La bola negra: ¿Por qué?
Me tiene desconcertado La bola negra. No es raro que llore en una película. Cada vez me pasa más, de hecho. Pero suelo saber por qué lloro.
"Esto en América no lo van a entender", comentaba un señor a la salida del cine.
"Es un nuevo acercamiento a la Guerra Civil", aseguraba un comentarista en la radio.
Y no puedo estar de acuerdo.
Las grandes historias utilizan lo local para hablar de lo universal. Siento que en La bola negra la Guerra Civil no importa más que España, Europa, el planeta Tierra o la Vía Láctea. Es simple contexto, una realidad cercana que se usa para contarnos una historia que no va de quién hizo qué, sino de quién sintió qué, de quién quedó escondido o quién logró dar la cara.
Según mi mujer, mis amigos y mis conocidos soy un señor (voy a asumir que ya soy un señor, sí) de derechas. ¿Por qué debería importarme una historia de gays en la Guerra Civil? ¿Por qué debería hacerme llorar? ¿Por qué estoy escuchando en bucle La Nieve mientras escribo estas líneas?
Porque siento que su película no habla de quiénes son los malos, sino de qué mal está lo que es malo, como la guerra, y qué terrible es vivir con miedo. Y qué hermoso es cada segundo de belleza que encontramos en el camino.
Carlos, Sebastián y Alberto son los tres protagonistas de la historia, cada uno en una época concreta. El primero, justo antes de la Guerra Civil, tiene que enfrentarse a los rumores que lo acusan de ser homosexual (lo es). El segundo, por azar, es un soldado del bando sublevado en pleno enfrentamiento fratricida al que encomiendan vigilar a un oficial republicano herido en batalla. Y el tercero, un escritor derrotado por la vida en la España actual al que legan una misteriosa herencia.
Una de las mayores audacias formales de la película es la apuesta de sus directores por tres tonos distintos de surrealismo y poesía en cada una de las líneas temporales. Una decisión que, además, tiene una justificación narrativa que no podría defender sin incurrir en spoilers.
Es maravillosa la mirada homoerótica con la que Los Javis retratan algunos momentos del día a día de los compañeros de Sebastián, como si antes que soldados fueran simples chicos que disparan a lo que toca disparar y odian a lo que les han dicho que odien. No hay rencor en esa mirada, como sí puede haberlo en la que arrojan sobre sus superiores. Y conmovedoras son las rupturas de la realidad en la historia de Carlos. Y perfecta resulta la elección de Guitarricadelafuente y Milo Quifes para interpretarlos.
Tan solo el pobre Alberto queda atrapado en el sucio realismo de nuestra España actual. La más tolerante y libre de las tres, pero la más fea, quizás porque tampoco merece la pena limpiar el objetivo de la cámara para retratar los tiempos que corren y que solo Dios sabe dónde nos llevarán.
Carlos y Sebastián son presos de sus miedos. No es que el mundo fuera a dejarles vivir en paz, pero son sus propios sentimientos los que les condenan. La batalla es con ellos mismos. Y eso lo entiendo. No es la Guerra Civil. La bola negra me habla de mí teniendo miedo de vivir, como Perra, de Rigoberta Bandini, habla de mí odiando ser humano y refugiándome en las letras cada vez que me siento superado.
A lo mejor alguien lo llama apropiación de traumas queer o feministas, pero lo siento, me los quedo. Si no querían que empatizara con ellos, no haberlos hecho tan humanos.
Alberto es otra cosa, es la búsqueda de la paz interior, del sentido en medio del fracaso vital y sentimental. Y eso también puedo entenderlo, aunque sea la parte con la que más me cueste conectar.
La bola negra no es una reivindicación de Lorca. Aquí el poeta es un vehículo y una inspiración, un MacGuffin y el motor de la poesía que alimenta el relato. No busquen verdades históricas, por favor. Aunque tienen todo su derecho a hacerlo, no debatan sobre ellas. Es absurdo.
La bola negra es el mejor envoltorio para contar de la forma más bella posible la historia más triste... y simple a la vez. Por eso conmueve y hace llorar, como puede hacer llorar un simple "te quiero", un "debí haberte querido", un "te quise"... O un "debí haberme querido mejor". Como hace llorar una mirada al espejo que te enfrenta a todo lo que no te dejaste sentir y te lo echa encima de una sola y abrumadora vez. Quizás sea por eso.