04/09/2021 / 11:06
Emilio Fernández Galiano


Imagenes

La absurda equidistancia

No oigo voces feministas denunciando la jerarquía machista talibán, ni escucho a los puristas denunciar la falta de derechos humanos. Son los mismas, los mismos, que se alarman por apolilladas conductas que ahora pretenden rescatar con tal de tener argumentos.


Leo a Antonio Lucas, magnífico y fino escritor, su columna sobre el retorno talibán en Afganistán. Busco y busco las bases de sus argumentos y, la verdad, no las encuentro. Coloquialmente, le da más caña al presidente de los Estados Unidos que a los propios integristas. No seré yo quien lamente lo absurdo de esta guerra, pero recuerdo que en teoría unos eran los buenos y los otros, los malos. 

En el tablero de los conflictos se recurre en exceso a una equidistancia que nos aparca de implicarnos por no meternos en otro charco. Tal vez influidos por las redes sociales, al observar tanto despropósito, tendemos a aparcar nuestras opiniones antes de exponerlas al juicio público, muchas veces inmisericorde. 

Manidos debates que nos envuelven en un runrún tedioso, reiterativo. No los abordamos con sinceridad, la mayoría, por no herir ciertas sensibilidades y dejar la fiesta en paz. Aplicamos la crema equidistante de lo políticamente correcto (¿eso es correcto?) y a otra cosa, mariposa. 

En la crisis afgana resulta más fácil dar caña imperialista a los de las barras y estrellas en lugar de alarmarnos con un mundo integrista, atávico, desfasado, que no acepta las normas de convivencia mínimas en nuestra sociedad occidental, salvaguardada a veces por los que ahora criticamos. No oigo voces feministas denunciando la jerarquía machista talibán, ni escucho a los puristas denunciar la falta de derechos humanos. Son las mismas, los mismos, que se alarman por apolilladas conductas que ahora pretenden rescatar con tal de tener argumentos. 

Llevo tiempo estudiando la obra de Diego Velázquez, no excesivamente prolífica, pero ante mi sorpresa también criticada por movimientos contemporáneos sin atender ni respetar la época del artista. Sucede lo mismo con el linchamiento de nuestro colonialismo americano, no libre de abusos, pero, en general, provechoso en la formación, respeto y vanguardia de una población hasta entonces casi salvaje. No puedo dejar de citar la magnífica reflexión que sobre el asunto publicó recientemente el historiador Marcelo Gullo en su carta abierta al presidente mejicano López Obrador y de cómo los españoles liberaron a esa sociedad del canibalismo azteca. 

Volviendo al mejor pintor de la historia de España, valido de Felipe IV y además de artista, gestor de la mayor recopilación pictórica por encargo del monarca, y por la que ahora podemos lucirla como una de las mejores pinacotecas del mundo, Velázquez aceptó muchos encargos no exentos de ciertos compromisos -de haber actuado con equidistancia hubiéramos perdido muchas de sus grandes obras-. Uno de los encargos más complicados fue el retrato que le pidió un noble español, Gaspar de Haro y Guzmán, próximo al rey. La condición es que fuera un desnudo y la retratada, se deduce, era su amante. El pintor lo compuso alegóricamente como una Venus y frente a un espejo, casualmente antes que el que utilizara para sus Meninas. Hábilmente el rostro aparece difuminado para evitar que la modelo fuera identificada. Existen dudas de la fecha en que fue pintado, pero domina la teoría que fue antes del segundo viaje del artista a Italia, allá por el año 1648. 

Actualmente se conserva en la National Gallery de Londres y a principios del pasado siglo fue parcialmente dañado por una activista sufraguista evidentemente desequilibrada. Ya en su momento Velázquez padeció las críticas de otros integristas de la Santa Inquisición, al tildar la obra de blasfema y pecaminosa. No en vano fue uno de los primeros desnudos pintado por un español, mientras en Europa las voluptuosas carnes de mujeres hermosas ya lucían en muchas colecciones. 

Viene a cuento porque esa equidistancia a la que aludo es una forma de auto censura, la peor de las censuras, como bien apuntaba Miguel Delibes. Y el Arte no es ajeno a ella, incluso en la actualidad. El secreto se lo llevó Velázquez a su tumba, pero cuentan que de la Venus del espejo el artista hizo una copia, ésta sí, con el rostro definido. Se enamoró de la modelo al retratarla. 


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