02/11/2019 / 17:36
Marta Velasco


Imagenes

Vivos y muertos

Porque los vivos, al contrario que los muertos, que permanecen jóvenes y amables en nuestro recuerdo, dejamos mucho que desear.


Últimamente estoy más dedicada a los muertos que a los vivos, sobre todo en temporada de crisantemos, cuando pienso en tantas personas queridas que se han ido. He leído que en la película Ad Astra, que pienso ir a ver rápidamente, Brad Pitt viaja en busca de su padre, desaparecido 15 años antes en una misión sin retorno a Neptuno.

  Si me dijeran que mi padre está vivo en Neptuno o en cualquier misterioso planeta de este u otro sistema solar y tuviera más mínima posibilidad de que la NASA me prestase una nave para reencontrarme con él, no duden que me perdería por los límites de las galaxias para buscarle, darle un abrazo y decirle las cosas importantes que no le dije.  Y, cuando lo encontrase, allí me quedaría, en mitad de la nada o en Neptuno, con mi padre más joven que yo, hablando de nuestra vida en la Tierra, riéndonos de tonterías antiguas, recuerdos de casa y de los nuestros, todo el tiempo que fuera necesario, eternamente o hasta fundirnos con las estrellas, como sea que se produzca una muerte astral. De hecho, fui a Buenos Aires pensando que estaría por la calle Corrientes, sólo porque le gustaban los tangos y lo había soñado dos noches seguidas. Pero no le vi.

Lo que más me inquieta de películas como Ad Astra, Interestelar, 2001 Una odisea del espacio y otras es que los temas de largos viajes de búsqueda del origen entre planetas yermos, tan técnicas y avaladas por fórmulas matemáticas, física cuántica y teorías filosóficas sobre  el espacio/tiempo, son muy atractivas, pero acaban teniendo un indudable parecido con nuestro periplo vital y lo que las religiones ofrecen como premio fin de carrera:  el Cielo, un espacio infinito,  lleno luz  y cantatas de Bach, donde podremos encontrar a los que añoramos y, ahí arriba, entre nubes de afilados resplandores,  Dios Padre con su manto de estrellas quizá nos devuelva nuestra infancia, como compensación por una vida terrenal salpicada de  guerras,  dolor y  personajes vivos que por motivos económicos o creencias absurdas  te llevan a la perdición. 

Porque los vivos, al contrario que los muertos, que permanecen jóvenes y amables en nuestro recuerdo, dejamos mucho que desear. Si los hombres utilizásemos más la inteligencia y la bondad, encontraríamos lo que buscamos en nuestro interior y en nuestra propia casa, rechazando el odio y el deseo de poder que tanto nos perjudica. Sí la bondad cotizase en Bolsa, esta vida sería un tiempo de paz, amor y fantasía.

Y así, después de viajar con Joseph Conrad al corazón de las tinieblas o a buscar a nuestro padre entre los astros, los hombres debemos entender por fin que el cielo y el infierno lo llevamos de fábrica, que en nuestro cerebro están el bien, el mal y todos los datos necesarios para salvar al universo. Y que el padre muerto que buscamos en los sueños o en los lejanos planetas, siempre estuvo aquí mismo, dentro de nuestro corazón.


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