01/10/2011 / 05:18
Vicente HIta


Celedonio Rodríguez murió a punto de cumplir noventa años


 
“La riqueza de servir a los demás”. Pocas veces una frase define tan bien la vida de una persona como el caso que nos ocupa. Cuando este pasado día 28, el párroco de Atanzón, en la misa de funeral, centró su homilía en la vida y vocación de servicio hacia los habitantes de su pueblo, estuvo definiendo, como mejor no se puede, la actuación del que fue alguacil de Atanzón durante más de treinta años..
Celedonio trabajó durante treinta años con seis alcaldes 
Corrían finales de los setenta, cuando Celedonio empezó a realizar estas funciones. Desde entonces, muchos años y muchísimos días colaborando con seis alcaldes para el bien de la comunidad.
 Repasar la vida de Celedonio es repasar las andanzas de alguien apegado, unido como nadie a su pueblo y sus costumbres. Celedonio fue nieto, hijo y hermano de pastores. Desde los doce años con el morral a cuestas, como él decía, sin ningún día de libranza a la semana o al año. Él como nadie sabía de los fríos y calores, de las lluvias y nieves que trae el clima de esta Alcarria en la que vivió. De San Pedro a San Pedro con un amo, después a seguir con él mismo o a buscar el coscurro a otro lado, con su garrote y sus perros.
 También durante varias temporadas sirvió en Centenera y Valdeavellano. Pero fue en Atanzón, pueblo donde nació, donde desarrolló la mayor parte de su tarea pastoril, hasta que a finales de los setenta, cuando las fuerzas empezaron a fallar para tan dura profesión, comenzó a realizar las impagables tareas de un oficio que nunca debería desaparecer en los pueblos pequeños, como es la de alguacil.
 Celedonio supo como nadie lo que es estar al servicio del pueblo las veinticuatro horas del día: el certificado que se necesita que haga el secretario, el aviso al vecino, la avería del agua, las llaves de las dependencias municipales, etc.  Ni una mala cara, ni una pereza, discreción absoluta. Siempre dispuesto a ayudar a los vecinos, no encontraba otra satisfacción que la de ver resuelto el problema planteado y así durante tres décadas, hasta que, cuando octogenario en años, estaba a punto de saltar a los noventa, su vida se fue volando, seguro que a encontrase con San Agustín o San Blas, santos patronos de Atanzón y a los que siempre tomó como ejemplo.
 A su entierro asistieron los cinco alcaldes, aún vivos, que coincidieron con él en las tareas municipales. Fue un homenaje hacia quien, a veces, aun dejando al lado su vida personal y familiar, dedicó su tiempo en cuerpo y alma a servir a los que le rodearon. A tratar que sus vecinos vivieran lo más placenteramente posible. Tal como Don Jesús dijo en su homilía: “una persona que encontró su satisfacción, que hizo rica su existencia, consiguiendo hacer más fácil la vida de los demás”.

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