19/08/2020 / 18:40
Tomás Gismera / Historiador


Imagenes

Benigno Bueno, el primer muletero

Natural de Maranchón fue, sin duda, el tratante más importante de España

 

 

 

 


A don Benigno Bueno Gaitán, natural de Maranchón, casado con doña Petra Atance, le sorprendió la muerte el 5 de octubre de 1931 cuando se encontraba tomando las aguas en el balneario de Puente Viesgo (Santander), un lugar al que acudían las personas de la alta sociedad española. Don Benigno Bueno se encontraba entre las personas más acaudaladas de la provincia de Guadalajara.

Nació en 1865, año de gracia en el que ya Maranchón estaba convertido en un importante emporio muletero. No porque en Maranchón se criasen las mulas que recorrían una parte no menos importante de España, sino porque de Maranchón salían los hombres que recorrían la España agrícola y ganadera con sus reatas de mulas adquiridas en los mercados aragoneses y navarros a los que llegaban las hermosas y no menos famosas mulas pirenaicas y piamontesas.

La noticia de su muerte sacudió como un latigazo las provincias de Guadalajara, Madrid, Zaragoza, Huesca, Santander, Córdoba… A tanto alcanzaba su renombre que desde numerosos lugares de la geografía nacional se hicieron eco de su fallecimiento primero y de su entierro, al día siguiente en Maranchón, después. La misa de funeral principal, tras el entierro, tuvo lugar en Madrid, en San Jerónimo el Real, donde se celebraban por entonces los sepelios reales. Claro está que también hubo misas por su eterno descanso en la Seo de Zaragoza, la catedral de Huesca, Canfrán, Córdoba, Guadalajara y por supuesto en Maranchón.

 

Casa de los picos de Maranchón. 

Fue, sin duda, uno de los grandes sepelios que tuvieron lugar en la maranchonera villa por aquellos años. Había muerto uno de los hombres que más iniciativas empresariales llevó a cabo a través de lo que se llevaba andado de siglo. En Maranchón bien pudiera decirse que salvo en el viento, en todo lo que había alrededor tenía participación.

Don Benigno Bueno, muletero por los cuatro costados, como su padre y su abuelo, se inició en el mundo de la muletería con apenas diez o doce años de edad de la mano de su padre en el último tercio del siglo XIX, cuando el trato de ganado mular hizo rica a una de las poblaciones más significativas, en este comercio, de la provincia de Guadalajara. Una provincia en la que el trato, cría y recría de este ganado fue significativo desde mediados del siglo XVIII hasta los últimos años de la década de 1950. En aquellos inicios muleteros del siglo XVIII todavía no figuraba Maranchón como capital de la muletería. Por aquellos tiempos el emporio mular se encontraba en Atienza y sus alrededores. En Madrigal, población hoy prácticamente desaparecida del mapa; en Miedes de Atienza, Cincovillas, Alcolea del Pinar o Paredes de Sigüenza y, avanzado el tiempo, por encima de todas estas poblaciones, en Imón, un pueblo en el que, aparte de dedicar los meses veraniegos a sacar la sal de las albercas, los hombres de Imón se dedicaban en masa al negocio de la compra y venta de mulas. De ahí que fuesen, como los de Maranchón tiempo adelante, jaquetones de por sí. Jaquetones, que tanto es decir como chulos, bien vestidos o, echando mano del léxico madrileño de  aquel tiempo, matasietes; o fanfarrones.

Entre otras cosas porque lo podían ser, ya que al negocio de la compra y venta de mulas se dedicaron en Imón, hasta entrado que fue el siglo XIX, algo así como un tercio de la población; que conforme el siglo se fue haciendo mozo fue cambiando, disminuyendo el negocio en Imón y creciendo en el cercano Maranchón. 

La muletería, el trato en ganado mular, con letras de molde, no se inició en Maranchón hasta que estuvieron bien pasados los años de la francesada y los agrios que siguieron a quien es considerado el peor rey de las Españas. La trata de mulas comenzó a ser significativa en la década de 1830 y alcanzó su máximo esplendor entre el último cuarto del siglo XIX y el primero del XX. Por entonces fue cuando en la renombrada villa se alzaron la mayor parte de sus nobles edificios, y por entonces fue, en los primeros años del siglo XX, cuando don Benigno Bueno Gaitán, con el capital generado por sus negocios muleteros alzó su casa familiar, quizá la más conocida de la villa por su peculiar fisonomía, la famosa “Casa de los Picos”.

