ETA atenta en la Universidad de Navarra y provoca heridas a 21 personas
01/10/2010 - 09:45
Sólo la suerte evitó una masacre. ETA colocó ayer un potente coche-bomba en uno de los aparcamientos situados en el corazón del campus de la Universidad de Navarra, a las afueras de Pamplona, que estalló cuando más de mil estudiantes y profesores se encontraban en las aulas, que no fue desalojado porque los terroristas no dieron bien el aviso de la colocación del vehículo. La explosión, que hizo temblar todos los edificios del centro, causó 21 heridos de carácter leve y un incendio de grandes dimensiones en la sede central de la universidad.
El personal y los alumnos de las diferentes facultades que en ese momento estaban en campus no fueron desalojados porque el terrorista que llamó a la organización Detente y Ayuda (DYA) de Vitoria alertó de la colocación del vehículo cargado de explosivos en una universidad, pero no especificó cuál ni en qué ciudad se encontraba. El atentado es el quinto que sufre desde 1979 esta universidad privada vinculada al Opus Dei. Fue preparado de manera apresurada, por lo que los expertos policiales lo interpretan como una respuesta a la desarticulación del comando Nafarroa, cuyos cuatro miembros fueron capturados el pasado martes.
Los terroristas llegaron al campus poco después de que el aparcamiento central descubierto abriera sus puertas a las 8:00 horas de la mañana. Es la única manera de poder aparcar en el recinto, siempre sobresaturado. El coche-bomba, un Peugeot 307 de color blanco, había sido robado la noche del miércoles en la localidad guipuzcoana de Zumaia. La sustracción se denunció poco después en la comisaría de Zarautz. Los etarras colocaron el vehículo, embutido con más de 50 kilos de explosivos según las primeras estimaciones, a unos diez metros de la parte trasera del edificio principal de la universidad, donde se concentran los servicios centrales, y muy cerca de la biblioteca, atestada de alumnos, como el resto de las instalaciones.
Onda expansiva
El estallido se produjo instantes antes de las 11:10 horas, cuando la mayoría de los alumnos se acomodaban para la segunda clase de la jornada. La onda expansiva removió los cimientos de todos los edificios, que gracias a sus gruesos muros de hormigón aguantaron la sacudida.
La deflagración alcanzó de lleno el edificio central, la biblioteca de Humanidades y la Facultad de Empresariales, situadas a unos treinta metros del foco de la explosión, y la sede de la Facultad de Comunicación, a unos cien metros del coche-bomba. La peor parte se la llevaron los trabajadores de las oficinas centrales, muchos de los cuales resultaron heridos. El artefacto reventó los cristales y provocó daños de consideración en elementos no estructurales. Los restos del Peugeot, convertidos en metralla, se empotraron contra los sillares de granito de la sede administrativa, que enseguida se incendiaron. El fuego alcanzó gran virulencia porque las estancias interiores del edificio están forradas de madera. Una densa columna de humo negro visible desde cualquier punto de la ciudad se alzó entre las oscuras nubes que hoy cubrían Pamplona y envolvió el vetusto edificio clásico. Tras la explosión, el fuego devoró durante más de una hora los despachos de la parte trasera de la sede administrativa. Siete coches también fueron pasto de la llamas y otra veintena larga de vehículos sufrieron daños de consideración. Fue entonces cuando se vivieron los peores momentos, ante la imposibilidad de saber si la bomba había matado a alguien.
La tensión creció ya que el lugar donde los terroristas estacionaron el vehículo con los explosivos es una zona de paso muy frecuentada por los estudiantes en sus horas de asueto y los administrativos de la universidad en la pausa del café. Por fortuna, el mal tiempo reinante este jueves había disuadido de salir a los jardines cercanos a trabajadores y alumnos. Aun así, la universidad tardó casi dos horas en confirmar que todos los empleados en el edificio central que habían fichado por la mañana se encontraban vivos, ya que algunos de ellos se marcharon del campus tras la explosión.
