Violencia que no cesa
01/10/2010 - 09:45
ANTONIO PAPELL
La crispación política de estos días preelectorales, por fortuna incruenta (o casi, si se exceptúan algunos incidentes aislados), tiene su contrapunto dramático en la otra violencia que nos acosa y nos humilla, la violencia de género contra la mujer, que, aunque incesante en su gota a gota, ha experimentado un rebrote extraordinario este pasado martes, día en que fueron asesinadas cuatro mujeres por sus parejas en Madrid, El Puerto de Santa María, Cullera y Valladolid. Uno de los cuatro agresores se suicidó y los otros tres han sido detenidos.
Tres de las parejas eran españolas y la otra boliviana. En total, y en lo que va de año, han muerto asesinadas 17 mujeres; a este paso, a estadística del año pasado se sobrepasará con creces.
Como es bien conocido, una de las leyes primeras de la legislatura que concluye, y que contó además con el máximo consenso político, fue la ley integral contra la violencia de género, que agrupó en un texto legal toda la batería de medidas jurídicas, procesales, penales y policiales que cabe aplicar a esta lacra. La ley, con una positiva carga ideológica, agravaba la violencia ejercida por el hombre sobre la mujer en una especie de discriminación positiva que ha encontrado el aval del Tribunal Constitucional. Se han creado juzgados específicos y secciones especializadas en la policía nacional y la guardia civil para combatir este problema que es estadísticamente persistente: no hay forma de reducirlo significativamente, al menos en sus formas más graves.
Además, tanto las instituciones estatales como las comunidades autónomas han movilizado cuantiosos recursos para dar acogida y cobijo a las mujeres que hayan de abandonar su hogar, el tiempo que se han perfeccionado los mecanismos de petición de socorro Pero en muchos casos el asesinato se produce sin previo aviso: lo frecuente es que una relación tormentosa que no ha sido denunciada a tiempo por la mujer concluya dramáticamente.
Los expertos dicen que es muy difícil implementar más medios a esta lucha, en la que ya se han cubierto prácticamente todos los flancos. Pero siempre será posible hacer algo más. Un comentarista político sensibilizado por el problema ponía recientemente un ejemplo ilustrativo: ante la amenaza, actualmente leve, de ETA, muchos cientos de personas llevan hoy escolta en nuestro país. ¿No sería lógico buscar asimismo medios extraordinarios de protección, aunque fueran muy onerosos, para cortar la sangría que nos aqueja con tanta pertinacia?
El de la violencia de género es un problema típicamente pluridisciplinar, que no puede resolverse mediante acciones aisladas sino a través de un conjunto de medidas que han de aplicarse de consuno, combinada y coordinadamente. Y una vez implementados los recursos institucionales y materiales, lo lógico ha de ser hacer cada vez hincapié en actuar sobre los resortes propiamente sociales y culturales, incluidos los religiosos.
El motivo de fondo de este drama intolerable, incompatible con la sociedad moderna que estamos construyendo, es la pervivencia de un humanismo anacrónico, extraído de las viejas religiones del Libro, según el cual la mujer es patrimonio del hombre y ha de supeditarse a él. La modernización intelectual del sistema de relaciones humanas durante los últimos siglos no ha concluido todavía en este aspecto, y prueba de ello es que esta lacra persiste en todas las latitudes, en todos los ámbitos religiosos, en todos los estadios culturales. Los civilizadísimos y tolerantes países nórdicos, por ejemplo, tienen estadísticas elevadísimas de violencia doméstica; y aquí el proselitismo cultural no parece hacer mella en este sustrato machista que nos embarga.
En cualquier caso, no es lícito cruzarse de brazos y esperar. Hay que perfeccionar e intensificar todas las herramientas habilitadas para combatir al monstruo, reformando cada cierto tiempo la normativa a la luz de la experiencia, intensificando los medios materiales, sensibilizando a la opinión pública, incrementando el proselitismo de la igualdad de género en la escuela, desarrollando asimismo la ley de igualdad por su indudable efecto pedagógico, etc. Porque no es admisible que prosiga esta secuencia terrible de muertes absurdas, que por añadidura es la cara visible de una tragedia solapada y silenciosa que en su mayor parte nunca saldrá a la luz.
Como es bien conocido, una de las leyes primeras de la legislatura que concluye, y que contó además con el máximo consenso político, fue la ley integral contra la violencia de género, que agrupó en un texto legal toda la batería de medidas jurídicas, procesales, penales y policiales que cabe aplicar a esta lacra. La ley, con una positiva carga ideológica, agravaba la violencia ejercida por el hombre sobre la mujer en una especie de discriminación positiva que ha encontrado el aval del Tribunal Constitucional. Se han creado juzgados específicos y secciones especializadas en la policía nacional y la guardia civil para combatir este problema que es estadísticamente persistente: no hay forma de reducirlo significativamente, al menos en sus formas más graves.
Además, tanto las instituciones estatales como las comunidades autónomas han movilizado cuantiosos recursos para dar acogida y cobijo a las mujeres que hayan de abandonar su hogar, el tiempo que se han perfeccionado los mecanismos de petición de socorro Pero en muchos casos el asesinato se produce sin previo aviso: lo frecuente es que una relación tormentosa que no ha sido denunciada a tiempo por la mujer concluya dramáticamente.
Los expertos dicen que es muy difícil implementar más medios a esta lucha, en la que ya se han cubierto prácticamente todos los flancos. Pero siempre será posible hacer algo más. Un comentarista político sensibilizado por el problema ponía recientemente un ejemplo ilustrativo: ante la amenaza, actualmente leve, de ETA, muchos cientos de personas llevan hoy escolta en nuestro país. ¿No sería lógico buscar asimismo medios extraordinarios de protección, aunque fueran muy onerosos, para cortar la sangría que nos aqueja con tanta pertinacia?
El de la violencia de género es un problema típicamente pluridisciplinar, que no puede resolverse mediante acciones aisladas sino a través de un conjunto de medidas que han de aplicarse de consuno, combinada y coordinadamente. Y una vez implementados los recursos institucionales y materiales, lo lógico ha de ser hacer cada vez hincapié en actuar sobre los resortes propiamente sociales y culturales, incluidos los religiosos.
El motivo de fondo de este drama intolerable, incompatible con la sociedad moderna que estamos construyendo, es la pervivencia de un humanismo anacrónico, extraído de las viejas religiones del Libro, según el cual la mujer es patrimonio del hombre y ha de supeditarse a él. La modernización intelectual del sistema de relaciones humanas durante los últimos siglos no ha concluido todavía en este aspecto, y prueba de ello es que esta lacra persiste en todas las latitudes, en todos los ámbitos religiosos, en todos los estadios culturales. Los civilizadísimos y tolerantes países nórdicos, por ejemplo, tienen estadísticas elevadísimas de violencia doméstica; y aquí el proselitismo cultural no parece hacer mella en este sustrato machista que nos embarga.
En cualquier caso, no es lícito cruzarse de brazos y esperar. Hay que perfeccionar e intensificar todas las herramientas habilitadas para combatir al monstruo, reformando cada cierto tiempo la normativa a la luz de la experiencia, intensificando los medios materiales, sensibilizando a la opinión pública, incrementando el proselitismo de la igualdad de género en la escuela, desarrollando asimismo la ley de igualdad por su indudable efecto pedagógico, etc. Porque no es admisible que prosiga esta secuencia terrible de muertes absurdas, que por añadidura es la cara visible de una tragedia solapada y silenciosa que en su mayor parte nunca saldrá a la luz.