23/03/2019 / 14:36
José Serrano Belinchón


Imagenes

El paso del marojo

Se trata o trataba de una ceremonia que debía celebrarse en pleno campo a las del alba. 


      Que nadie confunda el título -cosa que ya ha ocurrido alguna vez- con “El Paso del Mar Rojo”. Nada tiene que ver lo uno con lo otro. Este es un episodio bíblico en el que se da cuenta del paso de los israelitas, en tiempo de Moisés, a través del Mar Rojo, previa intervención de la divinidad, permitiendo que se abrieran las aguas, dejando un pasillo central por el que pudo pasar el pueblo escogido, como tal vez hayas podido ver en cine alguna vez.

            El “Paso del Marojo” no es otra cosa que un rito ancestral, que, en ocasiones, practicaban los habitantes del pueblo alcarreño de San Andrés del Rey, Vega del Tajuña, para curar a los niños que padecían ernia inguinal. No sé si todavía se seguirá haciendo, habida cuenta de que en muchos de los pueblos ya no nacen niños.

            Se trata, o se trataba, de una ceremonia que debía celebrarse en pleno campo a las del alba, el día de san Juan, en un paraje cercano al pueblo, sonde se había rajado un marojo tierno previamente tirando de sus ramas.         

    Un hombre se sube a la copa de un árbol del contorno y, llegado el momento esperado, anuncia a gritos que el sol está a punto de salir. Cuando el astro inicia su aparición por el horizonte, el vigía lo hace saber a la concurrencia con otro grito. El niño ha de estar completamente desnudo. Mientras el sol va saliendo, un hombre llamado Juan le entrega el niño a una mujer de nombre María, pasándolo por entre las ramas del árbol, a la vez que dice: “Este niño ha de sanar la mañana de San Juan. Tómalo, María”. La mujer, seguidamente, repite la acción y pro¬nuncia la misma frase con un “Tómalo, Juan”. Y así por tres veces. Luego ponen al niño, supuestamente curado, en los brazos de su madre, a la que saludan y felicitan los convecinos que han asistido a contem¬plar la ceremonia con otra frase ritual: “Dios y San Juan quieran que el marojo lo sane”. Los padrinos (Juanes) cierran la raja que se hizo en el tronco del árbol, la rodean con peladuras tiernas de mimbre muy prietas y las recubren con barro. Si la herida en el marojo cicatriza, el niño sanará; si no es así continuará enfermo. Al arbolillo cicatrizado se le pondrá el nombre del niño, y quedará exento de que alguien lo tale.

            Si la costumbre se pierde, o se ha perdido ya, queda la letra. En su día tuve el detalle de incluirlo en mi “Diccionario de la Provincia de Guadalajara”, como parte del costumbrismo alcarreño llamado a desaparecer.


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