18/04/2020 / 13:29
Silvia Valmaña


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Liderazgos y certezas

Creo que el mundo no va a ser igual porque nos despertaremos en un mundo sin certezas. 


Si nos ponemos a buscar las ventajas de este “arresto domiciliario” que sufrimos a cuenta de la cuarentena, la verdad es que algunas se nos ofrecen de manera inmediata. En mi caso consisten en que apenas tengo tiempo libre para aburrirme hasta el punto de tener que trasnochar para cumplir con gratos deberes: aprendizajes nuevos, lecturas atrasadas o artículos por escribir. Y en esas estamos cuando me he encontrado con algunas ideas y palabras en estos días de pasear por las terrazas y de abrazar a los que queremos a través del teléfono. 

Es curioso que cuando piezas inconexas se juntan, a veces conforman una realidad inesperada, un collage que no es sino una nueva visión o interpretación de la realidad. Y esto es lo que me ha hecho reflexionar a partir de un pensamiento de Tocqueville, el gran defensor de la democracia liberal: “la vida es para asumirla con valentía”. Sin duda este es un momento en que necesitamos más valor que nunca, porque muchas de nuestras certezas se han puesto también en cuarentena. Esas certezas de seguridad que sólo se han visto golpeadas en nuestro primer mundo por el terrorismo y amenazadas por las crisis económicas, pero que nunca han hecho tambalear nuestros sistemas, porque, aunque imperfectos, éramos conscientes de que eran el mejor sistema posible.

Dicen algunos que el mundo no volverá a ser el mismo, y puede que no lo sea, pero no tanto porque cambien nuestras costumbres, valores o principios, o porque seamos mejores o peores. Creo que no va a ser igual porque nos despertaremos en un mundo sin certezas. 

En estos momentos podemos buscar certezas en la ciencia, pero no las hallaremos, porque si hay una constante en la ciencia es que, en primer lugar, no es inmutable ni absoluta y, en segundo lugar, siempre ofrece más preguntas que respuestas. También se tambalea nuestra certeza en la ley, porque estamos viendo y aceptando sumisos su maleabilidad, su adaptabilidad a situaciones de hecho sin generar apenas ruido, mientras esperamos a que escampe confiando en que recuperará su fuerza, la seguridad que nos brinda. 

Quién podía afirmar hace apenas un año, o seis meses, que las libertades públicas y los derechos individuales se iban a ver tan seriamente restringidos en España. Yo, francamente, no. Pensábamos que estas restricciones solo eran posibles en un país autocrático como China. Pero luego llegó Italia, y después, trágicamente después, España. Y luego el resto del mundo, hasta en los países donde más resistencia se ofrecía a que la batalla abierta entre el virus y la libertad la vaya ganando el primero

Y en estas reflexiones, he tenido la oportunidad de estudiar algunas cuestiones relativas al liderazgo. Y en todos los temas, todos los autores, todas las sesiones y todas las lecturas aparecía una constante: el líder como servidor. No es lo mismo tener poder, tener autoridad o ser un líder. El poder se basa en la fuerza, en la que se deriva del reconocimiento social que emana de la ley, que permite tomar decisiones y hacerlas cumplir; el gobernante tiene el poder que le reconoce el ordenamiento jurídico. La autoridad, sin embargo, se basa en el prestigio ganado, en el reconocimiento a la sabiduría y a la virtud de una persona, al valor moral de sus opiniones.

El liderazgo es un concepto más moderno; ni siquiera comparte la paternidad clásica de los términos potestas y auctoritas, sino que es una palabra de origen anglosajón que hace referencia al que dirige, al que guía. Al líder no se le obedece o se le respeta, como en los casos anteriores; al líder se le sigue, porque sirviendo a los demás consigue que convirtamos su proyecto en nuestro proyecto y trabajemos unidos, anteponiendo el interés común al individual por convicción personal. Un líder ayudaría a que la valentía de asumir nuestra vida que reclamaba Tocqueville se impusiera hoy sobre el miedo y sustituyera la obediencia por la adhesión.

Podemos buscar las certezas en un líder, en alguien que sea capaz de llevarnos a través del camino peligroso hasta sacarnos de él, pero eso exige sacrificio y confianza, y lo primero no se puede pedir si no se ofrece lo segundo. Decía Martin Luther King que “un buen líder no es un buscador de consensos, sino un moldeador de consensos”. ¡Pues tenemos un problema! No estamos en un momento en que se nos presenten grandes líderes en España, más bien hombres pequeñitos que buscan salvar su posición, aunque sea a costa de sacrificar todo lo demás; que eluden su responsabilidad con excusas y sin disculpas, escondiéndose detrás de efectos especiales y conejos en la chistera. En un momento en el que se nos mueren algunos grandes hombres que lideraron nuestra Transición, Enrique Múgica y Landelino Lavilla en estos últimos días, esas ausencias de liderazgo se hacen aún más clamorosas.

Más allá de los que tenemos el consuelo y las certezas de la fe, sólo nos queda confiar en nosotros mismos, en nuestro sentido del deber y de la responsabilidad. España es un gran país, capaz de lo mejor y a veces también de lo peor. Pero esa capacidad de sobreponernos la tenemos acreditada a lo largo de nuestra historia. Esa es la certeza que esta semana quería compartir con todos los lectores de Nueva Alcarria. Aunque se trate de una certeza sin liderazgos.


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