La presidenta argentina Cristina Fernández enciende aún más su confrontación con la oposición tras una multitudinaria rueda de prensa
01/10/2010 - 09:45
Por: COLPISA
Lejos de apaciguar el clima de confrontación y crisis reinante en Argentina desde hace meses, la conferencia de prensa que brindó el sábado la presidenta de Argentina Cristina Fernández de Kirchner, la primera en cinco años de poder kirchnerista, exacerbó aún más los ánimos al ratificar que no habrá cambios en una gestión que enfrenta crisis recurrentes. Falta de autocrítica, soberbia, respuestas negadoras de la realidad, habilidad para eludir temas incómodos, así evaluaron la actitud de la mandataria referentes de la oposición.
Falta de autocrítica, soberbia, respuestas negadoras de la realidad, habilidad para eludir temas incómodos, así evaluaron la actitud de la mandataria referentes de la oposición, haciéndose eco de las críticas de muchos ciudadanos de a pie que esperaban anuncios o muestras de una voluntad de cambio que no apareció.
Las expectativas de un giro político tras la derrota en el Senado, cuando se rechazó el proyecto presidencial de aumentar impuestos a las exportaciones del campo, se frustraron en seguida. Asesorada por su nuevo jefe de Gabinete, Sergio Massa, la presidenta llamó a una rueda de prensa que se transformó en una noticia en sí misma, pero que no arrojó novedades sino una reafirmación del poder presidencial.
Su esposo, el ex presidente Néstor Kirchner (2003-07) nunca había convocado a los periodistas. Su esposa siguió ese camino incluso durante su campaña proselitista. Por eso sorprendió el viernes cuando la jefatura de Gabinete convocó a una conferencia sin agenda. El sistema de acreditaciones colapsó, hubo más de 100 periodistas y la mayoría se quedó sin preguntar. La presidenta daba largas y elusivas respuestas, y cuando le tocaba escuchar las preguntas miraba su reloj pulsera sin disimulo.
El objetivo de la convocatoria quedó develado en la segunda respuesta. Volvería a hacer cada una de las cosas que hice, aseguró la mandataria con una sonrisa cuando le pidieron un balance sobre los turbulentos ocho meses que lleva al frente del gobierno. No, respondió escueta cuando le preguntaron si habrá cambios en el elenco que la acompaña. Funcionarios desgastados, designados por Kirchner y ratificados al asumir su esposa, se mantendrán en sus cargos.
Heredera de una situación económica estable tras el gobierno de su esposo, el gobierno de Cristina prometía ser una travesía sobre aguas calmas. Pero su enfrentamiento con los gremios agropecuarios por un aumento de impuestos, una medida que el gobierno defendió a ultranza a pesar de los rechazos que generó, afectó la marcha de la economía, creó un profundo malestar social y dejó al gobierno aislado, con las alianzas políticas diezmadas por la batalla perdida.
Los productores cosecharon fuerte respaldo de las clases medias urbanas y rurales, mientras las encuestas señalan una fuerte caída en la popularidad de la presidenta y de su esposo, que salió en su auxilio una y otra vez para crispar aún más los ánimos. Los economistas señalan que el enfrentamiento -sumado a dificultades propias de la coyuntura económica- provocó una desaceleración del crecimiento y las inversiones.
Desde el punto de vista político, hubo un quiebre en las alianzas. Un sector del oficialismo en el parlamento votó contra el gobierno igual que el vicepresidente y presidente provisional del Senado, Julio Cobos, que proviene de un partido opositor pero que integró la fórmula presidencial. La relación entre la presidenta y su vice, que habían integrado una alianza electoral, es de extrema tensión. Ocho funcionarios que respondían a Cobos abandonaron sus puestos en el Gobierno en los últimos días.
La crisis llegó hasta la mesa chica del gobierno con la renuncia del ahora ex jefe de Gabinete Alberto Fernández, uno de los fundadores del kirchnerismo, que se fue por considerar que el gobierno necesita cambios. La salida de Fernández, que ocupaba ese cargo desde 2003, no fue promovida por la presidenta. El funcionario abandonó el barco cansado de intentar que el gobierno escuche las críticas.
