Estación de Servicio Green Oil, la historia de una emprendedora que intenta reactivar Villanueva de Alcorón

15/09/2026 - 09:44 Oscar Gil

En un territorio donde las distancias se miden en decenas de kilómetros y la escasez de servicios es parte de la cotidianeidad, la apertura de una gasolinera deja de ser solo un proyecto comercial para convertirse en una pieza estratégica de vida rural

Ese es el objetivo que persigue Beatriz Anta, emprendedora local y propietaria del proyecto Green Oil, una estación de servicio concebida con doble vocación: surtir de combustible a los vecinos y visitantes de la comarca y aportar un impulso repoblador a una zona que sufre despoblación y falta de infraestructuras.

“El pueblo se quedaba sin gasolina”, resume Beatriz en conversación con este medio. “Nos sorprendió muchísimo ver gente bajando de sus coches con cara de póquer, diciendo ‘¿dónde hay una gasolinera cerca?’ y cuando les decíamos que a lo mejor estaba a 40 km… pues era muy loco”. Fue esa constatación, la de una necesidad real y cotidiana, la que detonó la iniciativa de abrir Green Oil “con un propósito más allá de un negocio, sino con carácter repoblador”, explica. El objetivo, añade, es “suplir una necesidad y suplir la política para el pueblo y para la zona, para luchar contra la despoblación y todas las carencias que hay”.

Un proyecto que nace de la urgencia y de la voluntad de permanencia en el medio rural. Sin embargo, la voluntad no basta: en más de dos años de trabajo el recorrido ha puesto de manifiesto las barreras prácticas, logísticas y administrativas que topan los emprendimientos fuera de los grandes núcleos urbanos.

Beatriz relata que, sobre el papel, gran parte de la infraestructura de la estación está lista desde hace meses, el combustible convencional y el resto de elementos técnicos “llevan ya casi seis meses todo listo para abrir”. Aún así, la apertura se ha retardado por un detalle que ilustra claramente las diferencias entre poner en marcha un negocio en la ciudad y hacerlo en el medio rural: “Nos hemos topado con el cargador eléctrico —dice—, una tontería que en la ciudad a lo mejor se resuelve en una semana o un día; aquí lleva meses”.

El problema no es tecnológico sino logístico y de oferta de servicios: la empresa contratada para suministrar y mantener el cargador dejó de prestar servicio y Green Oil tuvo que buscar un tercero. “Aquí hay carencia de todo, los desplazamientos son más largos, todo es más caro. Hay pocas empresas y están muy demandadas, con lo cual cada cosa que tienes que buscar tarda muchísimo”, explica Beatriz. Ese cuello de botella —proveedores que no llegan, empresas que no cubren la demanda, plazos alargados— convierte cada decisión en un reto y multiplica costes y tiempos.

Más allá de la anécdota del cargador, la emprendedora subraya un factor transversal: la normativa y los requerimientos aplicados igual en ciudad y en pueblo. “Se nos aplican siempre las mismas normas que aplican a las ciudades cuando aquí los recursos y las formas de hacer todo son completamente diferentes”, comenta. En la práctica, esa equivalencia normativa sin ajustes al contexto rural se traduce en trámites poco adaptados, mayor necesidad de desplazamientos para gestionar asuntos, dependencia de menos proveedores y, en consecuencia, mayor riesgo de retrasos.

Beatriz habla con precisión de lo que implica emprender fuera de un entorno urbano: “Nos metimos a emprender en este mundillo sabiendo que no era nada fácil, pero no es lo mismo verlo que vivirlo”. Y añade una crítica sobre la narrativa pública: se pide visibilidad para el emprendimiento rural como valor regenerador, pero rara vez se explica “el recorrido”, el día a día burocrático y material que separa la intención del éxito.

“Creo que es importante darle voz y visibilizarlo porque lo que no se habla no existe”, afirma. Esta reivindicación es doble: por un lado, para que ciudadanos y administraciones entiendan por qué proyectos como Green Oil tardan en materializarse; por otro, para que otros emprendedores rurales tengan referentes reales sobre dificultades y estrategias de resiliencia.

