30/08/2020 / 13:00
José Serrano Belinchón


Imagenes

Chequilla

El pueblo de Chequilla añade a su espectacular imagen, entre voluminosos riscos con nombres propios, la exquisita maravilla de su pequeñez y de su silencio. 


Hoy traemos a nuestro escaparate semanal de asuntos relacionados con la provincia de Guadalajara al lugar de Chequilla, un pueblecito asentado en las serrezuelas del Bajo Señorío Molinés, a una distancia de doscientos kilómetros, más o menos, de la capital de provincia. Cuando se está en Chequilla, y aun después que haya pasado el tiempo, uno no sabe si lo que en aquellas tierras pudo contemplar es una realidad o una quimara. El pueblo de Chequilla añade a su espectacular imagen, entre voluminosos riscos con nombres propios, la exquisita maravilla de su pequeñez y de su silencio, factores que, como sabido es, no se suelen valorar en éste mundo de vértigo. Siempre que paso por allí me gusta contemplar aquel mínimo caserío en la distancia, y después, llegarme hasta él y palpar de cerca la realidad y gozar de ella, formando parte de lo que en apariencia pudiera ser un capricho de la naturaleza, una pintura impresionista al natural y a cielo abierto. Visto así, Chequilla rompe con mucho los moldes de la mediocridad, para convertirse en algo ideal, en un capricho de la naturaleza por obra y gracia del paisaje, de las barranqueras y de los crestones, del bosque de pinar y de las inmensas moles de piedra, con las que la Creación le premio, siendo la más conocida de ellas la que entre el vecindario se conoce por el Trascastillo, y de otras en su entorno que parecen vivas, y convierten la visión en algo sublime, en ideal escenario donde ir colocando, cada una a su manera, añosas historias de la infancia, donde la presencia del hombre apenas ponga coto a los caprichos de la imaginación.

            En las afueras de este delicioso lugar, situado en pleno valle del río Cabrillas, se encuentra la única plaza de toros natural que hay en el mundo, una merced más que añadir al paisaje y a su afortunada situación en el conjunto total de las tierras de Guadalajara. Solo cuesta a los aficionados cuando llega la fiesta, atajar algunos pasadizos entre los riscos con palos de madera, y ponerse a capear a la res sobre la hierba fresca; recogida y casi circular que queda entre los tremendos volúmenes de las rocas. Cuando llega la fiesta patronal del Santo Cristo, los espectadores, tanto lugareños como allegados de los pueblos vecinos, que suelen ser puntuales cada 19 de agosto, se acomodan fuera de todo peligro en los burladeros naturales de las peñas, y desde allí contemplan a placer el espectáculo.


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