El saliente jefe de Gabinete entendió que el malhumor social está centrado en el rechazo a una forma de gobernar cerrada, que no acepta la deliberación. La rueda de prensa no hizo más que confirmar ese estilo. La presidenta negó la inflación, la manipulación de datos estadísticos y no expresó ni un atisbo de autocrítica. Dio cátedra, dijo orgulloso su marido.
La influencia de Néstor Kirchner
Néstor Kirchner había logrado un record: dejar el gobierno con mayor popularidad que la que tenía al asumir. Sin embargo, en su rol de primer damo, como lo define él jocosamente, el esposo de la presidenta conserva una influencia tan grande que su imagen positiva se desgasta fuera del gobierno. Según la consultora Poliarquía, la imagen positiva de Kirchner cayó de 55 a 32 por ciento desde que terminó su gestión.
La mandataria en cambio, que había caído de 47 a 20 por ciento entre marzo y junio -el período en que se extendió la crisis con el campo- comenzó a revertir la imagen negativa y cerró a fines de julio con 31 por ciento de apoyo. La suba se logró en los días en que la presidenta se mostró ejecutiva, sin su marido, menos exasperada. Habrá que ver si esa recuperación continúa tras la conferencia de prensa.
La presidenta negó que su gobierno tenga un doble comando, un eufemismo que el periodismo encontró para aludir a la intromisión de Kirchner en su administración, que llama por teléfono a ministros, pide explicaciones, participa de reuniones y se muestra más intransigente que ella a la hora de defender medidas de gobierno.
El extremo de esa influencia se vivió a raíz de la derrota del oficialismo en el Senado el 17 de julio. Versiones de diversas fuentes señalan que el ex presidente exhortó a su esposa a renunciar. Kirchner llamaba a los funcionarios para decirles nos vamos, según informaciones periodísticas nunca desmentidas por la pareja.
El ex jefe de Gabinete Alberto Fernández, el hombre de más confianza del matrimonio presidencial, dejó trascender que su última tarea fue pedir una gestión ante el presidente de Brasil, Luis Inacio Lula da Silva, para que convenza a la presidenta de no abandonar su puesto a ocho meses de asumir.
Al ser consultada sobre el tema, la presidenta fue elusiva en la rueda de prensa. Sólo tres veces en mi vida renuncié a algo, recordó sonriente e hizo un recuento de dimisiones conocidas en su carrera política, cuando dejaba un cargo para asumir otro. No terminó de aclarar si, efectivamente hace unas semanas, pensó en volverse a casa.
Las expectativas de un giro político tras la derrota en el Senado, cuando se rechazó el proyecto presidencial de aumentar impuestos a las exportaciones del campo, se frustraron en seguida. Asesorada por su nuevo jefe de Gabinete, Sergio Massa, la presidenta llamó a una rueda de prensa que se transformó en una noticia en sí misma, pero que no arrojó novedades sino una reafirmación del poder presidencial.
Su esposo, el ex presidente Néstor Kirchner (2003-07) nunca había convocado a los periodistas. Su esposa siguió ese camino incluso durante su campaña proselitista. Por eso sorprendió el viernes cuando la jefatura de Gabinete convocó a una conferencia sin agenda. El sistema de acreditaciones colapsó, hubo más de 100 periodistas y la mayoría se quedó sin preguntar. La presidenta daba largas y elusivas respuestas, y cuando le tocaba escuchar las preguntas miraba su reloj pulsera sin disimulo.
El objetivo de la convocatoria quedó develado en la segunda respuesta. Volvería a hacer cada una de las cosas que hice, aseguró la mandataria con una sonrisa cuando le pidieron un balance sobre los turbulentos ocho meses que lleva al frente del gobierno. No, respondió escueta cuando le preguntaron si habrá cambios en el elenco que la acompaña. Funcionarios desgastados, designados por Kirchner y ratificados al asumir su esposa, se mantendrán en sus cargos.
