Zapatero no votó a los nacionalistas
01/10/2010 - 09:45
Antonio Papell
Pudo parecer que los parlamentarios nacionalistas los pocos que han sobrevivido a la débacle del 9-M- no votaron ayer al candidato Rodríguez Zapatero, por lo que éste se ha visto obligado a padecer la relativa humillación de tener que aguardar a mañana para recibir su confirmación institucional, pero si se rasca con la uña la superficie de lo aparente se llegará a la conclusión de que más bien ha sido al contrario: Rodríguez Zapatero ha rechazado cualquier aproximación mercantil a los grupos catalán y vasco, a pesar de que le hubiera resultado muy simple recabar los del PNV y aun hubiese podido convencer fácilmente a Duran. Pero no estaba en sus planes.
Zapatero cree, probablemente con razón, que en esta legislatura es positivo que el Gobierno se desenvuelva con autonomía y no vea enajenada la posibilidad de pactar con el otro gran partido estatal con el fin de restablecer determinados equilibrios. En definitiva, Zapatero ha deseado que quedara constancia plástica de que mañana será presidente del Gobierno por su propio pie y sin las muletas de las minorías.
No hay incongruencia alguna en este cambio de actitud, que responde al carácter cíclico de la política, que ha de bandearse entre los inexorables y gozosos hitos electorales que caracterizan al parlamentarismo democrático. En su primera legislatura, Zapatero llevó a cabo con éxito una importante reforma sociopolítica que sus adversarios calificaron de radical, impulsó una reforma territorial que no ha concluido pero que ya ha fijado sus características esenciales que son irreversibles, e intentó sin éxito el final dialogado de ETA, una aventura que no tendrá con seguridad segunda parte. Y una vez conseguido el refrendo de todo ello otorgado por la ciudadanía el 9-M, Zapatero está decidido a consolidar lo logrado y a restituir algunos consensos de fondo que saltaron en pedazos a causa de las mudanzas anteriores. Para este nuevo designio, le son poco útiles las minorías nacionalistas: el objetivo es fijar con el Partido Popular la estabilización de los nuevos escenarios. De ahí que su afán en la sesión parlamentaria de ayer y de anteayer fue recuperar una relación normal, estrecha, con el PP, su antagonista, sin tener que dar explicaciones o que recabar la opinión de las minorías periféricas que en la legislatura anterior le auxiliaron en su quehacer reformista. El ten con ten de Zapatero con Erkoreka, en el que el líder socialista metió cruelmente el dedo en el ojo de su interlocutor una vez tras otra, fue incluso divertido: el político vasco no parecía entender que Zapatero, que le recordó el apoyo gratuito que el PNV otorgó a Aznar en 1996, estaba simplemente diciéndole que esta vez no es el PSOE el que requiere al PNV: son los nacionalistas, tan en precario en Euskadi, los que han de mirar con gesto implorante al PSE-PSOE.
En realidad, las exiguas huestes nacionalistas sí se han percatado de que algo fundamental ha cambiado entre una legislatura y otra y, de hecho, uno de los conceptos más reiterados en la sesión parlamentaria fue el barbarismo recentralización. El término, muy real, no debería sin embargo resultar amenazante: después de la eclosión centrífuga de la legislatura anterior, caracterizada por la reforma del Estatuto de Cataluña que sirvió de pauta a las otras cinco reformas consumadas en otras tantas comunidades autónomas, ha llegado la hora de la sedimentación, de las palabras son ingratas- la coordinación o, si se prefiere, la armonización, voz maldita que, pese a haber sido cercenada por el Tribunal Constitucional hace un cuarto de siglo, no ha perdido su vigor etimológico, que sigue siendo en cierto sentido muy pertinente.
El primer paso de esta decantación habrá de ser la definición del nuevo modelo de financiación autonómica, que por imperativo legal está previsto en algunos estatutos- habrá de estar concluido este verano. Pese a los rasgos de bilateralidad que se han introducido en algunos estatutos y a determinados condicionantes temporales con rango normativo que lógicamente habrá que respetar, es evidente que será necesario buscar una solución simultáneamente satisfactoria para todas las comunidades autónomas del régimen general, que habrá de surgir del consenso PP-Gobierno. Zapatero ya explicitó además dos condiciones: la Administración central del Estado no renunciará a continuar gestionando al menos la mitad de los recursos públicos y habrá que garantizar la suficiencia financiera del tercer escalón, el de la administración local.
