El Doncel
Cada hijo de cada pueblo tiene los días contados y cantados, como para que se los gasten con la venta de crecepelo en frascos precintados con la estelada.
Igual que me acosté anoche, me reciben esta mañana los noticieros del alba con los mismos caretos, tristes, vulgares, inelegantes, marionetas aburridas con el guión de la matraca de la independencia catalana, propuesta pueblerina y a destiempo. Tocata y fuga de empresarios, que no moverán ni un pujol, la moneda trucada que usa el separatismo chantajeado por sus propios ancestros. No hay dios que entienda esta soplapollez sustentada en planteamientos de trileros que mueven la bolita para ocultársela al pueblo que apuesta por ellos, lamentándose después que hayan perdido el sueldo cuando una mañana eche el cierre la SEAT. Los trileros tienen nómina e inmunidad parlamentaria, pero los de enfrente, el pardillaje, no se entera y al que señala la trampa advirtiendo que se han guardado la bolita en el meñique le ponen un pincho en los riñones para que salga de naja al grito de “¡fascista!” mientras la señora de Mas pasa el guante.
El ruido dominguero de la plaza de Vara del Rey, hígado del Rastro, es canto gregoriano frente al coro del Parlament, que clama libertad para los Jordi clown’s, quienes camino de la Audiencia desfilaban como majorettes soñando con dos páginas en la historia de Cataluña o en el martirologio de Solsona, al fin y al cabo uno se engaña como quiere y todos los adolescentes nos creímos frente al cristal de la cafetería que Alain Delon se nos parecía de cerca y que Cary Grant nos espiaba para imitarnos los andares.
Un pueblo tranquilo del siglo XXI, hijo de los medianos placeres que le desembarcaron los fenicios en el Mediterráneo, aspira a gastarse diez euros al sol en el vermú del sábado, que el domingo Dios dirá. Ese pueblo que se quita el sombrero si pasa un entierro lo mismo que aplaude una boda no está para consignas de trompetas de hojalata ni para otras banderas que las que forman las hojas del otoño en las aceras, donde caigan, porque vienen del cielo, sin prisa y a su aire. Cada hijo de cada pueblo tiene los días contados y cantados, como para que se los gasten con la venta de crecepelo en frascos precintados con la estelada. Que pongan el tenderete en otro lado y orienten la trompetilla hacia su ombligo. De momento sólo me importa dar con quien esculpió la estatua de El Doncel. Estamos a lo importante.