De Guadalajara al cielo
La escafranda de Herrera LInares era un traje para observar y comprender; por ello, honrar su legado y el de Irene tal vez pase por exigir que el espacio no se convierta en territorio de conquista y extractivismo.
Quién no contuvo el aliento cuando la tripulación de la misión Artemis II regresó a la Tierra tras haber sobrevolado la Luna. No era para menos, pues por primera vez en más de medio siglo seres humanos volvían a realizar un viaje al astro de Selene. Lo que quizá mucha gente no sepa es que parte de la tecnología que lo ha hecho posible, en particular la relacionada con los trajes espaciales, tiene un referente directo en un ingeniero granadino de nacimiento, pero profundamente vinculado a nuestra Guadalajara.
Hablamos de Emilio Herrera Linares, un hombre liberal y católico, cuya memoria la dictadura de Franco hundió en el olvido en favor de otros científicos más afines. Hace unos años (2022) escribimos un artículo en esta misma sección recordando a su mujer, Irene Aguilera Cappa, bajo el título «La primera en volar», pero creo que merece la pena ahondar en su historia, porque lo que nos enseña sobre la ciencia, la ética y la lealtad democrática resulta, visto como está el mundo, casi estremecedor.
La lista de los logros científicos de Herrera Linares es, sencillamente, deslumbrante. Diseñó el Laboratorio Aerodinámico de Cuatro Vientos, que llegó a contar con el mejor túnel de viento de Europa. Impulsó y dirigió la primera Escuela Superior Aerotécnica. Contribuyó decisivamente a que el autogiro de Juan de la Cierva pudiera echar el vuelo. Participó en las sesiones de 1923 en las que Einstein explicó la Teoría de la Relatividad en Madrid, con quien mantuvo una larga amistad. Fue el segundo comandante del Zeppelin en la primera travesía comercial sin escalas entre Europa y América… una hazaña que en Nueva York se celebró hasta con confeti, como auténticos héroes.
Pero el logro más visionario, el que más nos interesa en este artículo, data de 1935. Se trata, nada menos, de la escafandra estratonáutica, un traje presurizado que incluía regulación de presión, sistema de respiración, micrófono y mecanismos para facilitar el movimiento de las articulaciones. La propia NASA manifestó que aquella escafandra fue la precursora directa de sus trajes espaciales, incluso Neil Armstrong trajo en su honor una piedra lunar. No en vano, ya en 1932 Herrera Linares estuvo ideando cómo hacer un viaje tripulado a la Luna.
Autorretrato de Emilio Herrera junto a su mujer Irene Augustera en un globo estratosférico, 1936. Fuente: Cercedilla Inédito.
El general Herrera Linares, también conocido como el «caballero gentilhombre de la República», de la que llegó a ser presidente en el exilio entre los años 1960 y 1962, nació en Granada en 1879. Desde pequeño se sintió fascinado por el cielo, tal vez por los adelantos técnicos que su padre, también militar, traía desde París. En 1896 ingresó en la Academia de Ingenieros de Guadalajara, entonces dirigida por Pedro Vives Vich, donde años más tarde conoció a la que sería su compañera de toda la vida, la ya mencionada Irene Aguilera Cappa, con la que tuvo dos hijos: Emilio, aviador republicano que murió en el frente de Aragón, y el poeta José Herrera Petere, Premio Nacional de Literatura en 1938.
Al estallar la guerra civil se mantuvo leal a la República, por lo que marchó a un exilio que, aunque él creyó provisional, acabó siendo definitivo. Así, murió en Ginebra en 1967, tan solo dos años antes de que la misión del Apolo XI llegara a la Luna. Piénselo un momento. El científico que diseñó el primer traje espacial no llegó a ver el alunizaje. Como recordaría su esposa más adelante, pudiendo haber optado por un destino seguro en España, él eligió mantenerse fiel a sus principios a pesar del dolor y las penurias que el exilio le supuso.
No hace mucho, en diciembre de 2025, el Estado español restituyó, por fin, la memoria democrática del matrimonio Aguilera-Herrera, reconociendo el sufrimiento del exilio y una trayectoria truncada, pero no por ello menos brillante. Con anterioridad, en 1993, su cuerpo fue repatriado y enterrado en el cementerio de San José de Granada, junto a la Alhambra.
Y ahora, sabiendo un poco más de Herrera Linares y lo que representó, permítanme que les traslade un par de preguntas. ¿Qué habría pensado aquel militar, científico, intelectual y político-que defendió ante la Sociedad de Naciones que la aviación debía ser un factor de progreso para los pueblos y no un instrumento bélico- de las motivaciones últimas de las guerras que nos asolan? ¿Y sobre algunas de las cosas que se han dicho acerca del reciente viaje a la Luna?
Se habla abiertamente de que ese viaje tiene objetivos que van mucho más allá del conocimiento científico y que en verdad se pretende explorar cómo extraer ciertos recursos lunares e incluso construir allí una suerte de parada de postas camino a Marte (destino que, según la ciencia actual, se encuentra fuera de nuestro alcance, lo que hace escalofriante que ya se empiece a vislumbrar como pieza de un tablero geopolítico futuro).
Vaya, que sería un tremendo fiasco humano que, después de haber llevado a nuestro planeta al borde del colapso, exportásemos esa misma voracidad a otros mundos, creando una nueva geopolítica destinada a mantener la dinámica depredadora sobre los recursos y, también, sobre los seres vivos considerados en posición de subordinación, empezando por las mujeres y las niñas, pero no solo.
Herrera Linares soñó con la estratosfera y con la Luna, pero lo hizo desde la convicción de que el conocimiento debe servir al bienestar de todas y todos, no al enriquecimiento de unos pocos. Su escafandra era un traje para observar y comprender; por ello, honrar su legado y el de Irene tal vez pase por exigir que el espacio no se convierta en territorio de conquista y extractivismo. La nueva frontera espacial ha de regirse por los mismos criterios éticos que ellos defendieron siempre: ciencia, paz y democracia, sin doblegarse ante la oligarquía poderosa.