04/11/2019 / 19:24
Jesús Fernández


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Democracia individualista

La inmoralidad del poder y del dinero ya no son solamente un mal sino un peligro de las democracias.


 La evaluación cualitativa de la democracia tiene que venir de criterios o paradigmas antropológicos y morales, es decir, el hombre y los valores. El resultado final es que vivimos en una democracia individualista. Los cambios en lo económico y en lo social que tanto se pregonan, se prometen o anuncian, no son tales pues un modelo egoísta sucede a dicho modelo individualista. No creemos en los sistemas sino en las personas. Y, en política, todos van detrás del poder y del dinero. ¿Hay conductas más egoístas que la ambición y la arrogancia? El relevo de un partido por otro no soluciona nada en nuestra sociedad. Como hemos dicho otras veces, es sólo cambiar de manos pero no de botín. No les preocupa la sociedad sino sus posiciones en la escala del poder e influencias. 

La inmoralidad del poder y del dinero ya no son solamente un mal sino un peligro de las democracias. Quién iba a pensar, hace unos años, que la moralidad o la conducta deshonesta de nuestros gobernantes tendría consecuencias en la estabilidad o continuidad de los sistemas. Pero, no nos hagamos ilusiones, el poder corrompido todavía tiene o conserva poder para tapar la corrupción del mismo. El poder lo invade todo y se protege contra todo. La representación de los valores de un pueblo mediante los partidos ha entrado en crisis. Ya no representan las aspiraciones e ideales de renuncia y solidaridad que tiene una comunidad nacional. Ni tampoco los esfuerzos por alcanzar la justicia y la igualdad. Se han convertido en un debate interno entre ellos ofreciendo un espectáculo de luchas e intereses. Los que creían que capitalismo era igual a beneficio salvaje y sin escrúpulo y que la conciencia o sensibilidad moral con los débiles estaban en la izquierda, en la socialdemocracia, se han llevado una desilusión. Las estrategias han sustituido a los principios.

El debate se traslada ahora a la validez y eficacia de los sistemas de representación. Junto a los esfuerzos por instaurar la igualdad entre los hombres, ahora preocupa la nivelación de la satisfacción social. Preocupa el descontento social ante las diferencias económicas de clase. Esta estrategia ha sustituido a las cuestiones clásicas de modelo productivo, modelo económico de crecimiento o redistributivo, desastres ecológicos. Por ello, los partidos como grandes organizaciones a nivel nacional, dejan paso a pequeñas agrupaciones locales que visualizan (representan) preocupaciones ciudadanas geopolíticas o etno culturales. Parece que se opta más por (representar) la diversidad que por (conseguir) la igualdad. La separación de estas dos formas de entender la democracia y la representación influyen también en su organización. Caminamos hacia una “descolonización” de la democracia tradicional dando más independencia y autodeterminación a poderes de perfiles más locales o periféricos. Democracia de salida que no salida de la democracia pero siempre sin salirse, por desgracia, del mismo y único individualismo.   


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