Votar o no votar

01/10/2010 - 09:45 Hemeroteca

ANTONIO PAPELL
Como era previsible después de las polémicas teorías que se han desarrollado sobre la importancia de la participación en los resultados electorales, la controversia se basa ahora en ese vital porcentaje abstracto, en la cuantía de la abstención, como si a la postre la decisión soberana de los españoles no consistiese en optar por una de las ofertas partidarias, sino en acudir o no a depositar el voto en las urnas.
Gabriel Elorriaga lo reconocía ingenuamente en sus –desmentidas a medias- declaraciones a ‘The Financial Times’: el PP está en condiciones de ganar las elecciones si consigue disuadir de ir a votar a un sector relevante de la clientela socialista. Es una verdad de Perogrullo: el secreto de los partidos para ganar elecciones consiste en movilizar a los partidarios y desmovilizar a los adversarios.

Pero en el fondo, plantear la cuestión de esta manera es incurrir en una mixtificación. Los sociólogos y los profesionales de la política son muy dueños de hacer tales cábalas prosaicas y de divagar sobre especulaciones estrictamente técnicas, pero la democracia consiste en optar entre distintas propuestas ideológicas y entre diferentes formas de ejercer el gobierno, por lo que, cuando menos en teoría, nuestra obligación cívica consiste en apoyar electoralmente a aquella oferta partidaria que más se aproxime a nuestras preferencias.

Es perfectamente legítimo optar por la abstención activa –o consciente- o por el voto en blanco, actitudes de larga tradición democrática que tienen un valor inobjetable. Abstenerse con conciencia de ello supone expresar un rechazo al propio sistema democrático, protestar por sus imperfecciones, alegar que el conjunto de aspirantes a ejercer la representación no da la talla. Votar en blanco es algo parecido, pero con la conciencia de que participar es un inalienable deber cívico que debemos cumplir, aunque no nos guste el planteamiento general.

Pero hechas estas salvedades, lo más racional es ejercer la participación positivamente, dando nuestro respaldo a la opción mejor o –en su defecto- a la menos mala, y con la certeza de que por este medio no sólo favorecemos nuestros intereses apostando por el vector de avance que más nos conviene sino que también fortalecemos el sistema, que se nutre y alimenta de tales apoyos. Claro es que, en justa correspondencia a esta actitud constructiva del electorado, los partidos tienen el deber inalienable de presentar unos programas con verdadero valor contractual a la ciudadanía. Lo que no siempre ocurre: hay campañas electorales en que el principal mensaje de los partidos es la descalificación del adversario.

Pero, ¿y el voto útil? Efectivamente, votar no es un simple acto espontáneo que pueda realizarse sin reflexionar acerca del alcance de nuestra acción. Votar a una minoría sin expectativas razonables puede significar a veces desperdiciar objetivamente el voto porque no existe la menor posibilidad de que fructifique. Cada escaño de Izquierda Unida, por ejemplo, requiere más de 240.000 votos, y en la mayoría de las circunscripciones el voto a esta coalición no tiene verdadera utilidad, aunque sí, por supuesto, también posee un valor simbólico perfectamente respetable... que indirectamente perjudica o beneficia a los demás partidos. Pese a ello, también es legítimo dar ese testimonio si uno cree que con ello se cumple una función ejemplarizante, aunque sea puramente idealista.

En cualquier caso, el resultado de unas elecciones es siempre una gran incógnita que los expertos pueden acotar, pero en modo alguno prever rigurosamente. Los fracasos de las encuestas –siempre explicables, faltaría más- han sido históricamente tan resonantes en este país que resulta gozoso comprobar el gran margen de libertad de nuestra capacidad de autodeterminación a pesar de las rigideces y de las deficiencias del sistema. Además, en cada ocasión hay varios cientos de miles de nuevos votantes, sobre los que los sociólogos no tienen indicio alguno y que pueden por sí solos imprimir un vuelco a la situación.

Si nos dejamos llevar por las presiones mediáticas, corremos el riesgo, en fin, de actuar ante los procesos electorales movidos por impulsos espurios, para que no alcancen el poder nuestros enemigos, para colmar una afición puramente estética, cuando lo razonable es que las elecciones sean ante todo un gran proceso de decantación intelectual de la inteligencia colectiva. Lo escribió Bernard-Henry Lévy en "La pureza peligrosa": "Una democracia que ya no piensa o que, todavía peor, odia el pensamiento, es una democracia condenada. Porque, por encima de las creencias, de los deseos y de la política, lo que está en juego es el pensamiento mismo. Y, al final, este desdén por el pensamiento que hoy en día reina en el ambiente, sólo puede beneficiar a aquéllos que no han dejado de pensar, o que vuelven a pensar".