La roca hablada: el arte rupestre como polo de atracción cultural en la región
La comunidad impulsa la protección y el estudio de su vasta riqueza rupestre (BIC).
El arte rupestre es una de las joyas culturales de Castilla-La Mancha y uno de sus muchos atractivos para los aficionados a este tipo de patrimonio. De ahí que hace un año se consolidase su gestión con la recopilación de la bibliografía publicada desde 1999; la actualización del inventario de 15 abrigos en la localidad de Nerpio (Albacete) y dos en Rillo de Gallo (Guadalajara); y la redacción del Plan de gestión del arte rupestre de Castilla-La Mancha.
Este impulso del Gobierno regional responde a la inclusión del arte rupestre mediterráneo en la Lista del Patrimonio Mundial por la UNESCO en 1998, una candidatura que fue presentada por España y elaborada por seis comunidades autónomas, entre ellas Castilla-La Mancha. La propuesta incluía 758 enclaves, de los que 93 son de Castilla-La Mancha.
Y es que el arte rupestre constituye una de las huellas más profundas y misteriosas que nos legó la humanidad prehistórica. Este término, que proviene del latín rupes (roca), designa el vasto conjunto de manifestaciones artísticas –dibujos, pinturas o grabados– ejecutadas sobre paredes rocosas, ya sean en la penumbra de cuevas y abrigos, o a pleno sol en peñones aislados. Dada su incalculable valía histórica y cultural, todo el arte rupestre español goza de la máxima protección legal, ostentando la categoría de Bien de Interés Cultural (BIC) conforme a la Ley de Patrimonio Histórico.
Tradicionalmente, el estudio de estas obras milenarias se ha segmentado en grandes estilos basados en su cronología y características formales, si bien las nuevas técnicas de datación aportan continuamente matices.
El estilo más antiguo es el Arte Paleolítico, conocido también como arte franco-cantábrico. Se trata de las primeras expresiones artísticas conocidas, surgidas hace unos 40.000 años durante el Paleolítico Superior. Se caracteriza por su maestría técnica, combinando dibujo, pintura y grabado, a veces en una misma figura. Los artistas obtenían sus pigmentos, limitados al rojo, negro y blanco, a partir de carbón de madera o minerales triturados. Un rasgo distintivo era su habilidad para aprovechar la coloración natural de la roca y sus protuberancias, creando sensaciones de volumen y policromía. En España, además del conocido foco cantábrico, existen importantes yacimientos en el litoral este, el sur y, de manera notable en la Cueva de Los Casares.
Tras el Paleolítico, emergen dos grandes estilos que reflejan cambios profundos en la vida y la cosmovisión de los grupos humanos. El estilo Levantino se desarrolla principalmente mediante la pintura, con el grabado siendo anecdótico. Su emplazamiento cambia drásticamente: se sitúa al aire libre, en abrigos o covachas de escasa profundidad, permitiendo la entrada de luz. Hay muestras relevantes en Guadalajara, Cuenca y Albacete.
Por su parte, el estilo Esquemático es el más reciente y se extiende por casi toda la Península. Su estética se basa en la simplificación radical. Castilla-La Mancha alberga un gran número de estos yacimientos, especialmente en Albacete y Ciudad Real.
Diez yacimientos visitables
En Castilla-La Mancha hay 10 yacimientos rupestres destacados y visitables que abarcan varias de las provincias y cronologías. En la provincia de Albacete encontramos un rico conjunto que incluye la Cueva de la Vieja en Alpera, representativa del arte levantino y esquemático; la Cueva del Niño en Ayna, uno de los escasos yacimientos con arte paleolítico de la Meseta; el Abrigo Grande de Minateda; y la Solana de las Covachas en Nerpio, significativa por sus escenas de danza y caza del arte levantino. En Ciudad Real, concretamente en Fuencaliente, destacan dos enclaves del arte esquemático que fueron de los primeros en ser documentados en la historia, siendo estos La Batanera y Peña Escrita. La provincia de Cuenca es un punto clave del Arco Mediterráneo con el Abrigo de Selva Pascuala y los Abrigos de Peña del Escrito, ambos situados en Villar del Humo. Finalmente, en la provincia de Guadalajara, se halla la mundialmente conocida Cueva de Los Casares en Riba de Saelices, vital por sus grabados paleolíticos; y en Toledo, la Estación rupestre de Casa del Oro en Quero, que contiene petroglifos de época histórica medieval y está próxima a integrarse en la Red de Yacimientos Visitables de la región.
Arte levantino en Nerpio
La geografía escarpada de Nerpio (Albacete), formada por calizas del Jurásico, ha creado numerosos abrigos rocosos que albergan un singular conjunto de pinturas, parte del arte rupestre del arco mediterráneo. De todos los enclaves, como el Abrigo de la Hoz o el Abrigo de Viñuela, destaca la Solana de las Covachas, el único visitable. Los artistas, cazadores y recolectores, eligieron covachas orientadas al sur para plasmar su arte. La técnica predominante es la silueteada con tinta plana monocroma, propia del Arte Levantino, que en esta zona es mayoritariamente figurativo y naturalista. El tema principal es el ser humano: el hombre como cazador, guerrero o recolector; y la mujer como danzarina o recolectora. Las especies animales más representadas son caprinos, cérvidos, bóvidos y équidos. La función de este arte no era estética ni de ocio, y si bien no se descarta que fueran Santuarios de Cazadores, la variedad de escenas sugiere complejas razones rituales o sociales que aún se investigan. Este conjunto constituye una ventana esencial a la vida prehistórica del sureste ibérico.
