Vida

20/06/2026 - 11:51 Jesús de Andrés

Siete minutos de ovación cerrada. Una ovación de esas que nadie se atreve a detener por no ser el primero en hacerlo. Una ovación como las de la ópera, en la que los espectadores en realidad se aplauden más a sí mismos que al tenor o la soprano que ha interpretado las arias.

 Me gustó el discurso del papa en el Congreso de los Diputados, un discurso inteligente, bien calculado, seductor. Luego, como era de prever, cada cual interpretó lo que quiso y se quedó con la parte que le dio la gana, pero hay que reconocer que el punto de partida fue impecable: lejos de pretender imponerse, lejos de resucitar la confrontación entre la Iglesia y el Estado, batalla que los Estados occidentales, para fortuna de todos, vencieron hace tiempo, dio su opinión sin más sobre aquellos asuntos que le preocupan. Una opinión condicionada por sus creencias, por supuesto, pero absolutamente respetuosa con la legitimidad de los diputados que le escuchaban.

En el Congreso, y a lo largo de toda su visita en España, León XIV habló de la educación, habló de la inmigración, habló de la guerra, habló de la eutanasia y, por supuesto, habló del aborto. Fueron muchos los temas tratados. Algún periódico ha contado las palabras más utilizadas, unos datos al alcance de cualquier IA en cuestión de segundos. Pues bien, la más usada, más incluso que la palabra “Dios”, fue la palabra “vida” (160 veces la palabra “vida” por 139 la palabra “Dios”, por si tienen curiosidad). La defensa de la vida humana, dijo en el Congreso, no responde a un interés confesional. Es una meta de la civilización, concluyó. Y no puedo estar más de acuerdo.

Quizá porque nos encontramos en una etapa primitiva de la evolución humana, por mucho que nos creamos totalmente desarrollados, nos es imposible calcular el error, el inmenso error, que supone cualquier defensa de la cultura de la muerte, que es la que va asociada a la pena capital, al maltrato animal en forma de espectáculo, a la interrupción voluntaria del embarazo. Ya sé que el papa no llegó a tanto, pues no incluyó a los animales: también a la Iglesia le queda un amplio trecho por recorrer. Por supuesto que no defiendo la condena a la mujer que se ve forzada a abortar, como no defiendo la ilegalización de la tauromaquia. Pero ni una ni otra cuestión, mucho más importante la primera, son derechos inalienables. La vida es un camino, dijo el papa, y en ese camino deberíamos estar todos. Al ser humano del futuro le asombrará nuestra ceguera.