25/05/2019 / 17:26
José Serrano Belinchón


Imagenes

Guadalupe O. de Landázuri

Guadalupe ha sido la primera persona laica del Opus Dei en ser beatificada. 


Es posible, amigo lector, que el nombre que da título a mi escrito de hoy no lo hayas leído ni escuchado nunca. También yo lo he ignorado durante casi toda mi vida. En cambio, hoy, en la mañana del sábado 18 de mayo, acabo de seguir por televisión el solemne acto litúrgico en el que la iglesia la ha declarado beata ante más de diez mil asistentes, en lo que ahora se conoce como Palacio Vistalegre, y antes fuera la segunda plaza de toros de la Capital de España. La ceremonia religiosa ha sido presidida por el cardenal Giovani Angelo Becciu, acompañado por el arzobispo de Mdrid, cardenal Carlos Osoro; el prelado del Opus Dei, Fernando Ocáriz y decenas de obispos.

    Guadalupe Ortiz de Landázuri fue una madrileña del barrio de Malasaña, nacida en 1916 y fallecida en Pamplona en 1975. Estudió Ciencias Químicas, pidió la admisión en la Obra a los 27 años, y pasó su vida en España, México y Roma, combinando su trabajo profesional como docente en varios centros educativos con la puesta en funcionamiento de iniciativas apostólicas al servicio de Dios y de los demás.

    Guadalupe ha sido la primera persona laica del Opus Dei en ser beatificada. El mensaje de santificación en medio del mundo que Dios mostró a San Josemaría y que después recogió el concilio Vaticando II con la llamada universal a la santidad, tiene en ella un primer fruto patente. Se puede decir que esos “caminos divinos de la tierra” que se han abierto para todos, llevan al Cielo. La vida de San Josemaría y de su sucesor, el beato Álvaro del Portillo, lo atestiguan, pero mientras que ambos son sacerdotes, Guadalupe, en expresión del Papa Francisco, es “una santa de la puerta de al lado”. Los que la conocieron dicen de ella que era una mujer libre y feliz, de risa contagiosa, que no tuvo miedo a la vida, ni a la enfermedad de corazón que padeció durante veinte años, ni a la muerte.

              No sólo las universitarias de Madrid y de México que conoció en su entorno, sino las indígenas mejicanas a las que procuró una titulación, sus alumnas de la Escuela Femenina de Maestría Industrial, o las del Centro de Estudios e Investigación de Ciencias Domésticas. La puesta en funcionamiento de Montefalco en el estado de Morelos, con sus proyectos de colegio de primaria y secundaria, centro de Formación Agropecuaria, Escuela de Capacitación Hotelera, y Centro de Corte y Confección, dan buena prueba de su preocupación por el desarrollo humano y profesional de la mujer en cualquier ámbito social y geográfico. Esto fue, en resumen, la nueva beata.


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