El goteo de heridos fue constante. La mayoría de las lesiones se produjeron por cortes de cristales, rotura de tímpanos e inhalación de humo. Hubo alumnos que sufrieron desvanecimientos y shocks nerviosos. De los 21 heridos, 18 fueron trasladados a la cercana Clínica Universitaria de Navarra, que estuvo a punto de ser desalojada en el segundo aviso de bomba. Los otros tres lesionados fueron llevados a los hospitales de Navarra y Virgen del Camino.
A partir de las 14:00 horas, con todos los focos del fuego apagados, la universidad retomó cierta normalidad, aunque el cordón policial impidió el acceso al edificio central y a las bibliotecas.
Los terroristas llegaron al campus poco después de que el aparcamiento central descubierto abriera sus puertas a las 8:00 horas de la mañana. Es la única manera de poder aparcar en el recinto, siempre sobresaturado. El coche-bomba, un Peugeot 307 de color blanco, había sido robado la noche del miércoles en la localidad guipuzcoana de Zumaia. La sustracción se denunció poco después en la comisaría de Zarautz. Los etarras colocaron el vehículo, embutido con más de 50 kilos de explosivos según las primeras estimaciones, a unos diez metros de la parte trasera del edificio principal de la universidad, donde se concentran los servicios centrales, y muy cerca de la biblioteca, atestada de alumnos, como el resto de las instalaciones.
Onda expansiva
El estallido se produjo instantes antes de las 11:10 horas, cuando la mayoría de los alumnos se acomodaban para la segunda clase de la jornada. La onda expansiva removió los cimientos de todos los edificios, que gracias a sus gruesos muros de hormigón aguantaron la sacudida.
La deflagración alcanzó de lleno el edificio central, la biblioteca de Humanidades y la Facultad de Empresariales, situadas a unos treinta metros del foco de la explosión, y la sede de la Facultad de Comunicación, a unos cien metros del coche-bomba. La peor parte se la llevaron los trabajadores de las oficinas centrales, muchos de los cuales resultaron heridos. El artefacto reventó los cristales y provocó daños de consideración en elementos no estructurales. Los restos del Peugeot, convertidos en metralla, se empotraron contra los sillares de granito de la sede administrativa, que enseguida se incendiaron. El fuego alcanzó gran virulencia porque las estancias interiores del edificio están forradas de madera. Una densa columna de humo negro visible desde cualquier punto de la ciudad se alzó entre las oscuras nubes que hoy cubrían Pamplona y envolvió el vetusto edificio clásico. Tras la explosión, el fuego devoró durante más de una hora los despachos de la parte trasera de la sede administrativa. Siete coches también fueron pasto de la llamas y otra veintena larga de vehículos sufrieron daños de consideración. Fue entonces cuando se vivieron los peores momentos, ante la imposibilidad de saber si la bomba había matado a alguien.
La tensión creció ya que el lugar donde los terroristas estacionaron el vehículo con los explosivos es una zona de paso muy frecuentada por los estudiantes en sus horas de asueto y los administrativos de la universidad en la pausa del café. Por fortuna, el mal tiempo reinante este jueves había disuadido de salir a los jardines cercanos a trabajadores y alumnos. Aun así, la universidad tardó casi dos horas en confirmar que todos los empleados en el edificio central que habían fichado por la mañana se encontraban vivos, ya que algunos de ellos se marcharon del campus tras la explosión.
El goteo de heridos fue constante. La mayoría de las lesiones se produjeron por cortes de cristales, rotura de tímpanos e inhalación de humo. Hubo alumnos que sufrieron desvanecimientos y shocks nerviosos. De los 21 heridos, 18 fueron trasladados a la cercana Clínica Universitaria de Navarra, que estuvo a punto de ser desalojada en el segundo aviso de bomba. Los otros tres lesionados fueron llevados a los hospitales de Navarra y Virgen del Camino.
A partir de las 14:00 horas, con todos los focos del fuego apagados, la universidad retomó cierta normalidad, aunque el cordón policial impidió el acceso al edificio central y a las bibliotecas.