Lecturas de Patrimonio: la ermita de San Roque en Guadalajara


Es un paseo frecuentado el dedicado a San Roque en Guadalajara.  Esta ermita está levantada desde hace tres siglos, y continúa siendo un lugar de culto y oración, especialmente para la comunidad de creyentes ortodoxos de la comunidad ucraniana en Guadalajara.

Siempre que salgo a pasear por la ciudad en que vivo, muy a menudo alcanzo a subirme hasta la ermita de San Roque, que se encuentra –hoy perfectamente restaurada, acondicionada y en uso– en el remate del paseo del mismo nombre, un vial para peatones, y entre árboles, que hace ya más de un siglo se convirtió en parque.

Aunque no hay datos concretos que lo avalen, esta ermita está en ese lugar desde la Baja Edad Media, puesto que en aquella época de graves epidemias en las que morían muchos ciudadanos por contagio de la peste bubónica, se tenía al santo francés Roque de Montpellier como abogado ante Dios de los enfermos de esta afección. De él se decía que había peregrinado a Roma y en el camino surgió una epidemia de peste, ayudando él a los enfermos, y adquiriendo él mismo la enfermedad, con unos bultos negros y llagas por todo su cuerpo, retirándose a morir junto a una fuente, aunque fue salvado por un perro que todos los días le llevaba un pan para que comiera. Ocurrió esto en el siglo XIV y desde entonces se consideró a este santo Roque como abogado de los apestados, llevando él mismo de muestra una llaga en la pierna, y acompañándose de un perro con un pan en la boca.

Ermita de San Roque de Guadalajara.

A la salida de la ciudad el concejo decidió levantar una pequeña ermita en su honor, donde se reunían viajeros, enfermos, y donde empezó a hacerse romería, y fiesta en su día, que es el 16 de agosto de cada año. Cuando yo era pequeño, recuerdo que íbamos la familia a aquella misa, por la tarde, y luego asistíamos a la subasta de productos que entregaba la gente del barrio. Parece que aún estoy viendo el gran conejo blanco que, un año tras otro, alguien ofrecía de su granja para ser subastado.

Esta ermita que vemos hoy es la renovación de la antigua, en el siglo XVII. Muy deteriorada por los elementos, hubo un rico hacendado guadalajareño, don Antonio de Yebes y Paredes, que emigró a la isla de Santo Domingo y allí hizo gran fortuna, quien en su testamento dejó una manda que obligaba a sus herederos a gastarse un dinero (concretamente 1.183 pesos) para ampliar y reformar, levantándola de nuevo, esta ermita de San Roque. Se encargó de mover el asunto don Diego de Mata Becerra, a la sazón párroco de la iglesia de San Esteban de nuestra ciudad. Y fue designado como maestro de obras y director de la construcción el conocido y prestigioso arquitecto de la época, don Mateo José Barranco, que era supervisor de construcciones públicas y de la fábrica de paños de Guadalajara.

La primitiva ermita de San Roque según un dibujo de Tomás Barra.

Según consta en los documentos de la época, se trataba de levantar un gran edificio de ladrillo y tapial, con una anchura de 7,8 metros de ancho, 13,2 de largo y una altura de hasta 7,8 metros, añadiendo en la parte anterior, orientada a poniente, un atrio cuadrangular de 3 x 3 metros, sosteniéndose el tejaroz por columnas cilíndricas de piedra caliza adornadas de capiteles al estilo alcarreño.

Además de una sacristía en la parte posterior, orientada a levante, en proporción al resto. Se preveía también ponerle una espadaña a la ermita, que sobresaldría sobre el muro oeste, o sea, sobre la entrada de ésta; llevaría un hueco de unos 60 centímetros y sobre ella se colocaría un remate, consistente en cruz, bola, y una veleta. En el proyecto se contempla poner “rexas carceleras”  a las ventanas de los muros, dos por cada lado, y en la cabecera un nicho para colocar una buena imagen del santo. Las puertas de la ermita, de buena madera, se pintarían de verde por fuera y de blanco por dentro. El suelo estaba previsto que fuera embaldosado, lo cual era una novedad en las ermitas, que solían ser de tierra batida. A la bóveda se la cuidó en altura y ornamentación, con yeso blanco y yeso negro, especificando que se haría “tabicada y doblada de medio punto, guarneciéndola de faxas, cinchos, arcos, entrecalles, cornisa, y capiteles”.  

Plano alzado y sección de la ermita de San Roque de Guadalajara.

La obra, que tenía buen presupuesto, fue puesta a puja entre los maestros de obras de la ciudad, ganando el mejor postor, Diego Tabernero, quien se comprometió a dar terminada la obra el 24 de junio de 1735, por un precio de 8.800 reales. Como siempre suele ocurrir, los costos se dispararon y al final cuando se acabó el coste había ascendido en total a 12.118 reales.

La ermita fue sufriendo, a lo largo de estos tres siglos, abandonos y restauraciones, unas veces con lógica, otras a lo loco. Pero al menos se ha mantenido en pie, y hoy es la única ermita que queda en lo que podemos considerar casco histórico de la ciudad. Además con la categoría de Bien de Interés Cultural, que obtuvo en 1985.

Lateral sur de la ermita de San Roque en Guadalajara.

En el Archivo Histórico Provincial queda un documento muy valioso, como es el dibujo que público junto a estas líneas, y que consiste en el desarrollo del plano, alzado y sección de la ermita de San Roque. Lo hizo en 1732 don Mateo José Barranco, que era por entonces el “maestro de obras” del Ayuntamiento, y al mismo tiempo de la Fábrica de Paños que empezaba a construirse. El edificio era de gran sobriedad, pero de amplias dimensiones, para lo que se usaba en ermitas, y más teniendo en cuenta que esta quedaba aislada fuera de la ciudad. Un dibujo adjunto original de Tomás Barra nos da la idea de cómo era y donde estaba la ermita cuando se construyó, tal como hoy la vemos, hace ahora tres siglos.

Como bibliografía de datos he consultado el libro escrito por Ángel Mejía Asensio “Santa María de la Fuente. Memoria de una presencia viva en Guadalajara” de 2010.