Desde la intimidad con Cristo


Sin la vivencia gozosa de la propia vocación, mediante el crecimiento de la adhesión a Jesucristo en la oración, en la escucha de la palabra y en la formación integral y permanente, resulta imposible salir en misión al encuentro de los hermanos para mostrarles el amor y la salvación de Dios.

La preocupación por el impulso de la nueva evangelización aparece recientemente en el magisterio de los últimos papas. Secundando sus orientaciones y teniendo en cuenta la realidad de secularización e indiferencia religiosa que afecta a muchos bautizados, durante estos últimos años en nuestra diócesis hemos procurado aplicar nuevos métodos pastorales para dar un nuevo impulso a la acción evangelizadora de la Iglesia. 

Ahora bien, estos nuevos métodos evangelizadores quedarían en simples transformaciones estructurales si no se produce al mismo tiempo una profunda conversión a Dios y una renovación del ardor misionero de los evangelizadores. Si no logramos ser contemplativos en la acción, no podremos llegar con el testimonio y con el anuncio de la Buena Noticia a los que viven desorientados y vacíos de Dios.

Sin la vivencia gozosa de la propia vocación, mediante el crecimiento de la adhesión a Jesucristo en la oración, en la escucha de la palabra y en la formación integral y permanente, resulta imposible salir en misión al encuentro de los hermanos para mostrarles el amor y la salvación de Dios. Esto quiere decir que, para poder evangelizar en estos momentos de increencia y de rutina en la vivencia de la fe, es prioritario que revisemos nuestra vida espiritual y nuestra relación con Jesucristo, pues la misión evangelizadora nace y permanece viva a partir de la intimidad con él. Los cristianos en la oración no solo alabamos y damos gracias a Dios por los beneficios recibidos de su infinita misericordia, sino que estamos llamados también a escuchar y acoger la llamada de Jesucristo a estar con él, a permanecer en su amor y a salir en misión para mostrar su entrega incondicional y su proyecto de salvación para todos los hombres. 

La indiferencia religiosa de muchos hermanos y el alejamiento de la Iglesia de otros nos sitúa ante una nueva etapa evangelizadora. Para afrontar este nuevo momento, es preciso que secundemos la acción del Espíritu Santo y que acojamos sus dones con un corazón libre y bien dispuesto. Solo el Espíritu puede renovar nuestro ardor misionero, ayudándonos a dar pasos en la necesaria conversión personal y pastoral. 

Todos somos conscientes de que la evangelización no depende tanto de nuestros esfuerzos e intuiciones, sino de la acción del Espíritu en nosotros y en el corazón de nuestros hermanos. En la evangelización el testimonio de vida y el anuncio de Cristo deben ir unidos. Con estos dos pulmones debe respirar toda comunidad cristiana para ser auténticamente misionera y para dar testimonio de Jesucristo en cada instante de la vida. 

A imitación del Buen Pastor, que da la vida por las ovejas y que las precede en la búsqueda de buenos pastos, solamente si escuchamos, invocamos y acogemos la fuerza impetuosa del Espíritu Santo, podremos superar las tentaciones del cansancio, del desánimo y de la mundanidad para cuidar con celo apostólico a quienes permanecen en el redil y para salir con nuevo ardor misionero al encuentro de quienes viven en las “periferias”