Ya se ve la crisis
01/10/2010 - 09:45
Federico Abascal - Periodista
Siempre que sube el precio del petróleo, la subida acaba pagándola el ciudadano, lo cual es más bien justo y, sobre todo, se ha hecho habitual.
Desde esa perspectiva no se entiende bien por qué la atomización sindical del sector del transporte toma a la sociedad como rehén de sus reivindicaciones, haciendo padecer las tremendas incomodidades de las huelgas a quienes finalmente van a pagar de su bolsillo gran parte de lo que los huelguistas reclaman. Sorprende también que la mala educación no esté reñida con los individuos más extravertidos de las organizaciones protestantes, que no serían al día de hoy las mayoritariamente representativas.
Los efectos paralizantes que puede conseguir una huelga del transporte pudieron comprobarse ayer en las vías de acceso a la Junquera, Gerona, y hasta en el cinturón de Madrid, desde el estadio llamado de La Peineta hasta el pueblo adosado de Hortaleza, o en Alcobendas, a la salida hacia Burgos, o en Torrelodones, al poco de iniciarse la N-S, de A Coruña. Simples demostraciones para acompañar las negociaciones que en el ministerio de Fomento mantenían ayer por la mañana el director general de Transportes, Juan Miguel Sánchez, y representantes del sector.
Terminaron sin acuerdo las negociaciones antes del almuerzo, y eso que Fomento puso sobre la mesa propuestas que difícilmente podrían rechazarse si se impusiera la serenidad/ecuanimidad entre los negociadores, que estarían aprovechando la subida brutal del gasóleo para exponer otras reivindicaciones durmientes. Y entre ellas la tarifaría o precio mínimo por unidad concertada- que si parece lógica en el taxi no lo resulta en el transporte de mercancías por carretera, aunque los transportistas insistan en ella, sobre todo para evitar la competencia a la baja, frecuente en el sector.
Bastan las imágenes que ofrecen los informativos de televisión para que la sociedad perciba ya sin eufemismos que la crisis o una cierta crisis se ha añadido a la crisis, desaceleración o desmayo del sector inmobiliario. Es posible y habría sido seguramente razonable que el Gobierno hubiera previsto a tiempo, como lo previeron casi todos observatorios económicos, el pinchazo de la burbuja del ladrillo, poniéndola algún parche, aunque fuera simbólico, para que al menos no se culpase ahora al ejecutivo socialista de imprevisión. Contra la escalada de precios del crudo ni Zapatero ni el mismo Sarkozy, mago de su propia imagen, pueden hacer nada, pero no por ello iba a perder Rajoy la oportunidad de decir ayer, cuando temblaba la furia del transporte que el Gobierno huye de su responsabilidad y que los españoles tienen hoy la sensación de que el Gobierno, cuando de la economía familiar se trata, simplemente no está.
Lo que sí está, y ya a la vista, es la corporeización de una crisis económica, o conjunción de crisis varias, que admite el envoltorio de cualquier eufemismo, pero que va a poner a prueba, en esta misma semana, la capacidad del Gobierno para afrontar problemas que no se resuelven sólo con palabras.
Los efectos paralizantes que puede conseguir una huelga del transporte pudieron comprobarse ayer en las vías de acceso a la Junquera, Gerona, y hasta en el cinturón de Madrid, desde el estadio llamado de La Peineta hasta el pueblo adosado de Hortaleza, o en Alcobendas, a la salida hacia Burgos, o en Torrelodones, al poco de iniciarse la N-S, de A Coruña. Simples demostraciones para acompañar las negociaciones que en el ministerio de Fomento mantenían ayer por la mañana el director general de Transportes, Juan Miguel Sánchez, y representantes del sector.
Terminaron sin acuerdo las negociaciones antes del almuerzo, y eso que Fomento puso sobre la mesa propuestas que difícilmente podrían rechazarse si se impusiera la serenidad/ecuanimidad entre los negociadores, que estarían aprovechando la subida brutal del gasóleo para exponer otras reivindicaciones durmientes. Y entre ellas la tarifaría o precio mínimo por unidad concertada- que si parece lógica en el taxi no lo resulta en el transporte de mercancías por carretera, aunque los transportistas insistan en ella, sobre todo para evitar la competencia a la baja, frecuente en el sector.
Bastan las imágenes que ofrecen los informativos de televisión para que la sociedad perciba ya sin eufemismos que la crisis o una cierta crisis se ha añadido a la crisis, desaceleración o desmayo del sector inmobiliario. Es posible y habría sido seguramente razonable que el Gobierno hubiera previsto a tiempo, como lo previeron casi todos observatorios económicos, el pinchazo de la burbuja del ladrillo, poniéndola algún parche, aunque fuera simbólico, para que al menos no se culpase ahora al ejecutivo socialista de imprevisión. Contra la escalada de precios del crudo ni Zapatero ni el mismo Sarkozy, mago de su propia imagen, pueden hacer nada, pero no por ello iba a perder Rajoy la oportunidad de decir ayer, cuando temblaba la furia del transporte que el Gobierno huye de su responsabilidad y que los españoles tienen hoy la sensación de que el Gobierno, cuando de la economía familiar se trata, simplemente no está.
Lo que sí está, y ya a la vista, es la corporeización de una crisis económica, o conjunción de crisis varias, que admite el envoltorio de cualquier eufemismo, pero que va a poner a prueba, en esta misma semana, la capacidad del Gobierno para afrontar problemas que no se resuelven sólo con palabras.