Más allá del interés económico, la gasolinera se plantea como un servicio esencial para la vida cotidiana y la movilidad en la comarca. En zonas rurales con escasa oferta comercial y de abastecimiento, una estación de servicio no solo proporciona combustible; actúa como punto de encuentro, facilita desplazamientos de trabajo, acceso a servicios sanitarios o educativos en núcleos cercanos, y reduce la desincentivación que provoca la carencia de servicios básicos.

Para Beatriz, ese componente social es parte del proyecto: “Queríamos abrir esta gasolinera con un carácter repoblador”. La idea es que disponer de servicios básicos reduzca una de las barreras para la permanencia de familias y profesionales en el medio rural, y facilite la llegada de nuevos residentes que, hasta ahora, valoran negativamente la falta de infraestructuras.

El testimonio de la emprendedora viene acompañado de una advertencia: la combinación de costes, tiempos y obstáculos puede hacer que muchos proyectos rurales no lleguen a ver la luz. “Es muy posible que muchos emprendedores rurales se queden en el camino o no lleguen a abrir sus negocios o ni siquiera se lo planteen porque aquí hay toda clase de carencias”, afirma Beatriz, quien confiesa sentirse “un poco de abandono” por la percepción de que no siempre se tiene en cuenta la especificidad rural al diseñar políticas o servicios.

El proyecto Green Oil, sin embargo, sigue adelante pese a las dificultades. Beatriz resalta también la motivación que sostiene el esfuerzo: la convicción de que el emprendimiento rural es una herramienta para “dar vida a los pueblos” y la necesidad de que esa energía sea acompañada por apoyos concretos, desde mayor rapidez en trámites hasta programas específicos que faciliten el acceso a proveedores y servicios técnicos en zonas despobladas.

Del relato de Beatriz se desprenden algunas demandas prácticas, que coinciden con las de otros proyectos rurales: mayor coordinación administrativa con plazos acotados; líneas de apoyo técnico que acerquen proveedores cualificados; incentivos o ayudas que compensen los mayores costes logísticos; y estrategias de promoción que no solo celebren el emprendimiento rural como idea, sino que acompañen y describan su recorrido real.

También hay una llamada explícita a escuchar a quienes están en el terreno: “El emprendimiento rural es algo que debería empujarse de alguna forma y empujarse desde abajo, desde dentro, desde la voz de los emprendedores y las experiencias que vivimos”, explica la propietaria de Green Oil.

Según relata Beatriz, la estación tiene gran parte de su infraestructura lista y la voluntad de abrir cuanto antes; el principal freno que queda es resolver la conexión y el servicio del cargador eléctrico con un proveedor fiable y continuado. Mientras tanto, el proyecto sirve como ejemplo vivo de las tensiones entre necesidad social y capacidad de respuesta en el mundo rural.

Green Oil aspira a convertirse en una referencia local: no solo por ofrecer combustible, sino por contribuir a que el mapa de servicios de Villanueva de Alcorón y su entorno deje de dibujarse en términos de carencia. “Ves todas las opciones que hay y ya te lanzas”, concluye Beatriz, con la mezcla de determinación y cansancio que deja la travesía de poner en marcha una iniciativa en un entorno tan exigente.

La historia de Green Oil y de su impulsora es, en suma, una liturgia de realidades rurales: necesidad, iniciativa, trabas técnicas, burocracia y una voluntad de permanencia que reclama apoyos concretos. Que un pueblo deje de quedarse “sin gasolina” no es únicamente una mejora logística; puede ser parte de una estrategia más amplia para devolver servicios, oportunidades y vida a territorios que hace tiempo vienen reclamando atención. Si el proyecto sale adelante, su impacto no se medirá solo en litros vendidos, sino en la reducción de la sensación de aislamiento que tanto pesa en muchas localidades españolas.