Angel Carrillo: Haciendo caminos al andar

02/02/2012 - 12:00 Redacción

Angel Carrillo conserva a sus ya casi 90 años buena parte del vigor con el que se ha manejado toda su vida. Nació en una familia trillana tan numerosa, que ni siquiera entonces era frecuente. Llegaron a ser nueve hermanos. A tres de ellos se los llevó la parca antes de tiempo, cuando el sarampión era incurable. “Mis padres se llamaban Jesús Carrillo y Margarita Gutiérrez”, dice. Sirva este recordatorio de su hijo ya anciano para traerlos al presente y rendirles, también a ellos, un pequeño homenaje. Vino al mundo en el número ocho de la calle Arzobispo Muñoyerro, el día 1 de marzo de 1922, “justo enfrente de adonde ahora paran los coches de línea”. La familia Carrillo vivía “a renta” en aquella casa hasta que por desavenencias con su propietario, compraron una. De niño jugaba a la “chinela”, una especie de petanca. “En vez de perras, que no teníamos, poníamos chitos”, recuerda. Angel cuenta que sus amigos y él se reunían a la entrada del pueblo, en la calle Amargura, para trastear todos juntos.
De aquellos juegos infantiles surgió la amistad con su cuadrilla que ha conservado hasta la muerte de la mayoría de ellos. “La vida era de otra forma. No había juguetes y no se comía como ahora. Asábamos patatas y membrillos, lo que había entonces en las casas”, dice. A Angel le asusta un poco la grabadora al principio, pero de sus pinceladas ya se pueden extraer detalles interesantes. La matanza era fundamental para hacer una dieta rica en calorías que luego salían sudando por cada pelo una gota en la labor del campo: “Criábamos  dos o tres cochinos bien grandes. Nos los comíamos enteros antes de la siguiente Navidad”. 
El “Carrillo”, como le conoce todo el mundo en Trillo, empezó a trabajar con ocho años, en 1930. Lo suyo ha sido hacer caminos al andar. A lo largo de una dilatadísima vida laboral llena de sacrificio, en este sentido asegura que cuando se jubiló hizo “el número uno de Guadalajara” en cuanto a días cotizados, habilitó cientos de kilómetros de carreteras y pistas en nuestra provincia y en otras, como Madrid o Valladolid. Pero como lo de unir pueblos era sólo cosa del verano o en general del buen tiempo,  también atendía las tierras trillanas de la familia.
Su fuerza motora eran tres borriquillos a los que les llenaba el serón de piedras en los majanos cercanos al trazado, que luego bajaba a la calzada. Se acuerda del nombre de dos. “El uno era Estrellado, el otro, Lucero. Y con eso es bastante”, dice con carácter. Ya ha desaparecido la timidez primera. Los obreros machacaban la piedra con unos martillos de tres cuartos o de kilo. Sólo al final, “unas máquinas la asentaban”. Esta que pasa por aquí – dice señalando a la carretera del Puente cercana a la Residencia Fuentealegre en la que vive- se hizo antes de la Guerra Civil”. Así, poco a poco, va recordando el abuelo los esfuerzos que tuvo que hacer para salir adelante, y con ellos, las carreteras que su trabajo ayudó a construir. El sudor de Carrillo está debajo de las calzadas que todavía hoy, con nuevas pieles encima, unen Sigüenza y sus pedanías, o Molina con otros pueblos del Alto Tajo como Corduente o Torremocha del Pinar. Allí también convertía en caminos sendas impracticables para que los trabajadores pudieran extraerle la resina a los pinos para hacer con ella la famosa colofonia. “Ahora los chinos han inventado otra cosa y aquello se ha venido abajo”, informa. Sólo en Meco y Azuqueca, Angel y una cuadrilla de trillanos adecuaron treinta kilómetros de pistas de la concentración parcelaria. De aquellos cinco hombres que ayudaron a unir Madrid y Guadalajara, ya sólo queda Angel. Sin embargo,  todavía vive en Saelices uno de los contratistas para los que Carrillo trabajó muchos años. “Se llama Emilio Batanero y tiene 104 años. Es un buen hombre. En la Guerra se quedó sin padre y sin madre, pero tenía un tío que era secretario y le enseño el negocio. Le fue bien. Se hizo millonario”, dice.
Nuestro protagonista se acuerda bien del día que estalló la Guerra Civil. “El 18 de julio de 1936  estaba en Cogolludo, con mi padre. Trabajábamos en la carretera de Atienza. Cuando vimos el panorama, nos volvimos a mi casa. Nos cruzamos con muchos camiones de soldados que iban a la batalla, a toda pastilla, en dirección a la Somosierra. Allí empezaron los tiros. Los nacionales arriba, los rojos abajo. Nosotros nos vinimos a segar”, recuerda. La familia de Angel lo pasó mal después de la contienda. “Nos robaron todo lo que teníamos, y a mi padre lo mataron”, dice con resignación. Angel quedó entonces como el mayor de los hermanos vivos en Trillo y asumió el papel de cabeza de familia. “Teníamos trabajo y tierras y nunca pasamos hambre”, recuerda. 
El único hermano mayor  vivo que le quedaba a Carrillo, Pedro,  llegó a ser comandante durante la lucha. Emigró a Francia, y allí se quedó durante cuarenta años. Ya en la democracia, Angel recuerda que su rencuentro con él fue uno de los momentos más emotivos de su vida. Nunca perdieron el contacto, que mantuvieron “por carta”. Curiosamente, también su matrimonio partió de una primigenia relación epistolar. Angel se casó con Gonzala Muñoz a los 31 años. Para enamorarla utilizó la literatura. Ella vivía en Barcelona, adonde se había ido a servir unos años antes. “Su abuela me la mentaba mucho. Nos conocíamos de chicos, así que empecé a escribirle para que volviera”, recuerda. Y lo hizo.