El ‘morantismo’ brota en Brihuega en medio de una gran ovación

11/04/2011 - 10:30 Sergio Lafuente

El verano adelantado fue testigo, una primavera más, de la exitosa corrida de Brihuega. Una cita que, como todos los años, no quisieron perderse los famosos. Entre otros. Ana Boyer, Isabel Preysler, María José Suárez, el maestro Moncholi o Nati Abascal. Entre los políticos se encontraban María Dolores de Cospedal, acompañada por Antonio Román y la alcaldesa de Brihuega, Adela de la Torre.
El verano adelantado de la primavera abrileña dejó el cielo casi limpio de nubes. Tarde ideal para dar toros, a pesar de las ráfagas de viento que desde el mediodía soplaron con violencia y a la postre impidieron a los diestros lucir los toros en mitad del anillo de La Muralla.  Las horas previas al festejo fueron un río de multitudes por la calle Mayor desde las inmediaciones de la iglesia de San Felipe. La riada humana buscaba ávida la llegada a la villa de los personajes televisivos y Brihuega volvió a demostrar que su festejo de primavera es un escaparate social, además de taurino.
 De espaldas a la Muralla, la otra Brihuega se dejaba ver desde el mirador que asoma al valle del Tajuña. Caleidoscopio de oteros ralos, que muestra la Alcarria en su plenitud de abril y que ayer se vió envuelto de aroma sureño. Morante en Brihuega, Guadalquivir en los campos del Tajuña.  Cuando el sol se ponía en el horizonte a Morante se lo llevaron en hombros después de firmar una faena cumbre.
 La corrida de Jandilla fue una escalera de hechuras, con algún toro como el tercero con lámina de novillo acarnerado.  Justa de raza y fondo, en general, tuvo en los ejemplares segundo y cuarto los más ejemplarizantes. Excesiva la vuelta en el arrastre para el segundo enlotado por Morante, el cual fue material propicio para que José Antonio de la Puebla del Río desplegara su tauromaquia de principio a fin, una vez después de que la suerte le volviese grupas con el primero.
 Irrumpió el sevillano en el saludo para alumbrar un canto a la verónica que hizo enronquecer los tendidos. Mecido el compás y el pecho, el capote fue preludio de promesas morantistas.  Andándole hacia los medios, se llevó el toro al caballo con un galleo por chicuelinas de sonidos calés. Ya en la faena comenzó por alto hasta descolgarse de hombros y abandonarse con la derecha. Suave, todo muy despacio. Entonces llegaron las series rotundas y los circulares surgieron con la misma naturalidad con que Eolo hacía flamear las banderas de la plaza. Aún hubo tiempo antes de la igualada para dejar un afarolado y un molinete que tuvieron eco de campana de sur, adorno de orfebrería. Quiso la suerte que la espada volara certera y las dos orejas cayeron como premio de justicia a una obra de gran mérito. Antes, con el toro que abrió plaza no había tenido el de la Puebla ninguna opción. El animal se frenó de salida con el capote y a la muleta llegó sin codicia alguna. No regaló una embestida y la ceremoniosidad de Morante en cada cite trocaba en desesperación. No pudo hacer otra cosa que abreviar y el público se lo recriminó con cariñosos pitos.
Esfuerzo sin espada
En la salida a hombros de Morante, Manzanares no pudo acompañarle a pesar de sumar un apéndice de su primero. Fue éste un astado castaño con gran calidad y transmisión. En su contra, el escaso fondo agotó el eco de la faena manzanarista tras las dos primeras tandas. La apertura fue de canto grande. Hubo empaque y toreo ligado, rebosante de hondura con la muleta yerta entre pase y pase. Los de pecho murieron en la hombrera contraria. Pero a partir de la tercera serie, con el cambio de mano a la zocata,  el cauce de la faena comenzó a decrecer al mismo ritmo que el jandilla comenzó a desfondarse. Tiró el alicantino de recursos e intentó tres circulares invertidos que hallaron eco en los tendidos. La estocada, siempre aliada de Manzanares, dejó esta vez un pinchazo previo antes del espadazo  tendido que dio paso a la solitaria oreja. Con el jugado en quinto lugar, la labor de conquista fue imposible. Al embroque llegaba el toro con la testuz a la altura del palillo y con molesto calamocheo al final del viaje, que por poco prende al torero. De uno en uno robó los muletazos Manzanares en labor con más tesón que brillantez. 
 Tras la fantasía de Morante y el empaque de Manzanares, se hace difícil narrar las actuaciones de Cayetano, tan insulsas como desestructuradas. En Brihuega se le quiere y a fe que cuando brindó al público, la plaza respondió con sonora ovación. La mayor que recogió Cayetano durante una tarde gris y sin recursos.