La Constelación del Perro: Soñar en la pesadilla
Tengo una teoría sobre el cine estrenado este verano: hay directores que se han dado cuenta de que necesitamos tener esperanza... Pero el mundo es el que es. Ni gustó la reivindicación de la empatía de El día de la revelación ni está calando la apuesta por la comunidad y la esperanza de La constelación del perro.
Permítanme aventurar la posibilidad de que vivamos en una sociedad implacable, que prejuzga a la vez que pide comprensión y condena mientras reivindica empatía. Ya no tenemos películas exitosas que crean en el ser humano. Preferimos personajes condenados a ser víctimas eternas de su propia debilidad, gente a la que despreciar, ya sea el friki evolucionado a cerdo egoísta de Obsession o el irredimible Bardem de El ser querido. Mejor odiar. Cuando odiamos, el cine parece mejor. Cuando duele, el cine es CINE. Denme villanos a los que lapidar, no historias que me ilusionen. Porque sí, puedo aceptar una trama oscura como si fuera la propia realidad, el reflejo de los retortijones de mi alma. ¿Pero una película que me inspire? No, eso es CURSI.
En La constelación del perro viajamos a un mundo postapocalíptico en el que un joven sobrevive gracias a su asociación con un tipo que bien podría haber sido el malo de cualquier otro largometraje: un militar implacable que dispara primero —a lo que sea— y pregunta después. El muchacho solo tiene un lazo con su pasado, su perro, y, cuando este muere, tendrá que decidir si cree en algo más que la supervivencia.
Quien busque en La constelación del perro un Mad Max dirigido por Ridley Scott se equivocará de lleno. Su espíritu está mucho más cerca de la fallida Mensajero del futuro, con la que se estrelló en su día Kevin Costner, pero que, aun así, era apreciable.
En esta película acompañamos al personaje interpretado por Jacob Elordi durante su rutina vital en un largo primer acto que, sin embargo, tiene suficientes elementos como para entretener al espectador, que encontrará en él acción y decisiones difíciles, personajes que se comprometen con su moralidad.
A partir de ese punto de inflexión, la dolorosa pérdida del último lazo real con el pasado, empieza la historia de un hombre que se niega a dejar de buscar, de creer y al que le pasan cosas más o menos creíbles. Porque sí, en el cine la suerte y la casualidad siempre juegan un papel importante para que haya historias.
Con un buen ritmo de montaje —no podría ser de otra forma dirigiendo quien dirige—, efectivas escenas de acción, una fotografía que sabe sacar partido de los escenarios y unos secundarios potentes —espléndidos Josh Brolin y Guy Pearce—, Scott arropa de la mejor manera posible a su pareja protagonista, compuesta por el estoico Jacob Elordi y una vulnerable Margaret Qualley. Todos juntos ofrecen una historia de minimalismo apocalíptico salpimentada con las necesarias gotas de espectáculo para justificar su aspecto de superproducción.
Habrá quien no se crea nada de lo que hay en La constelación del perro, quien busque otra cosa mucho más oscura en ella. No se preocupen: distopías futuristas que les amargan el día hay muchas. Y habrá quien se deje llevar por su mezcla de acción, fe, terror a ratitos y esperanza. Quien busque esto último no tiene motivo alguno para no disfrutarla. No es tan buena como para ser un valor seguro, como sí lo era Proyecto Salvación, pero sí lo suficiente como para contentar a quien entre en la sala sin ideas preconcebidas.