La ovación de Guadalajara a María Dolores Pradera y Pastora Soler

01/10/2010 - 09:45 Hemeroteca

Pastora Soler deleitó a un abarrotado auditorio.
La noche prometía, al menos en lo que a público se refiere en sus primeros compases. El anuncio de la presencia de dos divas generacionales de la música en los despuntes nocturnos del viernes en la capital había logrado colgar el cartel de “no hay billetes” hace tiempo atrás en la taquilla del teatro auditorio Buero Vallejo.
En las butacas, un millar de personas –en su mayoría de mediana edad–, ansiosas por ver sobre las tablas del escenario a dos grandes artistas, María Dolores Pradera y Pastora Soler, a un módico precio de dos euros, una tarifa popular que sin duda convenció a más de uno a desabrocharse, aunque sólo fuera por unas pocas horas, el cinturón de una crisis que por el momento aprieta pero no ahoga al ciudadano ni al teatro. Incluso se podía ver a algunas personas tras el inicio del concierto a las puertas del teatro esperando a conseguir un casi imposible hueco de última hora.
Con este propósito de intentar acercar la cultura a todos, la Fundacion Siglo Futuro, la Diputación provincial de Guadalajara y la Universidad de Alcalá tuvieron a bien ofrecer una vez más esta semana un nuevo acto incluido dentro del ciclo Guadalajara emociona. Cultura en otoño; en esta ocasión, un recital musical de gran poderío.
Pisando fuerte sobre el escenario, la primera gran voz de la noche, Pastora Soler. La sevillana ofreció un auténtica muestra de su saber hacer fusionando flamenco, la copla, el pop e incluso la electrónica. Su presencia en el escenario vino precedida por un extraordinario solitario en la penumbra. Acompañándola, un piano, una caja y una guitarra, instrumentos suficientes para ofrecer un “ratito agradable” dedicado al amor. Sin duda, Soler brilló tanto como sus lentejuelas al viento, que a más de uno le arrebató la respiración.
Tras ella, la gran dama de la voz española, imponente más que nunca a pesar de contar con más de 80 años a sus espaldas. Elegante como ella sólo sabe hacerlo, ofreció lo que mejor sabe hacer, un recital lítico folclórico netamente hispanoamericano que desató el delirio del público con una gran ovación.
Se ponía con ella el broche de oro a una noche que permanecerá grabado en los anales musicales de la capital; noche, por cierto, pasada por agua, el símbolo inequívoco de que el otoño está entre nosotros, tal y como se hizo referencia con el poema de Juan Ramón Jiménez que abrió el acto, dedicado a esta estación.