Petroglifos de Casa del Oro
La Estación Rupestre de Casa del Oro se sitúa al suroeste del actual núcleo urbano de Quero (Toledo), flanqueando la carretera CM-3130. En este emplazamiento, junto al río Cigüela, emergen afloramientos rocosos superficiales en una zona predominantemente llana y suavemente ondulada. Sobre estas rocas se han documentado decenas de grabados o petroglifos, distribuidos en dos sectores bien definidos. La mayoría de los motivos incisos en la roca son símbolos cristianos, predominando distintos tipos de cruces. La función de estos grabados era, presumiblemente, la de actuar como elementos protectores para los pobladores de la época, defendiéndolos de los malos espíritus y de los peligros naturales, como las temidas tormentas que amenazaban vidas y cosechas. Esta tradición protectora pervive, pues aún hoy algunos agricultores de la zona graban cruces en la tierra para proteger sus campos. La presencia de yacimientos rupestres similares es común en la comarca, especialmente en la vecina Alcázar de San Juan. En estos casos, la localización de los petroglifos suele estar ligada a caminos y cañadas históricas, así como a la proximidad de pozos de agua, tal como se ha constatado en enclaves como los Pozos de Navarro, Pozo del Empego y Pozo de Tello.
Cueva de Los Casares: el santuario paleolítico escondido
La Cueva de Los Casares, un tesoro arqueológico de valor incalculable, se erige como el yacimiento rupestre paleolítico más crucial del centro de la Meseta Castellana. Ubicada estratégicamente en las tierras meridionales del antiguo Ducado de Medinaceli, esta cavidad marca una divisoria natural entre las parameras de Sigüenza/Atienza y las de Molina de Aragón, anidada en las estribaciones de la Rama Castellana de la Cordillera Ibérica. Se abre tan solo tres kilómetros al norte de Riba de Saelices (Guadalajara), dominando el curso bajo del río Linares o Salado. Más allá de su arte, Los Casares contiene un depósito sedimentario esencial para comprender la dinámica humana al final del Pleistoceno Superior. Este yacimiento es clave para rastrear las huellas de los neandertales y los primeros Homo sapiens en el interior de la Península Ibérica. La cueva se inicia con un amplio vestíbulo de orientación sur y se desarrolla en una galería principal de 264 metros de longitud, alta y estrecha, que traza su recorrido aprovechando la red de fallas de la formación calcárea. Su orientación general es Oeste-Este, y en su desarrollo se distinguen tres áreas de ensanchamiento conocidas como senos A, B y C.
La primera parte, que abarca unos 150 metros de profundidad, está escasamente karstificada y concentra la mayoría de los restos de ocupación. La segunda mitad se extiende hasta el final de la cavidad, caracterizada por una concatenación ascendente de gours (pequeñas represas naturales de calcita) que aún están moderadamente activos.
Los Casares alberga un imponente conjunto de grabados, complementado por un número menor de figuras pintadas, agrupados en 27 paneles. Hasta la fecha, se han catalogado 86 representaciones figurativas y dos conjuntos de signos complejos. Entre las figuras de animales, destacan los équidos (caballos), seguidos de cerca por los bóvidos y los ciervos. Un elemento singular es la importancia de los antropomorfos (figuras humanas o humanoides). La cueva también sorprende con la presencia de animales que hoy consideramos exóticos en la zona, como felinos, el glotón, el rinoceronte lanudo e, incluso, la hipotética presencia de un mamut.
En cuanto a la simbología, predominan los esquemas triangulares y en arco, junto con algunos esquemas palmiformes. Este conjunto artístico se sitúa provisionalmente en un momento medio-avanzado del Arte Cuaternario, abarcando probablemente los periodos Solutrense y Magdaleniense.
Junto al arte, la cueva esconde un importante yacimiento musteriense, catalogado como el último episodio conocido de ocupación neandertal en las tierras altas del interior de Iberia. El vestíbulo fue la zona de hábitat habitual, mientras que el Seno A muestra restos de actividades esporádicas. La huella humana se intensifica a partir del Paleolítico Superior, con evidencias que abarcan el Mesolítico, Neolítico, Calcolítico y la Edad del Bronce. En época histórica, es notable el asentamiento de un poblado de cronología califal (siglos IX y X d.C.) junto a la entrada. La última referencia histórica la sitúa como propiedad del Monasterio Cisterciense de Buenafuente del Sistal, donde fue usada modestamente como redil para el ganado.
La Cueva de Los Casares es, en definitiva, una cápsula del tiempo que ofrece una ventana única a la prehistoria, desde las últimas sociedades neandertales hasta el arte de los cazadores-recolectores del Paleolítico Superior.
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