Sus principales negocios muleteros, los de don Benigno, tuvieron como epicentro las provincias de Huesca y La Rioja, sin desdeñar otras como Santander, Palencia o Salamanca. Ni, por supuesto, la Córdoba de los califas.

En las ferias de San Andrés de Huesca, que se celebraron allá por el mes de octubre, desde que tuvo uso de razón fue don Benigno uno de los grandes chalanes en muletería, por no decir el primero; además de acaparador de premios a los mejores animales en las ferias de Logroño, Haro o Alfaro. Por estas tierras, además de dedicarse a la compra y venta de mulas lo hizo también a la de caballos y yeguas, que fueron en muchas ocasiones padres y madres de sus mulas, llegando a convertirse en el primer abastecedor caballar del Ayuntamiento de Madrid, cuando el Ayuntamiento de Madrid estuvo presidido por el singular Conde de Romanones, don Alvaro de Figueroa, quien como nuestro muletero no desdeñó ninguna ocasión en cuanto a los tratos y cargos políticos se trató.

De aquella relación, de abastecer de caballos a la guardia urbana madrileña en tiempos de la alcaldía de don Álvaro, surgió primero la amistad con el conde y más tarde la sociedad que fundó con su hijo don Álvaro, marqués de Villabrágima –residente en la Marsella francesa-, para abastecer de caballos y mulas al Ejército español.

Ocasión hubo en la que desde Madrid y Guadalajara se mandó, por parte de los altos mandos militares, comisiones de coroneles con el encargo de adquirir, de las cuadras de don Benigno, algo así como mil y pico de mulas y caballos al precio tasado de 850 pesetas ejemplar.

Para entonces, la década de 1920, don Benigno Bueno Gaitán hacía vida de capitalista, principalmente en Madrid, sin olvidarse de Guadalajara y Maranchón, donde estaban sus raíces; ni de Alcalá de Henares, donde disponía de una finca de capricho.

La riqueza muletera, que le permitió reunir un importante capital, se vio sacudida con la improvisada quiebra de la banca en la que guardaba sus dineros, la Villodas, emparentada con Azuqueca de Henares, de donde surgió el que los tratantes de Maranchón perdieran en ella mucho de su capital y aprendiesen, como hizo don Benigno, que no deben de ponerse todos los huevos en la misma cesta, por si se rompe el agarradero. 

De ahí que a partir de entonces don Benigno distribuyese su capital en múltiples negocios: el inmobiliario en Madrid; el de la luz eléctrica por tierras de Guadalajara y Soria; el de la harinera y el pan por Guadalajara, Soria y Maranchón; el de los transportes, e incluso el pequeño comercio; fue, en Maranchón, titular de tiendas de ultramarinos, ropas, paquetería, muebles, ferretería… Sin dejar, por supuesto, la trata muletera, en caballos, mulas y asnos, con cuadras abiertas a los compradores en Medina del Campo, Tarancón, Liria, Borja y Cervera, con cuadras centrales en Madrid, en la calle de Narciso Serra (barrio de Pacífico), y oficinas centrales en la calle de los Peligros. En Alcalá de Henares tenía por entonces el centro de sus cuadras.

 

Fábrica de Harinas Santa Petra

Fundó en Maranchón la Fábrica de Harinas Santa Petra, y dirigió el sindicato de harinas en Guadalajara, además de hacerse con un  cargo de cierta relevancia en la provincia en la década de 1910, el de Recaudador de Contribuciones, para lo que tuvo que depositar una fianza de seiscientas mil pesetas de las de aquellos años. E igualmente fue contratista del pan de la Beneficencia de Madrid y… un ciento de cosas más –de las que en alguna ocasión no salió con la cabeza alta-; aficionado a la tauromaquia y amigo a carta cabal de Antonio Márquez o Marcial Lalanda.

Fue sin duda, don Benigno Bueno Gaitán, el prototipo del muletero rico. Hombre hecho a sí mismo, como tantos aquellos otros que en esta notable villa de nuestra provincia salieron a correr mundo con sus mulas, de feria en feria, y que han quedado retratados en un libro que ahora los recuerda: “Maranchón y sus muleteros”. Hombres de recia estampa, jaquetones, matasietes y, ante todo, buenos negociantes o, como hoy diríamos, grandes emprendedores.
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