Índices y pulgares


Los economistas, por deformación profesional, solemos cuantificar y medir todo lo que está a nuestro alrededor para conseguir una valoración lo más objetiva y técnica posible del mundo que nos rodea. 

De ahí que nuestro gremio haya hecho una enorme cantidad de correlaciones a lo largo de la historia tanto para explicar el pasado como para predecir el futuro. Esas causalidades se conocen como índices y suele ser poner a mirar a los ojos a cifras económicas que por si mismas no tendrían mucho interés, pero conjuntamente marcan patrones o tendencias reales sobre nuestra realidad económica. Los más conocidos son los que están vinculados a la bolsa (IBEX, Dow Jones, Nasdaq, Nikkei, Euro Stoxx) o popularizados tanto por Naciones Unidas como por economistas de reconocido prestigio, el Índice de Gini que marca la desigualdad entre naciones para el cálculo de la distribución de la riqueza entre individuos de un mismo territorio. Nosotros, los de ciencias sociales con olor a numerología, navegamos entre índices y variables con relativa soltura pero al final, derrapamos con la obligada necesidad de razonar hasta el vuelo de una mosca. El zumo de sesos del gremio no deja de ser la diversión de la inteligencia artificial.

    Entre los más llamativos que han salido ultimamente aparece el “Men’s Underwear Index” o el índice de ropa interior masculina, que correlaciona la estabilidad económica con el consumo de ropa interior. Cuando hay una crisis económica, la historia nos dice que no renovamos la muda con tanta frecuencia ni hay tanto stock en el hogar de suspensorios. Aunque pueda parecer una broma, el propio Alan Greenspan, de la Reserva Federal, lo popularizó a la par que el “Índice del Pintalabios” donde en las crisis económicas se disparaba el consumo y venta de pintalabios, el cual también correlaciona con el “índice del dobladillo” (Hemline Index). A mayores problemas socioeconómicos mayor necesidad de llamar la atención para el bello arte del cortejo. No lo digo yo, lo dicen las cifras. También, al mismo nivel de importancia y notoriedad está el “Índice Big Mac” que compara la Paridad de Poder Adquisitivo con un producto de igual naturaleza y estandarizado a nivel mundial. Aquí se valora como evoluciona el coste de un trozo de carne a la parrilla entre distintos países del mundo para tener un indicador a veces más fiable que el oficial de la inflación en cada sección del globo. De forma implícita también se puede calcular con este simple dato el aumento de la productividad laboral, la evolución de los salarios, la fiscalidad y la calidad de vida de cada nación. Eso si, en ningún caso superará al Índice de Desarrollo Humano (IDH) que incluye elementos personales y relacionales a los fríos datos económicos (principalmente PIB y renta disponible) rematando en el “Índice de Felicidad Nacional Bruta” creado por Bután con 33 variables de bienestar y progreso antropológico. Vamos, en pocas palabras, que todo es mesurable y comparable.

    Y la lista de frikadas es inmensa como el “indice de la primera cita” (si la economía tiene datos negativos, la gente sustituye elementos materiales por la endorfina del contacto humano nuevo), “el índice de palomitas” (a mayor crisis económica, la gente va más al cine independientemente de la calidad de la película), el “Guns-to-caviar Index” que compara la proporción entre gasto militar aéreo y jets ejecutivos para ver la seguridad gobal o el “Latvian Hooker Index” (a mayor diversidad de puestos de trabajo o más bonanza económica, menos prostitutas hay en la calle). Todo para entender un mundo cada vez más complicado donde al final, se resumen en la costumbre romana de pulgar arriba (Estamos bien) o pulgar abajo (Cuidado con lo que viene). La economía mundial zozobra y titila sin un rumbo claro, con la desigualdad por bandera y la imposibilidad de ver el horizonte más allá de la nariz. Si pudiéramos predecir el futuro, les diría que pasado mañana tendremos la segunda estrella bordada en el pecho, pero como solo soy economista, les diré que el “Indice de Cerveza” se va a disparar el domingo por la tarde. Los economistas no somos genios, somos imbéciles simpáticos envueltos en números.