El día de la revelación: A medio camino
Más que la película en sí misma, lo que realmente me está fascinando de El día de la revelación es todo el movimiento que ha generado a su alrededor.
Desde que vieron la luz los primeros trailers, las teorías empezaron a circular, llegando incluso a decir que éste era el primer paso hacia el auténtico reconocimiento de que hay vida alienígena en la tierra. Un locurón.
Yo, sin embargo, lo primero que pensé al ver el avance de la película es que ya me habían contado absolutamente todo. Y por desgracia no andaba demasiado desencaminado.
Un informático roba pruebas que confirman la existencia de vida extraterrestre casi a la vez que una mujer, en la otra punta de Estados Unidos, comienza a desarrollar extrañas habilidades. Ambos están destinados a encontrarse y a los dos les persigue una extraña organización que busca asegurarse de que el secreto nunca salga a la luz.
Quien esperara encontrar en El día de la rebelación una película profunda e intensa está condenado a terminar decepcionado. Stevem Spielberg confecciona, a partir de un guión más bien discreto, un largometraje de aventuras más cercano al espíritu de Minority Report que al de Encuentros en la tercera fase. Pero aunque el fondo sea más bien decepcionante, en la forma sigue siendo el mismo tipo brillante de siempre y ofreciendo planos y escenas dignos de estudio, sobre todo las que están concebidas casi como piezas independientes del resto de la película, una de ellas en una cocina con cuchillo de por medio y la otra en el propio clímax.
El día de la revelación decepciona un poco porque, a pesar de sus buenas intenciones, ha generado en torno a sí misma unas expectativas demasiado elevadas que el guión de David Koepp está muy lejos de cumplir, no sé si porque ha decidido meter demasiadas ideas aunque no tengan sentido o porque alguien se ha pasado con las tijras en la sala de edición.
Al que vaya esperando encontrar una respuesta trascendental, le doy mis condolencias, porque se va a topar con una película palomitera que aspira a que salgamos del cine siendo mejores personas de las que éramos al entrar. En ese sentido, no cabe si no pensar que está a medio camino de lo que podría haber sido. Y siendo coherente, quizás lo más justo sea quedarse también a medio camino entre la crítica y el halago. No es el mejor trabajo de Spielberg en ese sentido, pero hablamos de un director que es mejor con una mano atada a la espalda que el 80% de los directores actuales.