Lecturas de patrimonio: a través de los dibujos
Aunque hoy la fotografía se erige como el documento principal de la identidad del patrimonio, los dibujos nos traen también de su mano la belleza de las cosas: monumentos y paisajes, ángulos y minucias. Hoy dedico estas líneas a una visión rápida y entretenida de nuestro patrimonio a través de algunos.
De siempre a la gente con unas pocas ganas de divertirse le dio por dibujar, por trazar sobre un papel, en grafito o con colores, lo que veía en su entorno. Y en Guadalajara esto lo han hecho desde flamencos como Anton Van den Weyngarde, en el siglo XVI, al arquitecto Felipe Seguín en nuestros días. Desde el genial artista romántico Jenaro Pérez-Villaamil, al segoviano César Gil Senovilla. Es un quehacer pacífico y productivo, algo que aplaudimos y admiramos, un paso que va ensanchando cada día la perspectiva de nuestra tierra.
Sería muy largo en esta página hacer un estudio mínimamente sistematizado de los dibujantes que han retratado Guadalajara y sus cosas. Quizás sería un buen tema para un gran libro. Ahora solo voy a recordar a cinco personajes que han dedicado unas horas de su vida a mirar detalles de la ciudad. Y glosar el resultado de sus trazos. Texto breve para que quepan sus obras.
1- La puerta del palacio de los Dávalos, por Juan Diges.
El palacio de los Dávalos, joya del primer Renacimiento, obra muy probable de Lorenzo Vázquez, recibió luego una portada manierista que hoy ha resucitado, pero que a principios del siglo XX fue vista así por el cronista municipal don Juan Diges Antón: era la portada de una carpintería, que se alojaba entre virutas y serrines en lo que hoy es el vestíbulo de acceso a la Biblioteca Pública Provincial. De aquella presencia lastimosa hoy recuperamos su esencia vibrante.
Guadalajara. Portada del Palacio de Dávalos, por Juan Diges.
2 - El viejo Ayuntamiento, por Camarillo.
A principios del siglo XX el Ayuntamiento de la ciudad decidió albergarse en un monumental y digno edificio concejil, que el arquitecto Antonio Vázquez Figueroa plasmó –como hoy vemos– en una especie de pastel romántico y atrevido con su torre del reloj y sus guirnaldas en los rebordes. Pero antes había sido un edificio consistente, escoltado de dos torreones, con galería central y pórtico, al estilo clásico de las construcciones castellanas. Don Tomás Camarillo (fotógrafo insigne, pero también dibujante, y escritor de nuestros recuerdos), vio así el viejo Ayuntamiento y aquí lo recordamos.
Guadalajara. Ayuntamiento. Acuarela de Camarillo.
3- La portada de la Piedad, por Mariano de la Concepción.
Al palacio de don Antonio de Mendoza, otro de los ejes del renacimiento alcarreño, le añadió doña Brianda su sobrina una iglesia, que encargó al maestro de obras y gran arquitecto toledano micer Alonso de Covarrubias, el cual trazó un espacio de planta limpia y le puso una portada esencial, elegante, cuajadas del repertorio iconográfico del plateresco castellano: cabezas de carneros, monstruos barbudos, aves de cabeza maligna, y encima de todo María con su Hijo muerte en el regazo. La Piedad, tallada por Covarrubias, y vista con la esencial mirada de Mariano de la Concepción Torreira.
Guadalajara. Capilla de la Piedad. Dibujo de Mariano de la Concepción.
4- La escalera de la Concordia, por Ángel Malo
Todos los días pasamos por la Carrera, que es ahora de San Francisco, como siempre lo fue, y nos fijamos en el muro de contención del Paseo de la Concordia sobre ella, al que en los comienzos del siglo XX el Ayuntamiento decidió hacerle una gran escalera de doble tiro para comunicar a los peatones de la cuesta con el parque. A ese detalle urbano, –intrascendente, sí, pero elegante, el artista molinés Ángel Malo Ocaña le ha querido dedicar uno de los dibujos que él sabe hacer, con minuciosidad y empaque, a plumilla y con leve coloración de acuarela, dándole categoría de obra de arte.
Guadalajara. Escalera de la entrada a la Concordia por Ángel Malo Ocaña.
5-–La desaparecida iglesia de San Esteban, por Carderera
De los muchos edificios que Guadalajara ha perdido a lo largo de los siglos, destacaría sus iglesias de estilo mudéjar. Una de ellas fue la de San Esteban, que se levantaba junto al actual (aunque ya cerrado) Ateneo Municipal y hoy se ocupa de unas viviendas y bares a nivel de calle: entre los espacios plazales de San Esteban y Prim, quedando aún algunos arcos medio ocultos entre los derrumbes de lo que fue vieja panadería de los de Lucas, el convento de las jerónimas y esa antiquísima parroquia de San Esteban, a la que sin embargo sí vio, y quiso eternizar en una magnífica acuarela don Valentín Carderera, cuando en 1837 pasó unos días por Guadalajara.
Guadalajara. Desaparecida Iglesia de San Esteban por Calderera.
Todo ello supone nada más que un pequeño aperitivo de lo que podría ser un gran libro de arte, de promoción turística y de gozo permanente, sumando en cientos de páginas todos los dibujos que han retratado, con amplitud o detalle, las esencias urbanísticas y monumentales (en definitiva, sociales) de la ciudad de Guadalajara.