18/10/2019 / 12:13
José Serrano Belinchón


Imagenes

Coscorro, heróe

Consta que días después de ingresar en la inclusa, fue recogido por la familia de un guardia civil destinado en Ávila.


       En noche cerrada del primer día de diciembre de 1868, las religiosas de la inclusa madrileña de la calle García de Paredes, encontraron abandonado a un niño acabado de nacer. La criatura llevaba una nota en la que se decía que estaba sin bautizar, que era hijo de Luisa García, soltera, natural de Peñafiel, que rogaba se le pusiera el nombre de Eloy Gonzalo García.

   De la veracidad de los datos en los que se advertía la personalidad de la madre hay que fiarse con toda reserva; pero a falta de otros fueron aquellos con los que se inscribió al niño en el libro de Registro de la inclusa. Otra cosa es la repercusión que la noticia tuvo por todos los pueblos de la Campiña guadalajareña, donde siempre se ha considerado el hecho como verdad de fe, y que el niño era hijo del Tío Gonzalillo, un ricachón incontrolable y calavera, vecino de Malaguilla, y de una mujer de vida ambulante conocida por “La Melonera de Cabanillas”. El niño, nacido en Malaguilla, desapareció del pueblo al poco de nacer. 

     Consta que días después de ingresar en la inclusa, fue recogido por la familia de un guardia civil destinado en Ávila, donde pasó su infancia y juventud. A los 21 años, Eloy Gonzalo ingresó en el regimiento de Dragones Lusitania nº 12, y en 1892 en el Cuerpo de Carabineros. En 1895 fue condenado por Consejo de Guerra a 12 años de prisión militar, acusado de insubordinación, pena que le fue levantada al aceptar voluntariamente ser destinado a Cuba. Del resto de su historia sospecho, amigo lector, que estás informado. De cómo unos tres mil insurrectos cercaron la población de Cascorro en la provincia de Camaguey, hasta el punto de que los soldados españoles, sitiados, se vieron en un entorno tan comprometido, que no vieron otra solución que la de volar una casa en la que se encontraba el fuerte de los “mambrises”. Eloy Gonzalo se prestó voluntario para llevar a cabo aquella operación de tanto riesgo. Con su fusil al hombro y una lata de petróleo bajo el brazo, reptó por los muros, derramó el líquido por el interior de la vivienda, le pegó fuego, y aún tuvo tiempo para regresar a su posición indemne. Fallecería en el hospital de Matanzas a consecuencia de una henterocolitis ulcerosa, según consta en su hoja de servicios. Tenía 29 años. Sus restos están enterrados en el cementerio de la Almudena. 

      Es conocida de todos la estatua en bronce dedicada a él por el alcalde don Alberto Aguilera para inmortalizar su hazaña. Obra del escultor Aniceto Marinas, que en 1902 se le erigió en el Rastro, el más popular de los barrios del viejo Madrid.


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