10/03/2020 / 22:25
Tomás Gismera / Historiador


Imagenes

Angón y el castillo de Iñesque

Los restos del castillo todavía se mantienen entre Pálmaces y Angón


Que igualmente ha pasado a la historia como “castillo de Inesque”, situado, nos dicen las antiguas enciclopedias, como a media legua del lugar de Angón. Entre esta población y las aguas del embalse o pantano de Pálmaces. Hoy diríamos que se encuentra a unos dos kilómetros y medio de la puerta del Ayuntamiento de Angón, desde donde se puede ir perfectamente en vehículo por uno de esos caminos que conducen, a través de los campos, a cualquier parte.

Claro está que si se pregunta a cualquier vecino del pueblo de Angón por el castillo, mirarán escépticos a quien lo haga, antes de aclarar que del histórico edificio no queda sino un informe mole de piedras que, sobre un cerro, señalan su ubicación.

Angón es uno de esos pueblos que en la actualidad, apartado de cualquier camino o carretera principal dormita al sueño de la tan traída y llevada “España vaciada”. A pesar de que es un pueblo hermoso, bien urbanizado, limpio, con aires serranos y que se asoma al valle del río Cañamares. En tiempos todavía no muy lejanos, incluso después de que se abriese la carretera que ahora le queda a trasmano, y que condujo a las diligencias desde Madrid a la frontera de Francia, las diligencias daban su correspondiente rodeo para entrar en Angón, como lo hacían con sus vecinos Pálmaces o Negredo. Todos ellos mirándose a la cercana sierra de La Bodera, o la estampa no muy lejana de los cerros de Atienza, a cuyo común pertenecieron, mucho antes de que los reyes, caprichosos ellos, desgajasen de las tierras de Atienza las de Jadraque, y con las de Jadraque las de Angón, para entregárselas al manirroto, que diría Francisco Layna, de Gómez Carrillo de Acuña quien, a su vez, y contradiciendo lo que el rey le ordenó, las traspasó al Cardenal Mendoza a cambio de Maqueda y algunas fruslerías más.

Para entonces ya se había levantado, en lo más alto de Angón y dominando el caserío y su valle, una de las iglesias más significativas del románico de estas tierras, de la que en la actualidad apenas quedan unos retazos y la portada, una de las portadas románicas más curiosas de las habidas por esta, que es tierra en la que el románico se muestra en todo su esplendor.

 

La iglesia de Angón domina el valle, y el caserío. 

 

Sobre la clave de la entrada, en su arco más exterior de los tres que la forman, ornamentados con rosáceas y bolas, tallaron los canteros las figuras de los padres Adán y Eva, en considerable desproporción de formas, a la moda de los siglos XII o XIII. Eva cubriendo sus vergüenzas con la clásica hoja de parra; Adán, con ellas colgando. Formando el conjunto uno de los más hermosos tapices rocosos de los pueblos  del entorno. La piedra ha resistido la embestida de los tiempos, que ni la han mellado ni la han debastado, como con otras sucede. Quizá porque la piedra sea buena, de las canteras que sirvieron para alzar algún que otro muro de la catedral de Sigüenza. Cuentan que la de Angón era todavía mejor piedra que la de Oncerruecas, de donde se llevó para la construcción del palacio de los duques de Guadalajara.

 

Adán y Eva, traza románica sobre la puerta de la iglesia de Angón.

 

Decía nuestro ilustre académico don Manuel Pérez Villamil que la piedra de Angón es caliza muy fina y fácil de trabajar con la cual están labrados los mejores monumentos platerescos de la Catedral de Sigüenza. Su finura es tanta que algunos han pensado que se trataba de estuco; sin embargo, pruebas hechas, y además las cuentas de aquellas obras, existentes en el Archivo del Cabildo, han demostrado que estas piedras proceden de Angón.

Como las piedras de la primitiva iglesia, sin duda. Y de la que se levantó después, a la moda del siglo XVII, grande como un día sin pan, y a la que se dotó de un retablo acorde a su grandeza, que talló para admiración de los siglos el retablista arandino Juan de Arauz, quien tanto se dejó ver por estas tierras en los últimos años del siglo XVII y los inicios del XVIII, antes de que en Sigüenza, en 1714, se despidiese del mundo.

