante en saldo cuantitativo, hemos vuelto a sentir desde ayer a las 13:30 horas.
Momento en el que Isaías Carrasco era tiroteado en presencia de su mujer, María Angeles, y de su hija, al salir de su casa en Mondragón: el peor impacto, sin duda, de los que detonaban físicamente contra la cabeza y el tórax del que era su marido y padre respectivamente. Isaías era un ciudadano vasco más, sin cargo público al uso, que, a buen seguro, se empeñaba cada día en desarrollar una vida sencilla y libre, llena de acontecimientos cotidianos cuyo feliz desarrollo no tuviese que pasar por la mirada escrutadora de un escolta, servicio al que, no en vano, había renunciado, convirtiéndose así en presa fácil de los asesinos de ETA.
Isaías ha sido rédito indigno de las ansias de venganza de una banda que no duda en emplear la violencia brutal y cobarde para formar parte de lo que no le pertenece: el sistema democrático. Por eso, el ex concejal del PSE no debe convertirse en muerto de nadie, sólo de sus familiares, amigos y convecinos pacíficos de un municipio que, a decir verdad, cuenta con demasiadas adhesiones etarras. Y es que, hoy por hoy, los vascos sobreviven bajo la opresión de la Dictadura del terror, que extorsiona a sus empresarios, amordaza a sus periodistas y ciudadanos e invade con sus tentáculos subrepticios los foros sociales, económicos y políticos de una rica y bella región. Tanto es así que ser político, representante público o empresario en Euskadi se ha convertido en una suerte de heroicidad para la que, nadie lo pone ya en duda, hace falta vocación (de la que escasea en gran parte de la clase política) y un buen par de... razones para perseverar día tras día en la pacificación de sus ciudades y pueblos. Todo un reto por el que mañana seguirán luchando la mayoría de votantes vascos que acudan a sus colegios electorales con el fin de ejercer su más preciado, pero también más pisoteado, derecho democrático. Unos comicios tras cuyo resultado, sea cual fuere, deben unirse todas las fuerzas políticas democráticas para luchar de forma real y efectiva contra el terrorismo.
Isaías ha sido rédito indigno de las ansias de venganza de una banda que no duda en emplear la violencia brutal y cobarde para formar parte de lo que no le pertenece: el sistema democrático. Por eso, el ex concejal del PSE no debe convertirse en muerto de nadie, sólo de sus familiares, amigos y convecinos pacíficos de un municipio que, a decir verdad, cuenta con demasiadas adhesiones etarras. Y es que, hoy por hoy, los vascos sobreviven bajo la opresión de la Dictadura del terror, que extorsiona a sus empresarios, amordaza a sus periodistas y ciudadanos e invade con sus tentáculos subrepticios los foros sociales, económicos y políticos de una rica y bella región. Tanto es así que ser político, representante público o empresario en Euskadi se ha convertido en una suerte de heroicidad para la que, nadie lo pone ya en duda, hace falta vocación (de la que escasea en gran parte de la clase política) y un buen par de... razones para perseverar día tras día en la pacificación de sus ciudades y pueblos. Todo un reto por el que mañana seguirán luchando la mayoría de votantes vascos que acudan a sus colegios electorales con el fin de ejercer su más preciado, pero también más pisoteado, derecho democrático. Unos comicios tras cuyo resultado, sea cual fuere, deben unirse todas las fuerzas políticas democráticas para luchar de forma real y efectiva contra el terrorismo.