Europa, aquella gran potencia


En estos días hemos visto como Francia entera ha ardido en llamas mientras los adoquines de Milán se han levantado de forma violenta. Bélgica lleva generación y media con enormes conflictos de integración mientras España, con la excusa razonable de la vivienda, empieza a cuestionar la desigualdad y el coste de la vida.

En el fondo, todos los fenómenos están concatenados entre si fruto, en mayor o menor medida, de la globalización (para todos) y las normas propias (solo para unos pocos). Europa, que sufrió hace un siglo varias de las carnicerías humanas más importantes de la humanidad y que regaló décadas de prosperidad y paz a base de aprender de sus propios errores, navega y se ahoga en un mundo cada vez más cambiante y con reglas internas que no satisfacen ya a todos los socios comunitarios por igual.

Las ideologías son como las farmacéuticas, cada una te ofrece sus recetas para solucionar problemas o patologías pero eso no significa que solucionen los problemas o que provoquen nuevas externalidades negativas. Lo ideal sería poder tomar las pastillas adecuadas según la necesidad por el buen funcionamiento del organismo y no por adhesión a marcas, colores o panfletos de turno.

El crecimiento y diálogo social se ha creado confrontando ideas, no rechazando las que no estamos de acuerdo. Si nos cerramos un ojo, faltará perspectiva de nuestra visión y falta de empatía con la de los demás. Y para muestra un botón. Uno de los pilares de defensa del Gobierno es que la economía crece en términos económicos y el número de afiliados a la Seg. Social ha aumentado en la última legislatura, pero no explica que debido al aumento de los hogares y a la escasez de ciertos servicios básicos por falta de inversión de tantos años, se haya disparado tanto el coste de la vida y de necesidades básicas (vivienda, cesta de la compra) así como estén fallando casi todas las patas del estado de bienestar (sanidad, educación, transporte).

Todos los colectivos están saliendo a la calle para reivindicar mejoras pero los recursos son finitos y en estas condiciones (tasas de recaudación record por la falta de deflación del IRPF entre otras razones), habrá que tomar decisiones para priorizar aquello que interese más para el conjunto de la economía. Desde fuera y quitando el humo que provoca la discusión social, al final existe un triángulo básico en España (y en Europa) que si promocionas o incides en un vértice, al final dejas cojo el resto de aspectos.

Esas puntas del trígono son inmigración, coste de la vida y pensiones. Actualmente las contraprestaciones de retiro son abonadas por el aumento de cotizantes (basado en la inmigración) en un sistema Ponzi infinito y legal que a medio plazo provocará o menos generosidad en los pagos o un mayor retraso en la edad de jubilación. Y si se mantiene el nivel de entrada de población, esto provocará inflación y ajuste de oferta a medio plazo que no se solucionará en una generación.

Al final, las cuestas son claras, ceteris paribus, con esta previsión de la cesta de la compra, quien no tenga vivienda propia a los 55 años, está condenado a la pobreza (y casi indigencia) en sus últimos años porque no podrá sostener su propio consumo esperado. Y no lo digo yo, lo dicen unos señores de Standford y Columbia llamados Robert E. Hall y Michael Woodford que la semana pasada les dieron el Nobel de Economía.

 Y Europa, consumida en muchas ocasiones por el buenismo, ha visto como casi todos los gobiernos están girando hacia distintas consideraciones de la derecha ideológica, siendo España (todavía) el bastión de ese argumentario de izquierdas dentro del continente.

El problema es que los problemas de España, de Europa y del mundo no se solucionan desde los extremos, pero tampoco con barra libre a la hora de pagar. Con unos intereses de la deuda de 40.000 millones de euros anuales hoy y con una previsión de 60.000 millones por calendario en la próxima década, poco margen de ajuste hay. O se suben impuestos o se hacen recortes (en lo esencial o en chuminadas).

Europa que nos dio décadas de paz, nos va a dar lustros de problemas por no regular la realidad y por no definir lo que queremos ser. Menos besos en los morros y más manos tendidas para llegar a acuerdos fuera de las trincheras. En París, en Milán, en Madrid o en Ceuta.