El Henares y sus crecidas: Más de mil años asustando a Guadalajara


En la Edad Media las catástrofes no se avisaban ni se preveían ¿Cómo se protegía a la población?.

 Las recientes imágenes del río Henares, desbordado y con el agua llegando al aliviadero del puente árabe, han sido espectaculares. No es la primera vez, ni será la última, pues el río no entiende de normas, y cada cierto tiempo nos recuerda que todo ese cauce es de su propiedad.
En la crecida de estos días el Henares y sus afluentes, normalmente mansos y apacibles, han llevado a los embalses de Beleña y Alcorlo al límite, y han puesto a la ciudad, sobre todo a los vecinos de los barrios de Manantiales y la Chopera, en alerta. No es para menos, porque una vez más hemos estado al borde de tener que lamentar daños, pero ¿se imaginan cómo habrían sido las cosas sin las presas que retienen el río, y sin la capacidad de predecir el clima que tenemos en la actualidad?
Eso es, precisamente, lo que pasaba en la Edad Media. Entonces no tenían ni idea de cómo venían las aguas río arriba, ni había presas, ni tampoco podían saber si las lluvias iban a continuar durante varios días. Eran tiempos en los que las catástrofes no se avisaban ni se preveían. Simplemente llegaban, y arrasaban con todo ¿cómo hacía el ayuntamiento entonces para proteger a la población?
Al hablar de la Edad Media, el lector ya habrá adivinado el tipo de medidas que tomaban las autoridades en casos de desastres naturales. Efectivamente, en aquella Guadalajara temerosa y creyente, no había otra solución más que rezar. Pero como todo en esta vida, había que hacerlo bien para que arriba en el cielo les escuchasen. Y es que, cuando Guadalajara se veía amenazada, ya fuera por el río, por la peste, por una plaga o por lo que fuera, el protocolo de emergencia implicaba abrir la hucha del concejo, y emplear los exiguos ahorros en dar limosna a todo monje o sacerdote que se ofreciera a rezar para que Dios y los santos protegieran a la indefensa ciudad. Y si no había dinero, se pedía prestado.

Presa de Beleña.
Lo habitual en estas situaciones de crisis era acudir a Santa María, el templo principal de la capital, sacar una imagen de la Virgen, y construir una muralla de cera a su alrededor para simbolizar la protección que solicitaban los desamparados vecinos. En catástrofes especialmente destructivas, la cerca de cera se hacía de manera que rodeaba todo el templo, a modo de muralla casi mágica que expulsara la maldad, siempre obra del demonio, del municipio. Allí acudían nuestros antepasados con lo poco que tenían, o lo que les hubieran prestado, para dar donativos a la Virgen, rogando que acabara el problema.
En el caso de las crecidas del Henares era habitual también realizar procesiones hasta el puente, y allí rezar todos para que no se lo llevara por delante. Cuenta la leyenda que, en una ocasión, al sacerdote de turno se le cayó al río la gran cruz que lideraba la procesión, ante la atónita mirada de los parroquianos, pero como si fuera un milagro (que lo fue, según dice la leyenda), la cruz regresó volando a tierra firme. “Dios aprieta, pero no ahoga”, debieron pensar aquellos alcarreños, pasados por agua.
La desesperación, como ya sabemos, es el caldo de cultivo para charlatanes de todo tipo, y los malos tiempos solían atraer a monjes y peregrinos forasteros que llamaban a la puerta del concejo diciendo que ellos, mediante la intercesión divina, podían acabar con el problema, siempre que recibieran la donación correspondiente. En muchos casos el concejo acababa pagándoles, pero en otros se generaban disputas por ver quien había rezado más alto para lograr el final de la catástrofe. A finales del siglo XV, por ejemplo, los frailes de San Francisco se quejaron airadamente ante los regidores de la ciudad, porque decían que gracias a sus rezos la epidemia de peste había pasado de largo por Guadalajara y, claro está, reclamaban su justa compensación monetaria. El concejo, sin embargo, les despidió dándoles un portazo en la cara, sosteniendo que la peste habría ignorado a Guadalajara, con y sin sus rezos. Cuestión de perspectiva.

Puente del Henares.
Lo bueno de estas catástrofes naturales, y sobre todo de las crecidas del Henares, es que duraban poco tiempo, y al final las cosas acababan por volver a su sitio. Era el momento de salir de nuevo a la calle y festejar por todo lo alto, porque si hay algo común a los alcarreños de entonces y a los de ahora son las ganas de encontrar una excusa para celebrar lo que sea. En estos casos los poderosos Mendoza, los del palacio del Infantado, solían ser bastante espléndidos, y organizaban fiestas en la puerta de su mansión. Pero lo que más gustaba en Guadalajara era sacar varios toros a la plaza de Santa María, para que los que tuvieran caballo les hicieran cabalgar delante de ellos, y los que no lo tenían al menos se divirtieran viendo el espectáculo. La factura de todo eso ya se pagaría más adelante. Carpe Diem.
Así eran las cosas en nuestra ciudad en la Edad Media. Las catástrofes naturales eran vistas como un mensaje divino por una población que entendía que, si Dios les mandaba esos castigos, era porque no se habían portado del todo bien. Por eso la respuesta era rezar, pidiendo perdón, y haciendo acto de contrición. Eso sí, una cosa tenían claro: que en Guadalajara no había que construir al lado del Henares, porque de vez en cuando venían estas crecidas. Ese es el motivo por el que, cuando Guadalajara comenzó a crecer a finales de la Edad Media, y las casas desbordaron las murallas, los nuevos habitantes decidieron construir los arrabales en la parte alta, entre San Francisco y Santo Domingo, lo más alejados posible del río. En algunas cosas, reconozcámoslo, nuestros antepasados fueron algo más avispados que nosotros.