Estos cambios de orientación y de enfoque provocarán felizmente un cambio de clima, sobre todo si Rajoy se consolida al frente del PP (ello significaría que se habría impuesto a las presiones de la derecha extrema). Podemos estar, en fin, en puertas de un cuatrienio complejo habrá que afrontar y remontar la crisis con toda la imaginación y la energía imaginables- pero políticamente incruento, en el que la democracia eche más hondas raíces y la sociedad recupere la confianza en el sistema.
No hay incongruencia alguna en este cambio de actitud, que responde al carácter cíclico de la política, que ha de bandearse entre los inexorables y gozosos hitos electorales que caracterizan al parlamentarismo democrático. En su primera legislatura, Zapatero llevó a cabo con éxito una importante reforma sociopolítica que sus adversarios calificaron de radical, impulsó una reforma territorial que no ha concluido pero que ya ha fijado sus características esenciales que son irreversibles, e intentó sin éxito el final dialogado de ETA, una aventura que no tendrá con seguridad segunda parte. Y una vez conseguido el refrendo de todo ello otorgado por la ciudadanía el 9-M, Zapatero está decidido a consolidar lo logrado y a restituir algunos consensos de fondo que saltaron en pedazos a causa de las mudanzas anteriores. Para este nuevo designio, le son poco útiles las minorías nacionalistas: el objetivo es fijar con el Partido Popular la estabilización de los nuevos escenarios. De ahí que su afán en la sesión parlamentaria de ayer y de anteayer fue recuperar una relación normal, estrecha, con el PP, su antagonista, sin tener que dar explicaciones o que recabar la opinión de las minorías periféricas que en la legislatura anterior le auxiliaron en su quehacer reformista. El ten con ten de Zapatero con Erkoreka, en el que el líder socialista metió cruelmente el dedo en el ojo de su interlocutor una vez tras otra, fue incluso divertido: el político vasco no parecía entender que Zapatero, que le recordó el apoyo gratuito que el PNV otorgó a Aznar en 1996, estaba simplemente diciéndole que esta vez no es el PSOE el que requiere al PNV: son los nacionalistas, tan en precario en Euskadi, los que han de mirar con gesto implorante al PSE-PSOE.
En realidad, las exiguas huestes nacionalistas sí se han percatado de que algo fundamental ha cambiado entre una legislatura y otra y, de hecho, uno de los conceptos más reiterados en la sesión parlamentaria fue el barbarismo recentralización. El término, muy real, no debería sin embargo resultar amenazante: después de la eclosión centrífuga de la legislatura anterior, caracterizada por la reforma del Estatuto de Cataluña que sirvió de pauta a las otras cinco reformas consumadas en otras tantas comunidades autónomas, ha llegado la hora de la sedimentación, de las palabras son ingratas- la coordinación o, si se prefiere, la armonización, voz maldita que, pese a haber sido cercenada por el Tribunal Constitucional hace un cuarto de siglo, no ha perdido su vigor etimológico, que sigue siendo en cierto sentido muy pertinente.
El primer paso de esta decantación habrá de ser la definición del nuevo modelo de financiación autonómica, que por imperativo legal está previsto en algunos estatutos- habrá de estar concluido este verano. Pese a los rasgos de bilateralidad que se han introducido en algunos estatutos y a determinados condicionantes temporales con rango normativo que lógicamente habrá que respetar, es evidente que será necesario buscar una solución simultáneamente satisfactoria para todas las comunidades autónomas del régimen general, que habrá de surgir del consenso PP-Gobierno. Zapatero ya explicitó además dos condiciones: la Administración central del Estado no renunciará a continuar gestionando al menos la mitad de los recursos públicos y habrá que garantizar la suficiencia financiera del tercer escalón, el de la administración local.
Estos cambios de orientación y de enfoque provocarán felizmente un cambio de clima, sobre todo si Rajoy se consolida al frente del PP (ello significaría que se habría impuesto a las presiones de la derecha extrema). Podemos estar, en fin, en puertas de un cuatrienio complejo habrá que afrontar y remontar la crisis con toda la imaginación y la energía imaginables- pero políticamente incruento, en el que la democracia eche más hondas raíces y la sociedad recupere la confianza en el sistema.