17/07/2020 / 15:34
Jesús de Andrés


Imagenes

Felipistas

Cuando nadie daba un duro por nosotros, fuimos capaces de llevar a cabo una transición modélica, asombro de hispanistas, estudiada por las ciencias sociales y ejemplo para las muchas dictaduras que entonces había en el mundo.


Nunca un rey tuvo mayor legitimidad que la acumulada por Juan Carlos I. A la legitimidad tradicional, histórica, heredada por vía familiar de generación en generación, se sumó la legitimidad democrática desde el momento en que el actual sistema político, una monarquía parlamentaria, fue aprobado en el referéndum constitucional de 1978. Y a la suma de la tradición y de los principios del Estado de derecho de una democracia liberal como la nuestra se añadió la legitimidad carismática, aquella que se forjó, con Suárez de la mano, de la inequívoca resolución de transitar hacia un sistema democrático y, sobre todo, de su determinación para neutralizar el golpe de Estado del 23-F. Lo que en Max Weber eran tipos ideales, Juan Carlos convirtió en un acrecentado capital político: una legitimidad de origen multiplicada por una indiscutible legitimidad de ejercicio. El rey se hizo merecedor de reconocimiento, lo que para Habermas es la base de la aceptación de un sistema, atrayendo al nuestro, como no había ocurrido anteriormente, la aceptación y satisfacción de prácticamente todos los españoles.

Cuando nadie daba un duro por nosotros, fuimos capaces de llevar a cabo una transición modélica, asombro de hispanistas, estudiada por las ciencias sociales y ejemplo para las muchas dictaduras que entonces había en el mundo. Cuando incluso algunos esperaban una nueva guerra civil, fuimos capaces, liderados por el rey, en un escenario de crisis económica y atentados terroristas, de reformar el régimen franquista a través del consenso para igualarnos con Europa. No hay más que ver los títulos de los libros escritos en los años noventa para entender el protagonismo del jefe del Estado: El piloto del cambio, Un rey para la democracia, etc. Ahora, para pasmo nuestro, hemos descubierto que la misma persona que hablaba de moral pública, obligaciones ciudadanas y respeto a la ley en sus mensajes de Navidad o en sus alocuciones públicas, cobraba a la vez comisiones, se llevaba el dinero a paraísos fiscales y tenía una máquina para contar billetes. 

La monarquía es una institución que no bebe del principio democrático, pero que se ha adaptado perfectamente a él en no pocos países, sobre todo en los más desarrollados (Dinamarca, Suecia, Holanda, Noruega...). Su labor moderadora y neutral es algo que, en un país como el nuestro, es fundamental para mantener el equilibrio político. Uno tiembla al pensar en una hipotética tercera república que eligiera presidente, por ejemplo, a José María Aznar o a José Luis Rodríguez Zapatero. Si el juancarlismo funcionó durante décadas como mecanismo para incorporar en torno a la Constitución del 78 incluso a quienes desconfiaban de la fórmula monárquica, debería funcionar igual el felipismo, dando a Felipe VI la confianza que, sin duda, merece. Ojalá no nos decepcione.


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