Heredera de una situación económica estable tras el gobierno de su esposo, el gobierno de Cristina prometía ser una travesía sobre aguas calmas. Pero su enfrentamiento con los gremios agropecuarios por un aumento de impuestos, una medida que el gobierno defendió a ultranza a pesar de los rechazos que generó, afectó la marcha de la economía, creó un profundo malestar social y dejó al gobierno aislado, con las alianzas políticas diezmadas por la batalla perdida.
Los productores cosecharon fuerte respaldo de las clases medias urbanas y rurales, mientras las encuestas señalan una fuerte caída en la popularidad de la presidenta y de su esposo, que salió en su auxilio una y otra vez para crispar aún más los ánimos. Los economistas señalan que el enfrentamiento -sumado a dificultades propias de la coyuntura económica- provocó una desaceleración del crecimiento y las inversiones.
Desde el punto de vista político, hubo un quiebre en las alianzas. Un sector del oficialismo en el parlamento votó contra el gobierno igual que el vicepresidente y presidente provisional del Senado, Julio Cobos, que proviene de un partido opositor pero que integró la fórmula presidencial. La relación entre la presidenta y su vice, que habían integrado una alianza electoral, es de extrema tensión. Ocho funcionarios que respondían a Cobos abandonaron sus puestos en el Gobierno en los últimos días.
La crisis llegó hasta la mesa chica del gobierno con la renuncia del ahora ex jefe de Gabinete Alberto Fernández, uno de los fundadores del kirchnerismo, que se fue por considerar que el gobierno necesita cambios. La salida de Fernández, que ocupaba ese cargo desde 2003, no fue promovida por la presidenta. El funcionario abandonó el barco cansado de intentar que el gobierno escuche las críticas.
El saliente jefe de Gabinete entendió que el malhumor social está centrado en el rechazo a una forma de gobernar cerrada, que no acepta la deliberación. La rueda de prensa no hizo más que confirmar ese estilo. La presidenta negó la inflación, la manipulación de datos estadísticos y no expresó ni un atisbo de autocrítica. Dio cátedra, dijo orgulloso su marido.
La influencia de Néstor Kirchner
Néstor Kirchner había logrado un record: dejar el gobierno con mayor popularidad que la que tenía al asumir. Sin embargo, en su rol de primer damo, como lo define él jocosamente, el esposo de la presidenta conserva una influencia tan grande que su imagen positiva se desgasta fuera del gobierno. Según la consultora Poliarquía, la imagen positiva de Kirchner cayó de 55 a 32 por ciento desde que terminó su gestión.
La mandataria en cambio, que había caído de 47 a 20 por ciento entre marzo y junio -el período en que se extendió la crisis con el campo- comenzó a revertir la imagen negativa y cerró a fines de julio con 31 por ciento de apoyo. La suba se logró en los días en que la presidenta se mostró ejecutiva, sin su marido, menos exasperada. Habrá que ver si esa recuperación continúa tras la conferencia de prensa.
La presidenta negó que su gobierno tenga un doble comando, un eufemismo que el periodismo encontró para aludir a la intromisión de Kirchner en su administración, que llama por teléfono a ministros, pide explicaciones, participa de reuniones y se muestra más intransigente que ella a la hora de defender medidas de gobierno.
El extremo de esa influencia se vivió a raíz de la derrota del oficialismo en el Senado el 17 de julio. Versiones de diversas fuentes señalan que el ex presidente exhortó a su esposa a renunciar. Kirchner llamaba a los funcionarios para decirles nos vamos, según informaciones periodísticas nunca desmentidas por la pareja.
El ex jefe de Gabinete Alberto Fernández, el hombre de más confianza del matrimonio presidencial, dejó trascender que su última tarea fue pedir una gestión ante el presidente de Brasil, Luis Inacio Lula da Silva, para que convenza a la presidenta de no abandonar su puesto a ocho meses de asumir.
Al ser consultada sobre el tema, la presidenta fue elusiva en la rueda de prensa. Sólo tres veces en mi vida renuncié a algo, recordó sonriente e hizo un recuento de dimisiones conocidas en su carrera política, cuando dejaba un cargo para asumir otro. No terminó de aclarar si, efectivamente hace unas semanas, pensó en volverse a casa.