Nunca fue Angón tierra de apretada población. En tiempos de finales del medievo, cuando se llevó a cabo uno de aquellos censos de la Corona de Castilla, por el 1530, sus vecinos no llegaban al medio centenar, que hecha la suma y resta nos da algo así como 130 almas, sin contar los párvulos. Número de habitantes que subió y bajó conforme a los tiempos y las epidemias, que tenían la mala costumbre de diezmar a los pueblos cuando menos se esperaba. Tras una de aquellas, de fines del siglo XVI, en el siguiente, el Censo de la Sal que ordenó la real Majestad de don Felipe IV para mandar a sus súbditos la cantidad anual de sal que debían obligatoriamente consumir, Angón resultó con un censo poblacional de 160 almas, y con 1.429 cabezas de ganado de toda clase y uña, con lo que se ordenó al municipio un consumo anual de 39 fanegas con algunos celemines.

Las cercanías de Hiendelaencina, Robledo y La Bodera lo hicieron crecer un poco en población cuando en el siglo XIX explotó la fiebre de la plata, que también llegó a estos lares, donde se abrieron y cerraron no menos de una docena de pozos, de carbón, hierro y plomo argentífero, que entonces se denominaba. No hicieron rico a nadie, ni a don Isidro Encabo que fue el primero en registrar explotaciones, ni a don Baltasar Dol, que vino de Francia en busca del sueño español, ni mucho menos a don Eugenio Altuna, quien se empeñó en que bajo la Senda de la Sestoreja se encontraba un filón de oro; quizá por ello dio a su explotación un nombre prometedor: “La Esperanza”.

Por aquellos años, los del sueño de la plata, Angón alcanzó su mayor número de habitantes. A poco más y llega a los cuatrocientos, veinte veces más de los que hoy tiene, que apenas supera la docena, y continúa siendo un pueblo hermoso, elegante, bien urbanizado y limpio, en el sexmo del Henares de la tierra de Jadraque.

 

Los restos del castillo de Iñesque, todavía conservan parte de la historia de esta tierra.

 

El Castillo y poblado de Iñesque
Que también podríamos denominarlo Inesque, como anteriormente señalamos. Sucede que el castillo, y la tierra que lo rodea, pertenecen al municipio de Atienza desde más allá de los tiempos medievales por una de esas curiosidades que a los reyes se les ocurren. Y Al rey que cedió la tierra al festón Carrillo se la cedió sin el castillo y el poblado que lo rodeaba, que continuó perteneciendo a la villa de Atienza.

El nombre de Iñesque viene dado porque así se denomina en los últimos documentos oficiales del Ayuntamiento atencino, cuando su entonces alcalde, don Vicente Castel Izquierdo, requirió a sus vecinos, en la década de 1940, para que se pusiesen al día en aquello de los pagos de la contribución. Los vecinos de Iñesque no eran los únicos que no estaban al día en los pagos, los del despoblado de Recuencos, que no encontramos por parte alguna, tampoco. Entonces, cuando lo del requerimiento y señalización catastral, en 1946, a Atienza únicamente pertenecían los lugares anexionados ya dichos de Recuencos, Iñesque, y el vecino Bochones, que trató de escapar a la jurisdicción atencina para unirse a Casillas y la autoridad gubernamental no se lo permitió.

Cien años atrás, en 1856, cuatro vecinos de Angón, con tierras limítrofes con las de Iñesque, requirieron de la superioridad que se pronunciase de una vez por todas y procediese al amojonamiento de aquellas, ya que al parecer el consistorio atencino se desentendía de ello, limitándose a ingresar los 265 reales anuales que cobraba por la renta de las tierras. Lo curioso es que para sustentar el pleito contrataron a don Cándido Gómez, que a la par que se manejaba en el mundo judicial, hacía oficios de secretario para el consistorio de Atienza.

Para entonces ya había desaparecido prácticamente el castillo de Iñesque, del que cuenta la historia fue uno de aquellos que se levantaron para controlar las fronteras, cuando los reinos de Castilla las tenían con los reinos moros.

A pesar de que lo principal de sus muros lo derrumbaron los navarros que se asentaron por aquí en aquella casi interminable guerra de los infantes de Aragón, que despobló por diez años la real villa de Atienza; sus cimientos y la espesura de sus muros nos indican cómo fue su recinto, prácticamente cuadrado con torres redondeadas esquineras y fuerte muralla en derredor. Basilio Pavón Maldonado le da una planta de sesenta metros cuadrados.

Sus piedras, es seguro, sirvieron de cimiento para otras construcciones. Dejándonos en mitad del campo el recuerdo de un castillo imaginado, en los alrededores de una hermosa población que nunca viene mal descubrir.

 


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