15/06/2020 / 14:31
José Serrano Belinchón


Imagenes

Don Álvaro de Figueroa

El Conde de Romanones fue un personaje que jamás se olvidó de Guadalajara.


Doy por sabido que con este nombre nos estamos refiriendo a uno de los personajes más unidos, en su vida y en su muerte, a la ciudad y a la provincia de Guadalajara. Aunque nacido en Madrid, fue aquí donde residió durante largos periodos de su vida, donde consiguió la confianza popular que le llevaría al Parlamento, y donde reposan sus restos desde 1950, en el panteón familiar de nuestro cementerio.
            Me estoy refiriendo al Conde de Romanones en el año en que se cumple el setenta aniversario de su muerte. No es noticia de interés ni nadie hablará de ello, pero al menos nos sirve para que la juventud del siglo XXI sepa que Guadalajara dio a España un Presidente del Gobierno, de los más conocidos debido a las múltiples circunstancias que rodearon a su persona: como cacique en el mejor de los sentidos, como manipulador de voluntades porque el momento se prestaba a ello, y por sus salidas entre las que sobresale aquella de “¡Joder, qué tropa!”, con la que se despachó en ocasión de haber recibido la promesa de una lluvia de votos por sus más leales, y el resultado que dieron las urnas no fue el esperado.
            Pero fallos y debilidades humanas al margen, el Conde de Romanones fue un personaje que jamás se olvidó de Guadalajara, precisamente en un momento de nuestro pasado en el que todo estaba bastante desordenado y, como siempre, también la Educación. El analfabetismo alcanzaba en todo el país, según lugares, a más de un cincuenta por ciento de los varones y casi a un ochenta de las mujeres. Los maestros no eran sino normales ciudadanos del lugar, que con una prueba bastante elemental, se les habilitaba para instruir a los niños, sin otro beneficio que aquello -que a manera de donativo- solían darles los ayuntamientos y los padres de los alumnos. Don Álvaro de Figueroa, al ser nombrado en 1901 ministro de Instrucción Pública, conocida la situación y tomando por modelo lo que sucedía en las escuelas rurales de Guadalajara, cogió el toro por los cuernos, dignificó la profesión, y situó al Magisterio Español como cuerpo estatal, con todos sus derechos y obligaciones. Un paso imprescindible para la culturización de España, que, aunque despacio, las cosas fueron cambiando, pese a que en el ranking de la OCDE andemos insertos en lugares nada deseables; pero esa es otra historia.
            Los maestros de toda España pidieron y colaboraron en la ejecución de un monumento nacional, tras el decreto de su creación como cuerpo del Estado, y ahí lo tenemos, en lo más céntrico de nuestra ciudad, “Al Excmo. Sr. Conde de Romanones, el Magisterio Público de España”, con el pláceme de todos los maestros que son y que hemos sido.

 


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