
A vueltas con los presupuestos
Detrás del puño y letra de quien escribe estas líneas, no deja de haber un profesional que se levanta con ilusión (y legañas) todos los días para tratar de aportar su grano de arena a la sociedad. Entre los proyectos que iniciamos el año pasado desde nuestro grupo empresarial está la oficina de Administración de Fincas denominada Fincas Infantado que da servicio a más de 3.000 vecinos en Guadalajara (lamento la publicidad, pero incluso en las suscripciones de pago de Netflix o de Prime, se comen anuncios en estos momentos. Sorry not sorry). Reconozco que había aterrizado en este sector (tan denostado y poco valorado en tantas ocasiones, aun habiendo enormes profesionales en nuestra ciudad) con más ilusión que conocimiento, pero mi bagaje formativo y experiencia vital me invitaba a pensar que todo se basa en gestionar, como buen ama de casa o diligente padre de familia (el refranero es misógeno) cualquier aspecto de la denominada “cosa común”. Es algo que es bonito y sobre todo que te acerca a muchísimas personas de diferente clase y condición, cada uno con su forma de pensar y con su forma de actuar, pero todos con un mínimo común denominador que es saber qué va a pasar con el dinero que aportar religiosamente a la saca de todos. Señor administrador, por favor, ríndame cuentas y sáqueme presupuestos todos los años; si no, no hace falta que venga, que nos buscamos la vida. Y tienen razón, porque el vecino es el que paga y el que exige. Puede haber razones, excusas o demoras más o menos justificables, pero la esclavitud del calendario y la tozudez del Sisifo cambiando páginas del almanaque, hace que sepamos cada vuelta al sol lo que tenemos que hacer porque es nuestra obligación. Ni más ni menos.
Si una propiedad con cuatro vecinos despreocupados debe rendir cuentas y programar el futuro con esa periodicidad establecida, es absolutamente ridículo pensar que un país como España no deba presentar presupuestos de manera periódica para ratificación de todos los representantes comunes. Por supuesto que se puede vivir sin estimaciones, pero la falta de planificación puede generar en desviaciones muy difíciles de solventar en el medio plazo. Para muestra, un botón. Los Presupuestos Generales del Estado vigentes (del año 2023) se aprobaron el 24 de noviembre de 2022 (y formulados con premisas establecidas en verano de aquel año) o, dicho en pocas palabras, han pasado 33 meses desde que se pusieron las bases de las cuentas que nos rigen hoy en día. En este espacio de tiempo ha cambiado la deuda de país, el tipo de interés, la cifra de paro, las perspectivas económicas, la inflación y hasta la geopolítica más cercana. Otrora, Moscú era el malo de la película y Washington, el primo Sam simpático. Hogaño estamos amenazados por todos los puntos cardinales y sin llegar a decidir entre cañones y mantequilla, no se puede seguir considerando que las circunstancias de ayer perdurarán para mañana. Nuestra denostada Constitución, en su artículo 134, obliga a pasar por este trámite independientemente del resultado de dicha votación y, por ello, existen mecanismos para evitar la catarsis de un colapso por si no hay acuerdos, pero no podemos dejar de lado los principios básicos del respeto entre iguales, da igual que sean propietarios o ciudadanos. ¿Cómo se gestiona la cosa común? Con responsabilidad, no con oportunismo.
De la misma forma que los comuneros pueden echar al administrador por no hacer su labor o no cumplir con la Ley de Propiedad Horizontal, es absurdo que los ciudadanos y votantes no puedan censurar al responsable de las cuentas nacionales por no hacer su trabajo en materia económica. Para la reflexión, y para otro día, hablamos que si los vecinos no pagan más cuotas ordinarias o no hay derrama, habrá que elegir entre mantener los servicios básicos, reforzar la valla de la entrada o empezar a prescindir del portero, de la limpieza o bajar las coberturas del seguro. Si no respetamos las cuentas de lo común, no nos respetamos a nosotros mismos ni como ciudadanos ni como país.